Ella (tercera parte de la trilogía)

edward-hooper-habitacic3b3n-de-hotel-1934¡Tú, que me oyes y apenas me escuchas, no sabes lo que es una tragedia! Perder padre y madre, no conseguir la gloria ni la felicidad, no tener un amigo ni un amor, todo eso se puede soportar; lo que no se puede soportar es soñar una cosa bella que no sea posible lograr en acto o palabras”. Fernando Pessoa, El libro del desasosiego.

Ella se quedó con el teléfono en la mano, mirándolo, como si este fuera a hablar. Llevaba dos años esperando esa llamada; dos años, desde que se había publicado el libro, que esperaba que un día sonara el teléfono. Dos años desde que vivía en la misma ciudad que Él deseando encontrárselo en cualquier momento. Aunque se movían en ambientes diametralmente opuestos, en mundos distintos, en alguna ocasión ella había sido invitada a cenas con políticos y empresarios, como periodista, y siempre alentaba el deseo de que él estuviera allí.
Dos años, y de repente la llamada llegaba en mitad de la noche, cuando ella ya dormía y no supo qué decir. Se había quedado muda, sin palabras, sin sangre en las venas. “Gracias” era todo lo que se le había ocurrido. Se había imaginado todo tipo de reencuentros: en una cena de trabajo, ella con su actual pareja, él con su mujer y los dos poniendo cara de circunstancias. Un encuentro casual en mitad de la calle, y los dos sonriendo sin saber qué decir. Un día mientras ella corría por el parque, el mismo parque en el que iba a correr cuando iba a verlo, y él de repente allí, también haciendo deporte… Se lo había imaginado todo menos una llamada a altas horas de la noche y el silencio sepulcral entre los dos.
Habían pasado las horas y seguía esperando una segunda llamada. Cuando sonó el teléfono era su pareja que quería saber qué iba a hacer. “Tengo reunión en la editorial para ver las galeradas y el diseño de la portada, vamos a tener para rato”, le dijo. Le respondió que no se preocupara, si tenía tiempo podían verse, sino se verían mañana. Ella quedó aliviada; no, hoy no podía verle, pues estaba segura de que su estado de ánimo la delataría. Menos mal que seguía viviendo sola, condición sine qua non que había llevado a rajatabla en su vida: no compartir su espacio personal con nadie. Tenía la suerte de haber encontrado un bonito apartamento, que pagaba la editorial, muy cerca del Parque, ese parque que se parecía un poco, solo un poco, al primer Parque, aquel en el que empezó todo, en otra ciudad, en otro tiempo, casi parecía que en otra vida. En aquel Parque, el mismo que había querido reproducir en la portada del libro, pues aquel día ya lejano, aquella noche que se había quedado de forma perpetua en el recuerdo, había ocurrido algo, “magia”, dirían algunos; una “señal”, dirían otros; una explosión de emociones, cree ella.
Ahora todo aquello pertenecía al pasado. Por mucho que los sentimientos se empeñaran en volver por sus fueros, el tiempo había pasado y las circunstancias habían cambiado. Ella ahora era una escritora de éxito (de puertas para dentro, de momento). La editorial que había publicado su novela, “esa” novela, estaba apostando fuerte por ella, creía en su capacidad creativa y, de momento, dos años después de su publicación, el libro seguía dejándoles buenos réditos, y a ella pingües derechos de autor. Ahora estaba a punto de publicar su segunda novela, que prometía también ser un éxito.
Una vez más tuvo que volver al pasado. Ese segundo libro, que estaba a punto de ver la luz, también había sido posible gracias a Él. “Lo escribiremos a cuatro manos”, le dijo ella cuando él le sugirió la idea, y luego le consiguió jugosos datos importantes que le ayudaron a dar credibilidad a la historia. Estaba emocionada, sabía que sí enlazaba bien la trama podría conseguir una historia excepcional, en el género de novela negra que a ella tanto le gustaba, pero con ese toque de localismo que hace que los relatos sean más cercanos al lector. En su novela, en su nueva novela, de la que ya estaba corrigiendo pruebas finales, había un más que misterioso asesinato, pero no había detectives mujeriegos de pasado infame; si no dos personas, un hombre y una mujer, que se veían involucradas en la historia sin quererlo, pero que la curiosidad y el celo profesional les llevaría a investigar. No, no había sido escrito a cuatro manos, sin duda, pero sí que, una vez más, Él, de una forma velada, aparecía en sus páginas.
Era como un fantasma en su vida, una presencia constante, de la que no era consciente siempre, pero que estaba ahí permanentemente. Aún alguna vez cuando ocurría algo interesante política o socialmente hablando se sorprendía a sí misma preguntándose qué opinaría Él de ello.
Pero todo había sido como tenía que ser. Él y Ella vivían en mundos distintos y distantes, mundos que a veces se cruzan, pero nunca se mezclan. Y ella había cometido la terrible osadía de enamorarse de un hombre que nada tenía que ver con su mundo; ni ella con el suyo. Hay vidas que son como el agua y el aceite, por mucho que vuelques una sobre la otra nunca podrán formar un todo.
Por fin llegó a la editorial, que apenas estaba a media hora de su casa andando. Allí le esperaba su director, y a base de roce ya buen amigo: “El nuevo libro va a ser un éxito –le dijo-, pero se vendería mucho más si pudiéramos decir que eres la autora del otro libro”. Ella le miró. Ayer mismo le hubiera dicho que no, que bajo ningún concepto quería salir del anonimato con la primera novela; pero hoy era otro día y en pocas horas algo había cambiado, aunque no sabía muy bien qué. “Lo pensaré”, le dijo a su editor, “pero no te prometo nada”.
Se pasó toda la mañana y toda la tarde corrigiendo galeradas y hablando con los diseñadores de la portada para hacer algunos cambios. De vez en cuando miraba el teléfono, que tenía en silencio, pero de las llamadas y wasaps que recibía ninguno era suyo. No, ella no tenía el número en su móvil, pero aún lo sabía de memoria.
A última hora de la tarde, cansada de una larga jornada, se fue sola a tomar una cerveza a la misma cervecería de siempre. Necesitaba pensar en un sitio en el que se sintiese a gusto. Tenía que reconocer que el libro que tantos éxitos le estaba reportando y por el que había cambiado su vida, dejando la ciudad en la que vivía para irse a la gran urbe, donde ahora estaba a punto de publicar su segunda novela, había sido, en parte, gracias a él. “El talento es tuyo”, le había dicho un día que ella le dijo que estaba como loca escribiendo, que haberle conocido había vuelto a reavivar la llama de su creatividad, por un tiempo agonizante. Y sí, el talento y la creatividad eran de ella, pero el leif motiv había sido él. ¿Podía haber sido otra persona? Probablemente, pero había sido Él.
Había sido una relación hermosa y tormentosa, sin duda, pero le debía mucho a Él o a la vida que lo había puesto en su camino. Le debía mucho a una noche en un parque de una pequeña ciudad, donde casi nunca pasa nada interesante, y que, sin embargo, marcó un antes y un después. Una noche en la que nada se presagiaba distinto, y en la que se inició un camino por el que Ella aún transitaba.
Tal vez, solo tal vez, esa primera novela contenía ya en sí misma una segunda parte que latía entrelíneas. Solo tal vez…
Cogió el móvil y marcó, uno por uno, los números de su teléfono.
Hola –le dijo cuando él descolgó-. Soy yo.

 

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