Luz cegadora

lagrimas-de-sangreAhora sí. Ahora sí que me homenajeáis, ¿verdad? Ahora que ya no estoy entre vosotros recibo las muestras de cariño que antes nunca tuve. Os estoy viendo, ¿sabéis? No creáis que cuando el cuerpo físico deja este mundo todo se ha acabado para siempre. No, el espíritu (que como la energía ni se crea ni se destruye, se transforma) sigue vagando por el espacio, sigue entre vosotros, aunque no lo veías.

De hecho, hay aquí, a mi lado, varias personas que vosotros conocéis. Pero volvamos a lo que nos ocupa. Vi el homenaje tan entrañable que me hicisteis ayer en el auditorio. Acudieron personas de todos los estratos sociales, profesiones y condiciones. Allí estabais todos, hablando de mí, diciendo cuán buena persona había sido. La gente ponía cara de circunstancias. Primero, un minuto de silencio por mi alma; luego el concierto de música clásica, que vale, bien, todos sabéis que adoraba (adoro) la música clásica, pero ¡¡¡Mozart!!!

Cualquiera que me conozca un poco sabe que Mozart me aburre sobremanera. Pero ya sé de quién fue la idea. La idea fue  de Pedro, ¿verdad? Allí estaba también, en primera fila, compungido, cariacontecido, y todo el mundo saludándolo como si fuera un viudo desconsolado. Os habéis olvidado todos, todos, de que cuando estaba viva, cuando realmente hubiera podido demostrarme todo ese amor que ahora parece que le brota por los poros de la piel, no lo hizo. Siempre fue tacaño con sus sentimientos, siempre temeroso de Dios, de los hombres y de mí, sobre todo de mí.

Vosotros no lo sabéis, vosotros que ahora me lloráis como si hubiera sido la mejor amiga y compañera, ignoráis la verdad. Pero ¿cuál es la verdad? Ahora que estoy aquí, al otro lado de la vida, literalmente, tampoco la veo muy clara. Es más, ahora que tengo una amplia, muy amplia, perspectiva, me doy cuenta de cuán relativo es todo. Me doy cuenta de que, en cierto modo, tuvisteis razón para comportaros como lo hicisteis, pues tampoco es que yo fuera trigo limpio.

Reconozco que pisé algunos callos para llegar a donde quería; que me alejé de muchas personas cuando el éxito empezó a rondarme, que ningunee a muchas personas. Reconozco, ahora que ya nada importa, que tampoco yo fui un dechado de virtudes. Incluso con Pedro, ahora me doy cuenta de que tenía sus razones para amarme y temerme. Para amarme porque nunca supo cómo dejar de hacerlo, para temerme porque siempre mantuve una prudencial distancia con él.

¡Pero que se vengue con un concierto de Mozart!… no fue para tanto. Podéis saludarlo y abrazarlo por la pérdida, podéis consolarlo, pues tampoco lo tuvo fácil. Es verdad que le desbaraté, en cierto modo, la vida, se la volví del revés en muchas ocasiones, pero también le amé… a mi manera, pero le amé.

Entonces creí que lo estaba haciendo bien, que una no debe entregarse del todo a nadie, que se debe guardar algo para sí misma, por si acaso. Y el por si acaso es que ahora ya no estoy entre vosotros y me arrepiento de todo lo que pude hacer y no hice, de cuanto pude dar y no di; me arrepiento de no haber vivido más intensamente la vida, y sobre todo  de dar más importancia a mi trabajo que a las personas.

Cuando empecé a tener fama, cuando los medios se empezaron a hacer eco de mis novelas y comenzaron a ensalzarme como la gran escritora del momento, como la gran revelación de la literatura actual, el éxito, reconozco, se me subió a la cabeza y me dejé llevar por los oropeles. Yo creía, cuando no era nadie, que eso no iba a ocurrir nunca, que nunca saldría del anonimato; pero no fue así. Me equivoqué, tuve éxito, mucho éxito, y en ese preciso momento empecé a perder la perspectiva.

