Ella y Él (primera parte de una trilogía)

edward-hopper-excursic3b3n-a-la-filosofc3adaCada día, desde que le conocía, Ella escribía en su diario, pues necesitaba dar salida a las emociones tan fuertes que Él le hacía sentir. Cada día, puntualmente, salvo excepciones, Ella le hablaba a Él a través de sus palabras, haciendo lo que mejor se le daba hacer: escribir.

Él sabía que Ella escribía, pero no sabía el qué, salvo algunos retazos que Ella le enviaba pues consideraba que debía saber qué pensaba o sentía. Él era un hombre casado; Ella era una mujer libre, sin compromiso. Él pertenecía a un estatus social superior; Ella pertenecía a un estatus emocional superior a Él. Vivían en ciudades muy distantes.

Pero se entendían, se hablaban a diario, se comunicaban todo lo que hacían o iban a hacer. Se veían cuando podían, cada mes, cada dos meses… cuando la vida les concedía un momento para amarse. Y se amaban en secreto, furtivamente. Ella no tenía nada que perder; Él lo tenía todo. Ella le amaba con pasión, sin poner límites a sus sentimientos; Él le escatimaba los suyos; se mostraba cauto con sus expresiones de amor; pero eso no significaba que no la amara igual. Él ya tenía experiencia en estas lides; Ella era la primera vez que se enamoraba de un hombre casado.  Y jugaban como adolescentes..

Y así pasaron las semanas y los meses. Ella había decidido vivir esa historia, sabía del riesgo, de la pérdida y del dolor; pero también sabía que lo contrario es darle la espalda a la vida y empezar a morirse un poco mientras aún nos late el corazón. Él también quería vivir ese amor, pero era temeroso de Dios y de los hombres; sobre todo de los hombres, de que alguno le descubriera; de que esa aventura llegara a oídos de su mujer; de que todo su “perfecto” mundo, hecho a base de muchas dejaciones personales en la vida, a base de muchas renuncias, se derrumbara. A fin de cuentas, había empleado casi toda su vida para construir otra vida, la de los otros, la de su familia, la de sus amigos… se sabía empujado a ella por inercia, pero se sentía incapaz de renunciar a lo que tantas renuncias le había costado.

Ella era libre. Nunca había renunciado a nada importante por nadie. Sabía del precio emocional y personal tan alto que se paga cuando una empieza a hacer dejación de sus sueños. Amaba porque sentía el amor en su corazón, y entregaba sin reservas sus sentimientos. Estos le pertenecían y era libre para amar a quien quisiera. Y en el uso de su libertad había decidido amarle a él.

El tiempo transcurrió, y cada vez se amaban más, hasta que el amor fue tan grande que tuvieron que renunciar a él. Ella y Él hablaron, eran adultos, eran sensatos, todo acabó. Ella lloró y sufrió la pérdida y un día se recuperó; un día se levantó y se dio cuenta de que ya no pensaba en Él. Él, no sabemos cómo llevo su ruptura, pues Ella nunca le llamó para preguntarle. Ella, sencillamente, aceptó el final como un día había aceptado el principio.

Ella siguió adelante y un día, pasado el duelo de la pérdida, volvió a su diario, a ese que le había llevado meses escribir, y se puso a leerlo desde el principio: dos días y dos noches le llevó leerlo todo, sin parar a penas. Lloró al recordar algunas cosas; rió al recordar otras; se lamentó por lo dicho otras tantas y se alegró haber sido muy honesta en muchas. Se acordó de él, y comprendió que, de algún modo, aún seguía amándole, tal vez para siempre. Ahora en su vida había otro hombre: no estaba casado, vivía cerca y era un estupendo amante, suficiente. Ella no pudo evitar compararlos, pues al releer su diario la imagen de Él se proyectó en toda su dimensión.

Y entonces tomó una decisión. Publicaría ese diario, como homenaje a aquel fútil amor; a aquella relación que nunca llegó a ser tal; a aquel hombre que le había hecho reír, disfrutar, pensar y amar.

