Él (segunda parte de la trilogía)

edward-hopper-excursic3b3n-a-la-filosofc3adaEl primer día de su recién inaugurada libertad se despertó presa de la angustia. Había sido impulsivo, visceral, al tomar la decisión de irse de casa. Él no era así. Al menos hacía años, muchos años, que había dejado de serlo. Allí sólo en la habitación del hotel (sin darse cuenta había ido a un hotel que había compartido con Ella en un viaje relámpago, en un viaje furtivo), miró alrededor y se preguntó por primera vez quién era realmente. Y recordó cuando era joven, impulsivo, vital, rebelde…cuando tenía ganas de cambiar el mundo y creía que había que luchar por las utopías.
Sin embargo, ahora sentía que entraba en el mundo de la distopía; llamó al despacho, canceló todas las reuniones que tenía, pasó trabajo a sus ayudantes y se quedó en la habitación. Fumó un cigarro tras otro. A su lado tenía el libro de Ella, como una premonición, como un presagio que llega demasiado tarde.
Salió a la calle, a pasear, llevando el libro con él. Entonces se preguntó dónde estaría Ella. En qué parte de la ciudad viviría; ¿se la encontraría en algún momento? Si anduviese por la ciudad, por toda la ciudad, un día tras otro, tal vez en algún momento daría con Ella. Se acordó que siempre hacía deporte, y sospechaba que no lo habría dejado. Tal vez si iba al parque en el que Ella corría cuando venía a verlo… También podía volver a llamarla, pero para decirle qué. No tenía nada que decirle. El tiempo había corrido en su contra, no se podía volver sobre los pasos dados, pero ahí estaba ese libro, ese maldito libro que había traído a su vida no solo el recuerdo de lo vivido y lo perdido, sino la certeza de que había dejado tantos vacíos en su vida que no tendría tiempo suficiente para llenarlos. Ese libro había sido más que una revelación, había sido un revulsivo, y, por mucho que le doliera lo que le estaba ocurriendo, no podía volver a ignorar la verdad.
Pero ¿cuál era la verdad? La vida está hecha de medias verdades y un montón de pequeñas mentiras que sirven de argamasa para sostener el muro de iniquidades que cometemos contra nosotros mismos. Salvo ella, pensó, salvo ella. Ella había sido honesta, transparente. No se había comportado con él así porque fuera nadie especial. Ella era así, y con esa honestidad había ido entrando poco a poco en su vida.
¿Por qué la dejó? ¿Por qué? Porque le dio miedo. Miedo a que ella fuera profundizando cada vez más, como un fino cuchillo en la mantequilla, en el interior de sus emociones. Porque ella había ido sacando a la luz, poco a poco, muchas de las verdades que él tanto se había procurado en mantener ocultas: sus contradicciones, su sentimiento de culpa, su miedo al dolor, su cobardía para afrontar la verdad… en definitiva, sus debilidades.
Y ahora todo se había disparado sin poderlo contener. Hay un momento en la vida de las personas que lo más oculto se manifiesta sin remedio. Como el agua que ya rebasa un pantano, a cada momento que pasa, la fuerza que ejerce sobre los grandes muros de contención es mayor, hasta que lo rompe definitivamente y entonces se desborda, anegando todo lo que encuentra a su paso, y no hay modo de volver atrás.
Apagó el enésimo cigarrillo que fumaba esa mañana y se metió en un bar. Pidió un té, y un gesto tan cotidiano y tan simple le devolvió de nuevo al pasado. Él le había regalado té, pues ella adoraba el té: “este es el mejor regalo que me puedes hacer”, le dijo, “soy mujer de gustos sencillos”. A ninguna otra mujer, ni antes ni después, se le hubiera ocurrido regalarle té; les regalaba joyas, libros (algunas veces), ropa interior… cosas de amantes. Pero ella no había sido su amante ni su amiga ni su pareja… Ella había sido casi todo, pero nada que pudiera definir con palabras.
Hacía un rato que el camarero había dejado el té sobre la mesa y él, en su embelesamiento, no se había dado cuenta. Lo vertió, ya casi frío, en la taza. Sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta, que tenía en silencio, y vio que había muchas llamadas perdidas, muchos mensajes sin leer. Pero ninguno era de Ella. Él la había llamado y ella podía haber guardado su teléfono, o recordarlo, pues nunca había cambiado de número… como ella.
Varias llamadas eran de su mujer. Decidió hablar con ella, en cualquier caso no era un hijo de puta que quisiera hacer daño a nadie. A ella no le extrañó su huida, llevaba años esperándola, le dijo. Le preguntó si se encontraba bien y él le dijo que no, pero que no podía volver atrás, que algo se había roto dentro de él y que tenía que ver cómo lo recomponía. Su mujer lo comprendió, le deseo suerte y le dijo que se tomara el tiempo que necesitara.
