Mi amada Raquel

image111sVolví cada noche a nuestro lugar de encuentro. Te esperé día tras día durante una semana. Me sentaba en la misma mesa que tantas veces habíamos ocupado tú y yo; el camarero ya no me preguntaba qué quería. A veces, entornaba la mirada hacia arriba, como cuando vemos a un loco; otras se compadecía de mí.

Cada día, a la misma hora, en la misma mesa al lado de la ventana para verte llegar. Pero no viniste nunca. Dejaste de coger mis llamadas, dejaste de contestar mis wasaps; ignorabas mis correos electrónicos. Me desesperé y cuando ya no pude esperarte más en el bar, fui a buscarte a tu casa.

Allí no había nadie. Volví al siguiente día, y luego otro más en distintas horas. Nadie respondía al timbre. Entonces una vecina me dijo que te habías ido. ¿Ido?, ¿a dónde? Creo que se fue a vivir a Madrid. Y se me rompió el corazón. Yo quería decirte que había tomado una decisión. Que no quería perderte, que me quedaría contigo para siempre; que ya no tenía miedo a empezar de nuevo. Yo quería pedirte que me perdonaras, que no me dejaras, pues yo te amaba. Pero te habías ido a otra ciudad, a otra lejana ciudad.

Después de eso, intenté recomponer como pude las piezas de mi destrozada vida y seguí adelante como siempre: mi familia, mi trabajo, mis amigos… pero todo ello estaba vacío de contenido. Me faltabas tú. No había un solo día en el que no pensara en ti. Te había perdido como un estúpido y ahora ya era demasiado tarde. Un día te llamé de nuevo al móvil y una voz me indicó que ese teléfono ya no estaba operativo.

Te había perdido para siempre. Me propuse olvidarte.

Entonces, por casualidad, mucho tiempo después, un día te vi en el periódico, en las noticias de empresa. Te habías convertido en una empresaria de éxito; se hablaba de ti por cómo en poco tiempo habías logrado remontar la crisis, crecer y dar trabajo a varias personas. Eras una mujer de éxito. La foto que te habían hecho estaba muy bien, seguías tan hermosa como siempre, y en ella se veía a la mujer fuerte y apasionada que eras. Era una buena foto. Recorté el artículo y lo fotocopié para que no se echara a perder. Lo guardé en una gaveta en mi despacho, muy al fondo, para que nadie lo viera. Luego te busqué en internet y allí estabas, una nueva web, una nueva empresa en otra ciudad…. En una de las noticias decían que estabas casada. ¿Casada? Siempre renegaste del matrimonio, y ahora estabas casada.

Un nuevo dolor vino a ocupar el lugar en mi corazón dónde había guardado mi silente amor por ti y comprendí que seguía amándote.

Días después, busqué el teléfono de tu empresa. Lo marqué.

–         Buenos días, quería hablar con Raquel Esteban.

–         No está en estos momentos –me contestó una agradable voz de mujer- Si quiere dejarle algún recado.

–         No. ¿Cuándo podré encontrarla?

–         En un par de horas creo que estará de vuelta.

Dos horas. Tenía dos horas, dos largas horas para pensar qué iba a decirte. Para pensar en  cómo iba a recuperarte. No me importaba que estuvieras casada. Tenía dos horas para hacer algo grande; para hacer lo que había tenido que hacer hacía años y, por cobardía, no había hecho.

Dos horas… Cogí mi maletín y salí corriendo del despacho. Dije que me pasaran las llamadas al móvil y que ya volvería, sin especificar cuándo. A toda velocidad conduje hasta el aeropuerto. Tenía que coger el primer avión del puente aéreo que me llevara a Madrid. Tuve suerte, por primera vez en mucho tiempo tenía suerte. A poco de llegar salía un avión, aún había plazas y pude embarcar.

Había pasado más de una hora y media cuando el avión aterrizó en Madrid. Pero tenía la esperanza de que te  quedaras algún tiempo en la oficina, y si no, te esperaría el tiempo que fuera necesario.

Busqué la dirección de la empresa y cogí un taxi. Al llegar al destino habían transcurrido las dos horas y seguía sin saber qué decirte al encontrarme contigo.

Salí del taxi justo enfrente de tu empresa. Me temblaban las piernas, la espalda me sudaba. Con voz trémula pregunté en recepción por ti. Me dijeron que estabas reunida, que, por favor, esperara.

Esperé, esperé, esperé… Recordé cuántas veces me esperaste tú; en la cafetería, en el hotel, una llamada mía…Recordé las veces que me esperaste y yo no pude acudir a la cita. Ahora me tocaba a mí esperar por ti, sin saber cuándo te vería; y lo que era peor, sin saber si tú querrías verme,  tan siquiera.