Habló con su editorial y le entregó el material íntegro, tal cual como un día había salido de su corazón y había sido escrito por sus manos. Cambió nombres y lugares para que nadie pudiera reconocerlo y le pidió a su editor que lo publicara con un nombre ficticio.

El libro salió y en menos de un mes estaba en todas las librerías de España. La pequeña editorial que lo había publicado se vio desbordada; una editorial nacional y con mucha proyección internacional le compró los derechos.

El éxito se multiplicó exponencialmente alentado por el anonimato y por los hechos que relataba. Quienes habían sido infieles alguna vez en su vida, se sentían reflejados en sus temores, dudas y certezas; quienes habían sido amantes de hombres o mujeres casados, veían en esas páginas parte de su vana entrega y del dolor de no poseer nunca el objeto del deseo. Y quienes no habían hecho ni una ni otra cosa, al leer el libro, unos soñaban con poder vivirlo algún día, y otros se alegraban de no haberlo hecho.  Y el libro fue leído por cientos y miles de personas de edades, condiciones sociales y culturas de países distintos.

Y un día, Él, que seguía envejeciendo al lado de su eterna mujer, ya solos porque los hijos habían volado del nido, entró en una librería para comprar un libro para su actual nueva amante, una joven de treinta y cinco años (mucho más joven que él, pero en los hombres su envejecimiento es proporcionalmente directo a la edad, cada vez más temprana, de sus amantes). La acababa de conocer y la había seducido con su encanto, sus conocimientos, con su amplio y rico mundo social, en el que se mezclaban ministros con personalidades públicas, intelectuales con artistas, médicos con jueces y fiscales, arquitectos con arqueólogos, y algún personaje del mundo de la farándula. Era un libro que había leído cuando era muy joven, que nunca había vuelto a leer y que hablaba de la estupidez humana.

Había quedado con ella esa tarde y quería llevarle ese pequeño presente, aunque no estaba seguro de que le gustara. Pero hacía mucho tiempo que había renunciado a encontrar a la mujer de su vida, y ahora se conformaba con mantener incólume a los ojos del mundo su relación de matrimonio, y a tener amantes jóvenes y guapas; si encima eran inteligentes, eso era lo que ganaba. Las renuncias se habían convertido en la marca de su vida.

Compró el libro, y cuando salía de la librería sus ojos se detuvieron sobre el libro que más de moda estaba entonces.  Era fácil verlo, porque en había un solo estante para él, tal era el éxito. Algo le llamó la atención en la portada del libro, tal vez el dibujo de un rincón de un parque, un lugar que le resultó conocido. O tal vez el título, que le sonaba de algo, aunque no sabía de qué, si bien pensó que sería de tanto oírlo en boca de todos. Y el nombre ficticio de la autora, que, una vez más, le devolvía a unos momentos ya olvidados.

Lo compró. Sin solución de continuidad se fue a su despacho. Abrió la primera página y entonces ya no pudo parar de leer. ¡Era el diario de Ella!, el que había escrito mientras estuvieron juntos. Cuando iba por mitad del libro empezó a comprender; de repente supo todo lo que había vivido; comprendió lo que nunca antes había querido ver. Llamó a su actual amante y anuló la cita; miró el libro que le había comprado y recordó que a Ella le había regalado el mismo libro. Una tristeza sin remisión le invadió, y comenzó a llorar sin poder contenerse. Con los ojos empañados por las lágrimas siguió leyendo, y cada palabra se le fue clavando en el corazón.

Comprendió cuánto le había amado aquella mujer, que había inmortalizado en palabras ese amor y ahora las lanzaba al mundo; cuánto había sentido por él y cuán poco había sabido verlo. Entonces había creído que lo entendía todo, pero nunca entendió nada; de hecho ¿cómo se puede entender a otra persona sin entenderse a uno mismo? Y él hacía años que había renunciado a hacerse preguntas.

Él era “Él”, el hombre que estaba reflejado en aquellas páginas, y Ella, que era “Ella”, había preservado hasta el límite el anonimato de su persona, incluso sin firmar con su nombre, renunciando al éxito directo (algo impensable en Ella), para que nadie pudiera ni acercarse remotamente a la verdad. Años después, Él recibía el mayor homenaje de amor que nadie pudiera ofrecerle: y recordó que, como bien Ella decía en su libro, Él la había amado más de lo que nunca se  atrevió a confesar, y había renunciado a ella por miedo; miedo a la pérdida, miedo a todas las pérdidas que se pueden tener en la vida.

