Habitación de hotel

edward-hooper-habitacic3b3n-de-hotel-1934Homenaje a Edward Hopper
La verticalidad y la horizontalidad de la habitación crean ese espacio angosto, asfixiante, casi carcelario, donde se ve a esa mujer, medio desnuda, taciturna, mirando una y otra vez aquel papel que tiembla en su mano.

Está sola en esa Habitación de hotel. Al fondo la ventana, semicerrada, desde donde se asoma la noche, una noche oscura como el alma de un condenado, pero a la que llegan los vagos sonidos de la calle: una pareja que va paseando, un perro que ladra, un mendigo que arrastra su pesado carro de supermercado…, en total, la vida que late bajo las farolas de la ciudad. La vida que otros viven y que en ella ha dejado de latir, ahora, hace un rato, hace apenas unas horas.
Hace dos días llegó a aquel hotel, el mismo hotel de otras veces, la misma habitación, el mismo recepcionista que le sonríe con complicidad, la misma cama, con sábanas nuevas, y los mismos muebles. El mismo hotel de encuentros soterrados, de momentos escondidos; el mismo hotel donde tantas veces él ha llegado a horas intempestivas, arañando ratos a su otra vida; el mismo hotel en el que la mujer espera y espera a que él pueda tener un momento para verla; y mientras lee, escribe, escucha música…, mientras espera un amor que nunca llega.
La mujer se engaña, como se engañan todas las amantes enamoradas del hombre equivocado; la mujer quiere creer que aquello tiene futuro, que, aunque nadie se lo diga, ella puede lograr lo que nunca otra antes logró: que aquel hombre al que ama un día sea solo para ella. Pero la mujer que espera siempre se miente; la soledad trampea la mente y enfanga el alma para que no veamos la verdad.

Él vino lo antes posible; le abrazó y le sonrió. Luego hicieron el amor. Por unas horas rompen la horizontalidad y la verticalidad de la vida hecha a base de medias verdades y de momentos robados. Entregan sus cuerpos al deleite del sexo, se dejan llevar por el deseo acumulado, que crece por momentos, que van libando con fruición, pues no saben cuándo llegará el próximo encuentro. Ninguno se da cuenta, tan hermoso parece el momento, pero la horizontalidad y la verticalidad que encierra la soledad sigue ahí. Él no puede llenar tanto vacío, por mucho que se entregue al acto de amar, ni ella puede vaciar tanta emoción. Tras amarse, exhaustos, permanecen callados, nada hay que decir: dos soledades juntas hacen una soledad infinita.
Luego él, como siempre, se va de nuevo, vuelve a su vida profesional, a su vida familiar. Vuelve al mundo que realmente habita, y ella queda otra vez atrapada entre las cuatro paredes de esa habitación de hotel. Pero aún tiene esperanza en que él volverá pronto, en que la vida le recompensará por tanta entrega, en que el amor lo puede todo…
Al día siguiente él regresa y ella vuelve a ser feliz, al menos por un rato. Se repite el protocolo. Pero al tercer día ocurre aquello. Él no puede venir, la llama para decirle que tiene un problema que resolver con su familia y que hoy no puede verla. Ella se sienta al borde de la cama. Observa la habitación y tiene la sensación de verla realmente por primera vez. Su ropa tirada en un sofá, los zapatos desperdigados… Enfrente el espejo le devuelve su imagen y, por primera vez, ve a la mujer sola en la que se ha convertido. Reconoce su error, reconoce los embelecos que se ha contado a sí misma… Cuán estúpida ha sido, piensa, creyendo que ella tiene el poder de cambiar la vida de los demás; reacciona, se aborrece a sí misma al descubrir tanta falacia.
Y escribe esa nota, una nota de adiós, una nota de despedida; definitiva, concluyente, dolorosa…, pero necesaria. En la era de la tecnología, ella le dice adiós a la vieja usanza, con una nota escrita a mano, pero el adiós es igual de ingrato; crea el mismo dolor que si se lo hubiera dicho a la cara.
Sabe, siempre lo supo aunque no quisiera reconocerlo, que ese día iba a llegar. Le dice que le ama, pero que no puede seguir mintiéndose, que ha decido abrazar su soledad, pues es lo único seguro que la acompaña. Lee la nota, una y otra vez, hasta que se le nubla la vista, no sabe si por las lágrimas incipientes o por el cansancio.
La mete en un sobre, se viste, se calza, hace la maleta, cierra la ventana, se mira a aquel espejo por última vez… En recepción pide que cuando llegue “ese” hombre le entreguen el sobre. El joven recepcionista asiente, sabe perfectamente. Paga la habitación y, en la calle, coge un taxi. Será la última vez que haga ese recorrido. Será la última vez que vuelva a aquella Habitación de hotel.

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