Una vez más la vida le sorprendió. Esperaba un escándalo, reproches, incluso insultos… pero no, pues hasta su mujer se había dado cuenta antes que él de que su relación había empezado, hacía mucho tiempo, a transitar por un camino de medias verdades, que se convierten en mentiras completas, de incomunicación, de resignación. Todo el mundo sabía lo que ocurría en su vida ¡menos él! Había estado tan ciego…
Ahora no podía volver con su mujer. Pero tampoco podía recuperarla a Ella, pues el tiempo transcurrido había cerrado las heridas y abierto caminos paralelos entre los dos. Ella tendría, se imaginó, otra pareja, otra vida. ¿Por qué no le pregunté anoche?, ¿por qué dejé, una vez más, que se me escapara de las manos?, se dijo. Entonces había sido el momento, pues hubo unos minutos en los que ella guardó silencio, y él conocía esos silencios. En el pasado Ella había guardado muchos silencios, y él nunca supo rellenarlos. Ella esperaba una respuesta que nunca llegaba; Ella esperaba unas palabras de amor que Él nunca le confesó. Una vez más había sido un estúpido. Ahora recordaba el silencio definitivo, el que Ella mantuvo cuando él la dejó. La llamó varias veces, pero Ella no volvió a coger el teléfono ni a contestar a sus mensajes. Era lo suficientemente libre como para decidir dónde poner el punto y final. Él, qué idiota, creyó siempre que controlaba la situación y esta le controló a él.
Se rió en voz alta y una pareja que estaba en la mesa de al lado le miró sorprendida. Ahora se daba cuenta de todo: ella, en su inmenso amor, había dado vida a la relación y, Ella, en su inmenso dolor se la había quitado. Cuando Ella dejó de estar en su vida él pasó semanas desconcertado, perdido. Si ya dormía poco, en aquellos días apenas podía dormir dos horas diarias; el rendimiento en el trabajo bajó y su salud se resintió. Aun así estaba convencido de haber tomado la mejor decisión. Pero él no sabía tomar decisiones. Es más, esta locura que ahora acababa de hacer, tal vez fuese otra de sus tantas malas decisiones.
Salió de nuevo a la ciudad, en la que ya se asomaba el verano y el calor empezaba a notarse, aunque aún no era tan fuerte con en julio y agosto. Julio, un tórrido mes de julio, Ella había estado en la ciudad para estar con Él. Recordaba el calor, y cómo ella le había pedido que la llevara en moto por toda la ciudad, para sentir el aire fresco sobre su cara, sobre su cuerpo, sobre sus piernas que mostraba al mundo sin pudor con aquel corto vestido blanco.
En su libro se reflejaban, vagamente, aquellas aventuras secretas y de momentos tan escasos. Pero Ella no se quejaba, se reía siempre. Tenía una risa franca, cristalina como su corazón, una hermosa risa que él un día le arrebató. Aunque no dudaba de que seguía riendo, tal vez más que nunca. Tal vez ahora se estuviera riendo de él. Como una vez le dijo en un mensaje: “Te quiero, jódete”. Era su forma de provocarle y, sobre todo, de demostrarle que en su amor mandaba ella; ella decidía a quién se lo daba. Se lo dio a él y él no supo cuidarlo.
Ahora lamentaba haberle escatimado sus afectos, siempre tan contenido, siempre tan políticamente correcto. Solo era él, verdaderamente él, cuando hacían el amor. Entonces ella le desnudaba por dentro y por fuera. Sus encuentros sexuales eran un torbellino de sensaciones, dos cuerpos necesitados de placer, y este surgía de todas las formas posibles. Nada estaba prohibido, todo era hermoso, pues la pátina del amor envolvía cada aliento, cada movimiento, cada momento. En el sexo con ella no había tabúes, no había recelos y ni vergüenzas; todo era limpio y al mismo tiempo maravillosamente libidinoso. También ahí le había demostrado ser una mujer libre, sin afectaciones fingidas ni represiones inútiles. Se hablaba de sexo con naturalidad y se practicaba con fruición.
Dejó de pensar en los encuentros sexuales que había tenido con ella, pues, a pesar del tiempo transcurrido, las imágenes seguían nítidas en su recuerdo, y empezaba a sentir la excitación, la misma que tantas veces había sentido cuando pensaba en ella en la distancia, o cuando hablaba con Ella por teléfono. Él recibía esas palabras como un maná, como el alimento que se le da a una persona que lleva tiempo sin comer. Él vivía de migajas y ella era un suculento manjar. Pero también eso se acabó cuando la dejó. Y eso también lo había echado de menos. Después se había sentido otra vez como un pordiosero, mendigando cualquier cosa que quisieran darle.
Volvió al hotel, destrozado, rendido, angustiado… dispuesto a volver atrás, dispuesto a rendirse una vez más. Volvería a casa, le diría a su mujer que no necesitaba tiempo, que quería volver y que intentaría ser mejor marido de lo que había sido. Tan sólo llevaba dos noches fuera de casa, los estragos de su arrebatada huida no se habían notado todavía. Volvería, aunque esta vez hablaría con claridad con su mujer, se sentaría horas y horas con ella para contarle todo lo que le pasaba, lo que le había pasado y cómo se sentía. Desnudaría su alma para ella, y le pediría que le perdonase. A fin de cuentas, no podía volver al pasado, por mucho que un libro, que ese maldito libro, le gritara desde sus páginas que llevaba toda la vida de equivocaciones. Una equivocación más no se notaría; una raya más en la cebra no sería significativa.
Estaba haciendo la maleta, contrito pero dispuesto a aceptar la derrota, cuando notó que el teléfono vibraba. Total, si iba a volver a la vida de siempre, mejor empezar a coger las llamadas. Era un número desconocido.
-Hola- dijo la voz al otro lado de la línea- Soy yo.
Y una vez más el silencio ocupó esa conversación sin palabras, un silencio que lo llenó todo, cada célula de su cuerpo, la habitación, el edificio, la calle… la ciudad entera se llenó de un gran silencio que ahora habría que colmar con palabras nuevas, nunca antes pronunciadas.

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