Cogí una revista de una mesa para hacer que leía, para que no se me notaran los nervios. Me sonó el móvil y dejé pasar la llamada. No quería estar hablando cuando tú salieras del despacho.

 

Entonces entró por la puerta un hombre alto, elegante, de mediana edad. Solo le veía la espalda, pero había algo familiar en su actitud que no supe concretar. Saludó a la chica de recepción y esta le devolvió el saludo con familiaridad. Le dijo que Raquel estaba reunida todavía.

–         No importa –dijo el hombre- Espero.

Miró hacia el sofá en el que yo estaba esperando y de repente lo reconocí. Era Fernando. Mi viejo amigo Fernando, de quien había perdido el contacto cuando se fue a vivir a Madrid. Hubo un tiempo en el que salíamos con frecuencia juntos; incluso, entre copa y copa, nos revelamos ciertos secretos oscuros. Un día me llamó para decirme que se iba a trabajar a Madrid, que una multinacional le había captado como director general en España. Y ya no supe más de él.

Y ahora estaba ahí, delante de mis narices, en la empresa de Raquel, mi examante. Qué casualidad, ¿no? O tal vez, no. Se me quedó mirando sin pronunciar palabra. Me pareció que su rostro se desdibujaba con un rictus casi imperceptible.

–         ¡¡¡Arturo!!! ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí? – la voz le temblaba sutilmente.

–         Pues nada –no sabía qué decir – Estaba por Madrid y quise acercarme a ver a Raquel.

–         Ah, bien…- calló.

En aquel momento, tú salías del despacho acompañada del hombre con quién estabas reunida. Tras despedirlo, te dirigiste directamente a Fernando, que seguía de pie delante de mí.

–         Hola, amor –le besaste en los labios. Debiste notar algo raro, pues te quedaste parada y seguiste la dirección en la que miraba Fernando.

Me miraste fijamente durante unos segundos, que a mí se me hicieron eternos. Sin pronunciar palabra volviste hacia tu despacho, cogiste el bolso y te fuiste.

Fernando y yo nos quedamos allí, sin reaccionar. ¿Qué había pasado? Entonces Fernando se sentó a mi lado y suspiró.

–         Realmente, ¿a qué viniste?

–         A recuperarla.

–         Sabes que se está casada conmigo.

–         No. Sabía que estaba casada, pero nunca me hubiera imaginado que eras tú –Le miré a los ojos- ¿Desde cuándo estás con ella?

–         Poco después de que te dejara. Quedó destrozada, como bien sabes, y un día me la encontré de casualidad en una cafetería. Nos pusimos a hablar y, entonces, me contó todo lo que había ocurrido contigo, cómo ella te había querido y cómo tú te habías portado…

–         Hice lo que pude, aunque sé que no lo hice bien –intenté excusarme.

–         Lo hiciste fatal. Y ahora quieres recuperarla. ¿No te parece que ya es demasiado tarde?

–         Si aún me quisiera, no. Pero si te quiere a ti, me voy y no me volveréis a ver.

Fernando guardó silencio, pero fue ese tipo de silencio que está lleno de palabras que cuesta pronunciar. En esos silencios yo era experto. Se miró sus pulcros zapatos y al levantar de nuevo la mirada me pareció que tenía los ojos húmedos.

–         Creo que nunca ha dejado de amarte, aunque me duela reconocerlo. Me lo imagino porque nunca habla de ti, y si sale alguna conversación de esa época evita mencionarte adrede. Y también me lo imagino por cómo ha salido de la oficina ahora.

Se me estremeció el cuerpo al oír a Fernando. Debía de ser durísimo para él admitir que, aunque Raquel le quisiera, nunca se había enamorado de él cómo lo había hecho de mí. No supe qué decirle.

Me levanté del sofá. Le di la mano a Fernando y le deseé mucha suerte.

–         Me voy de vuestras vidas. Perdóname por intentar quitarte a Raquel.

Fernando me devolvió el gesto y no dijo nada. Cogí el primer taxi que encontré y le pedí que me llevara al aeropuerto. En aquella ciudad no se me había perdido nada y no tenía intención de volver jamás.

Querida Raquel, venía dispuesto a arrebatarte de los brazos de cualquier hombre si aún había la más mínima posibilidad para mí. Y ahora aquí, con la casi certeza de que no me has olvidado, me siento como una sanguijuela. Fui un estúpido cuando te tuve y no supe valorarte y ahora estoy comportándome como un verdadero egoísta.

No quiero saber si aún me amas o no. Tengo la certeza de que yo si te amo y que ese amor perdurará como una marca indeleble en mi vida. Pero si tú has logrado rehacer tu vida sin mí y ser feliz, yo tengo que poder hacer lo mismo.

Ahora me toca a mí, mi amada Raquel, echarle arrestos a la vida y aprender a vivir sin ti.

No sé si sabré hacerlo, pero voy a intentarlo.

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