Ahí estaba Lucía, sola

imagesAhí estaba Lucía, sola, sentada en el sofá de su casa. Había apagado las luces y la claridad que se proyectaba en la habitación era la que procedía de las luminarias de la calle. Se lió un cigarro y fue inspirando el humo con parsimonia, como si se tratara de un ritual largamente ensayado, y luego, de igual manera, soltaba el humo que había quedado retenido en su boca.
Lucía había vivido la historia más intensa de su vida en los últimos meses, y ahora esta se había esfumado, se había consumido como el cigarro que fumaba. Ahora le tocaba recoger los restos del naufragio, de un naufragio anunciado. Su vida se había desbaratado de medio a medio y ahora tenía que volver a recomponerla como buenamente pudiera. Aunque ella ya sabía que aquella relación que ahora era pasado, reciente, pero pasado, se había iniciado con fecha de caducidad, y el final solo podía ser de dolor y de pérdida.
Lucía se levantó del sofá y se fue a la cocina a prepararse un té. Al coger la bolsa de té blanco que tenía en la estantería, una vez más, todos los recuerdos se agolparon en su cabeza, aunque exactamente donde sentía la fuerza de la pérdida y del dolor era por todo el cuerpo. Cada fibra, cada músculo, cada centímetro de piel rezumaban tristeza y angustia, como rezuma humedad una pared después de una gran tormenta.
Superó la angustia y cogió el té, puso agua a calentar, echó unas hojas en el colador, y un poco de azúcar en la taza. Toc, sonó el calientaaguas al finalizar su función. Echó el agua en la taza y se quedó mirándola: “tres minutos, no más de tres minutos”, le había dicho él cuando se lo regaló. Y ella seguía cumpliendo a rajatabla la norma: estuvo tres minutos mirando a la taza, mirando al vacío, mirando a la nada… Volvió con su taza humeante al sofá y se encendió otro cigarrillo.
No quería pensar, ya no quería sentir, pues durante los últimos meses había pensado y sentido por toda una vida. Se había enamorado del hombre más adecuado y más equivocado del mundo. El hombre más adecuado porque nunca creyó encontrar a alguien con quien se compenetrara tan bien, emocional e intelectualmente hablando. Y el hombre más inadecuado porque vivía en otra ciudad, en otro mundo, y tenía una, más o menos, estable vida familiar.
Desde el primer momento tuvo que haber retrocedido, dar un paso a un lado y seguir con su alocada, pero controlada, vida personal. Pasar de estar con un hombre a otro, sin un ápice de compromiso, se había convertido en una especie de ritual que, aunque nada es inocuo, más o menos iba lidiando con entereza. Su vida en los meses previos a conocerlo parecía caótica, sin embargo, el caos, la verdadera entropía, llegó cuando lo conoció y se besaron.
Ufff, acababa de quemarse los labios, pues el té no estaba aún lo suficientemente frío. Esa pequeña sensación de escozor en sus labios le recordó, de nuevo (siempre de nuevo, de nuevo, de nuevo…) el tacto de los besos de él. Su calidez, su ternura, su entrega a mitad de camino entre un deseo reprimido y unas terribles ganas por conquistar esos nuevos territorios que ella le brindaba con su boca. Siempre fue así, una entrega que nunca acababa de completarse; unas ganas de poseer que se replegaban sobre sí mismas antes de alcanzar la meta; una gran ansiedad por alcanzar la libertad, y pánico por si esta finalmente llegaba.
Ahora el té ya estaba en su punto. Bebió un trago y disfrutó, por primera vez en muchas horas, de un leve placer, el placer que dan las pequeñas cosas, los gestos más livianos. Pero su corazón estaba roto, destrozado, de medio a medio. Tendré que tomar mucho té para aliviar el dolor, pensó con ironía. Y acto seguido se preguntó por qué se hablaba de corazón roto, cuando una persona que sufre una pérdida lo que siente no es en el corazón, sino en el estómago, y más abajo del estómago, se dijo a sí misma.
Tan solo hacía unas horas que él había llamado para poner fin a aquella relación (él se había empeñado en llamarlo relación, pero para Lucía era algo innombrable). Volvía, le dijo, a su vida de padre y marido ejemplar; no podía continuar con ese trasiego de idas y venidas, de ratos furtivos para verse, de llamadas a altas horas de la madrugada desde el baño de su casa.
Se había agotado de ser “un corazón loco”, de vivir esa doble vida, le dijo, que ahora llevaba. Lucía se preguntó entonces lo mismo que tantas veces se había preguntado en los meses que estuvieron juntos, pero que nunca verbalizó: ¿cuántas veces has pronunciado estas palabras?, ¿cuántas veces caíste en los brazos de otra mujer para después retroceder?, y ¿quién será la siguiente? Porque, Lucía estaba segura, habría siguiente, pronto o tarde habría otra mujer que recorrería el mismo camino, tantas veces transitado, que ella ya había recorrido.
