Habitación en Nueva York

imagesEn homenaje a Edward Hopper
Dedicado a mi amigo Carlos Quintana

Ella golpea con aburrimiento las teclas del piano. Él lee el periódico con fruición. Los dos comparten la misma habitación, pero parecen ajenos, distantes, dos extraños en un mismo espacio, dos personas que un día llegaron a juntarse tal vez por inercia, tal vez por necesidad, tal vez por miedo a la soledad, e incluso, tal vez porque se amaban de verdad.


Yo no lo sé, solo los observo, y examino con curiosidad a esas dos personas. Realmente yo no debería estar ahí, debería estar pensando en resolver los problemas de mi pequeño y anodino universo, pero hoy paseaba por las calles de Nueva York sin rumbo, dejando transcurrir las horas vacías, esperando un milagro, un cambio en mi vida que me saque de la rutina y me empuje al abismo de lo desconocido. Pero yo no sé hacer eso, yo no sé tomar decisiones, otros las han tomado siempre por mí.
Y mientras paseaba, ya entrada la noche, miré hacia aquella ventana iluminada, y vi aquella escena, tan típica en el mundo interior de las parejas, pero a la vez tan desasosegante. ¿Por qué dos personas que, se supone, se aman y comparten su vida llegan a distanciarse tanto?, me pregunto al verlos. Pero tal vez estoy equivocada, me digo después a mí misma. Tal vez ambos se encuentren a gusto en ese espacio de habitación que comparten: él en la lectura, ella en el piano. Tal vez sus vidas sean ricas y llenas de sensaciones y de experiencias nuevas cada día y ese sea, tan solo, el reposo del guerrero, el momento del descanso.
Ella llegó hace años desde la costa de Cape Cod, en Massachusetts, y él es un hombre de negocios de Nueva York; ella empezó a trabajar como secretaría para él, se enamoraron y se casaron. Fin de la historia.
Pero no es verdad, la vida no termina cuando la película se acaba, o cuando dejamos de observar a los protagonistas. La vida transcurre como ríos sinuosos por debajo de la mesa sobre la que el hombre lee el periódico y se pierde entre los espacios que hay entre las teclas del piano. La vida de esa mujer y de ese hombre está más allá de la habitación, detrás de la puerta cerrada. Igual que la vida de todas las personas está más allá del momento puntual en el que nos encontramos con ellas, por muchos momentos que haya.
El hombre que lee el periódico tiene su propia vida interior y la mujer, también. Tal vez, solo tal vez, en alguna ocasión hayan compartido parte de su mundo personal con el otro: un día ella contó que su primer novio se enamoró de su mejor amiga, y ella, para no verlos juntos, se fue a vivir a Nueva York; y él le contó que el trabajo que desempeñaba no era realmente lo que quería hacer, que él hubiera querido viajar por todo el mundo, pero su padre le puso a trabajar en el negocio y olvidó sus sueños.
Pero, acaso, nunca se han contado estas cosas. Acaso él se lo contó a la amante que una vez tuvo, la siguiente secretaria que sustituyó a su mujer, y ahora no sabe a quién le habló y, por tanto, prefiere guardar silencio perpetuo.
Y ella se lo quisiera contar al hombre que conoció hace unas semanas en un concierto de música clásica al que acudió, como siempre, sola. Se sentaron juntos, hablaron de música clásica, de jazz, de soul, de blues… y luego tomaron juntos un café, la conversación era tan animada e interesante que ninguno quería dejar la compañía del otro.
Ahora ella piensa en ese hombre, que tan poco se parece a su marido y con el que tiene tantas cosas en común (al menos así lo cree). Él la llamó al día siguiente a su casa, mientras el marido estaba en la oficina y le propuso verse otro día y seguir hablando. Este hombre nuevo en su vida es más joven que ella, y eso le preocupa, pero no tiene mujer ni novia, y eso le alienta. Es ella la que tiene obstáculos que superar.
Volvieron a encontrarse en una cafetería que hace esquina y tiene unos enormes ventanales que dan a la calle, un lugar para Noctámbulos, y hablaron de más música y de teatro; también hablaron algo de ellos dos, pero esto fue lo menos. Ninguno se atreve a hablar de sí mismo por temor a delatarse.
Esa noche ella soñó con este hombre, inteligente y culto; soñó que estaban juntos, que se enamoraban y que eran realmente dichosos. Se despertó inquieta en mitad de la noche y a la vez con una euforia emocional desconocida (o ya olvidada).
Ahora aporrea las teclas del piano mientras piensa en ese hombre, a quien no sabe si debe volver a ver. Su marido sigue leyendo el periódico, ella no sabe en qué piensa entre lectura y lectura, y yo tampoco.
Desde mi atalaya privilegiada que me permite ver a esa pareja a través de la ventana en una Habitación en Nueva York, comprendo que lo que observo es a mí misma, mi propia existencia sin alicientes ni emociones.
Dejo de observar al hombre y a la mujer y sigo mi camino hasta el bar de noctámbulos donde tres personas, un hombre solo y una pareja que no habla, toman su última consumición antes de volver a sus hogares, antes de volver a la vida que está fuera de ese local, la que les absorberá indefectiblemente en cuanto crucen el umbral.
Voy a pedir algo para sumergirme, una vez más, en el cuadro de otras vidas.

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