Miró por la ventana de su lujoso despacho en el centro de la ciudad, miró hacia los suntuosos edificios que se veían enfrente. Alzó la mirada al techo, a aquel techo artesonado del que tan orgulloso se sentía; miró los legajos de papeles que había sobre su mesa, esos que le habían dado relevancia profesional y una situación económica más que holgada. Y comprendió que no tenía nada. Es verdad, pensó, todo esto son cosas que se tienen y se pierden; de lo verdaderamente importante, eso que solo se ve con los ojos del corazón, según dice El Principito, de eso a él ya no le quedaba casi nada, de tantas renuncias voluntarias que había hecho.

Y Ella estaba allí, en todo su esplendor, reflejada con toda honestidad en aquel libro, ese libro que sólo ellos dos sabían quiénes eran los verdaderos protagonistas. Ella le había amado como nunca antes lo había hecho nadie, como nunca ninguna otra amante le quiso, y Él por miedo a perderla la había perdido. Y aún lloró más, pero no por lo que había perdido con Ella, sino por todo lo que había perdido en la vida consigo mismo. Se había perdido a sí mismo y había tenido que venir una voz del pasado, una voz potente y fuerte, para recordarle que la peor de las miserias humanas es la que nos infligimos a nosotros mismos cuando renunciamos a nuestros sueños.

Esa noche no fue a cenar a casa, tampoco a dormir (algo que nunca había hecho); ni tan siquiera llamó a su mujer, que ya estaría durmiendo a esas horas. Esa noche se quedó en el despacho leyendo el libro, releyendo una y otra vez partes del mismo; recordando los grandes momentos vividos. Entonces se puso a rebuscar entre viejas tarjetas que tenía, a ver si encontraba la suya. El número de teléfono ya no lo conservaba en su móvil, pues lo había cambiado varias veces. Buscó y buscó durante horas, hasta que finalmente una vieja tarjeta, amarillenta por el tiempo, apareció con su nombre. ¿Habría cambiado de número? ¿Dónde estaría, qué haría, con quién estaría…?

No importaba, llamaría. Y lo hizo. Al tercer timbrazo respondió una voz soñolienta,

–          ¿Diga?

–          Hola, soy yo- dijo Él.

Ella se quedó muda, reconoció enseguida su voz.

–          Acabo de leer tu libro -continuó Él, pues ella no decía nada- Es…es muy hermoso- calló.

–          Me alegro de que te guste -dijo ella- me alegro de que alguien me lo diga, pues como va con nombre ficticio las felicitaciones nunca me llegan a mí.

–          Sé que no lo firmaste con tu nombre por mí. Gracias.- Silencio- ¿Dónde vives ahora?

–          En tu misma ciudad, la editorial me paga aquí un piso y estoy escribiendo otro libro, pero este ya va con mi nombre.

–          ¿Desde cuándo?

–          Hace dos años.

–          Y nunca me has llamado, ni te he visto…

–          Bueno, la ciudad es muy grande. ¿Y tú? Sigues igual.

–          Sí, igual. La misma mujer, la misma casa, el mismo trabajo…Sí, sigo igual- y la voz se le quebró.

Ambos guardaron silencio, como tantas veces había ocurrido en sus conversaciones telefónicas de años atrás.

–          Quería decirte que nunca he dejado de amarte- dijo Él.

–          Bien, gracias- ¿qué podía decirle ahora, después de los años, después del dolor?

–          Bueno, espero que seas muy feliz y que tu siguiente libro tenga mucho éxito.

–          Gracias- ella colgó, pues iba a llorar y no quería que él la oyera.

A la noche siguiente, Él hizo las maletas y se fue a un hotel, mientras decidía qué rumbo iba a tomar su nueva vida, esa en la que, como un día le había dicho Ella, le esperaban pequeñas dosis de felicidad y muchos problemas que resolver.

Había decidido empezar a vivir.

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