Pero eso ya no era su problema. Su problema ahora era olvidarlo. Dejarlo ir rápidamente, de la misma forma que llegó a su vida, de repente, sin buscarlo, sin pretenderlo. Y ella le abrió las puertas de su corazón, se lo entregó pues así es el amor de verdad, y él lo cuidó, sin duda, al menos al principio; pero luego empezó a hacerse descuidado, como un niño que se cansa de un juguete largamente deseado, y que una vez conseguido y tras jugar con él en varias ocasiones, deshecha sin contemplaciones.
Sonó el móvil. Era él. Lucía miró la pantalla del móvil fijamente, mientras una lágrima, que ya no pudo contener, asomó a sus ojos. No lo cogió. Luego sonó el fijo, y también dejó pasar la llamada. No, se dijo a sí misma, no y no. Sea que lo que sea que tenga que decirme no me interesa… ya no. Acto seguido sonó el wasap. ¡Malditos móviles!, cuando uno quiere dejar de comunicarse, te recuerdan que hay miles de formas para evitarlo; y, sin embargo, cuando quería hablar con él no siempre había sido posible. Lucía se quedó esperando la llegada de un correo, pues era lo que le faltaba. ¿Pero qué quería ahora?
Si la pérdida había llegado, ahora tocaba vivirla con todas las consecuencias y seguir adelante cuando el dolor desapareciera. Volvió a fumar otro cigarro y apagó el móvil, qué podía perder. Cualquier otra persona que le quisiera llamar podría esperar. ¡Qué ilusa!, se dijo a sí misma, después de él ya casi no había personas que le quisieran llamar. Había ido relegando todo su pequeño mundo a un lado por estar con él, arañando tiempo de donde podía para verlo una o dos horas; había dejado de ver a sus amigos porque cada día y cada hora esperaba sus llamadas. Había dejado parte de su trabajo para viajar a su ciudad en cualquier momento que él le decía que tenían un par de días para verse. Se había convertido, y eso que lo detestaba, en la amante de un hombre casado.
Lucía rió con tristeza al pensar en lo que había ido dejando por el camino en aras de aquel hombre, que ahora le decía que “ya no puedo más, tengo muchas cosas que resolver en mi vida y necesito centrarme”. ¿Centrarse?, vaya mierda, pensó Lucía. Después de entrar en su vida como un meteorito y arrasar con ella, ahora él necesitaba centrarse.
Lo peor era que Lucía no hubiera cambiado esos meses por nada del mundo. Aun sabiendo, como supo siempre, que la suya era la crónica de una ruptura anunciada, lo que había vivido con él y por él cuando le conoció había sido tan intenso y hermoso que merecía la pena. Cuando sus amigos supieron que él era un hombre casado, muy casado, y que vivía tan lejos, nadie apostó por esa relación. Lógico, tampoco ella. Pero Lucía pensaba como piensan las personas que aman a los animales. Ellos viven menos que sus dueños, y un día se van y la persona sufre, sin embargo, no por ello deja de amar a los animales, no por ello deja de tener más mascotas, y por nada del mundo cambiaría la compañía y el amor de los años juntos.
No es que quisiera compararlo con un animal, pero la metáfora podía ser válida. Había subido, gracias a él, al cielo, tocado las estrellas e incluso se había adornado con ellas. Él había sido amable, respetuoso, complaciente, siempre dispuesto a escucharla y a ayudarla si era posible. Él era inteligente y culto, de verbo fácil y con alma de poeta. Le había hecho el amor con pasión, siempre dispuesto a complacer sus deseos, despertando en su cuerpo sensaciones ya casi olvidadas; ella había alcanzado en sus brazos cotas de placer que ahora tendría que diluir entre sus recuerdos, como se diluye el azúcar en el té. Él le había susurrado al oído que la quería. Había sido como un sueño hecho realidad. Pero él también se había acobardado después;  había empezado a perder interés; la ilusión de las primeras semanas había ido cayendo poco a poco. Mientras ella seguía colgada de una estrella, él ya había empezado el descenso. Lucía no lo vio porque en su ciego enamoramiento seguía mirando al firmamento.
Él había sido, por unos meses, el amor de su vida, y ahora se había convertido en un desamor que recordaría en el futuro.
Lucía acabó de beber el té blanco y comprendió que el mundo estaba lleno de muchos “él”, y que no merecía la pena sufrir demasiado por ellos. Encendió las luces del salón y cogió el libro de su amigo Javier, que aún tenía a medias.

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