Ahora comprendo que si estabais ahí muchos, en aquel multitudinario homenaje, es porque al no estar ya entre vosotros, recordasteis la mujer que había sido antes de que me convirtiera en una cretina. Yo también la recuerdo ahora con una cierta añoranza, incluso, si me apuráis, os diré que la echo de menos. Echo de menos a aquella mujer que no tenía nada que perder y todo por dar, que era amiga de sus amigos, que amó de verdad a un hombre que se lo merecía.

Pero llegó la fama, y me perdí. Entonces fue cuando os empezasteis a distanciar de mí, yo creía que la culpa era vuestra, que estabais cargados de envidia, que no soportabais mi ascenso al olimpo de los escritores famosos. Renegué de vosotros y os perdí. O creía haberos perdido, pues ayer estabais ahí todos, recordándome, hablando de mis logros, de mi persona. Sois mejores que yo, pues tras el concierto, en el hall del auditorio a nadie oí decir que me había comportado como una engreída recalcitrante.

Incluso el pobre Pedro. Ahora lamento no haberle comprendido mejor. Lo arrastré hacia mi vida y luego le volví la espalda. Pero Dios sabe (que por cierto, a Dios no lo he visto por aquí todavía) que lo amé más que a nadie. Aunque no sé si él lo supo. Si pudiera se lo diría ahora. Hoy lo vi acercándose al lugar donde nos conocimos, se quedó allí unos minutos, fumó un cigarro y luego se fue.

Entonces me dieron ganas de ir hacia él, abrazarle y decirle que yo seguía allí, que le observaba, que estaba con él como tantas veces estuve con él mientras estuvimos separados. Pero, claro, ahora no puedo. Él no me ve y no quiero ni pensar qué pasaría si me manifestara, no sé, en forma de paloma que habla o de árbol que le tiende sus ramas. A veces me dan ganas de preguntar a mis amigos de acá si eso se puede hacer, pero no he visto a ninguno manifestándose como un fantasma, por lo que debe ser que no se puede, o al menos no podemos los que estamos en este limbo de interinidad, que no estamos ni acabamos de irnos.

A vosotros mis amigos, también quisiera pediros perdón. Os quise y luego os ignoré. Y vosotros me habéis perdonado.

No, no fui tan buena como yo me creía, por eso así acabó todo. A la aún tierna edad de 53 años me he ido para siempre, y de forma traumática y dramática. Fue aquel fan, aquel estúpido fan que se encaprichó conmigo desde el primer libro, que me seguía a todas las presentaciones, que me mandaba correos constantemente, que me pedía encontrarse conmigo para hablar de mis libros. Fue aquel fanático desesperado que se volvió más loco de lo que estaba cuando yo empecé a ignorarlo y que perdió del todo la razón cuando lo denuncié por acoso, siguiendo el criterio de Pedro.

¡Y que me atropellara con un coche! ¡Qué ironía!, yo que nunca tuve coche, morí a causa de uno, conducido por un orate que además lo hizo mal, rematadamente mal, pues agonicé en aquella cama de hospital durante dos días. Dicen que cuando ves la muerte cerca toda tu vida pasa por delante como una película, y no dudo de que sea así, pero yo solo pensaba, cuando no estaba totalmente anestesiada, en que aquel estúpido se había vengado por todos mis errores cometidos. Yo me había alejado de quienes me querían, y la vida me mandaba a un tonto de remate para castigarme. Así lo veía entonces, como un cruel castigo del destino.

Pero ahora sí que tengo que dejaros. Y creo que va a ser definitivo. Veo una luz muy brillante frente a mí, es casi cegadora, pero me incita a ir hacia ella. Tendré que ver qué hay al otro lado.

Adiós, mis queridos amigos, recordarme como fui antes de volverme una necia; adiós, mi querido Pedro, tú también recuerda a la mujer que amaste al principio, pues después… después me he convertí en luz cegadora.

 

Cuadro: Lágrimas de sangre, Oswaldo Guayasamín

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2 pensamientos en “Luz cegadora

  1. Soberbio.
    Qué talento, Dios mío. Y cuánta humildad entre líneas.
    Por mi parte solo espero que aquellos que valen sean reconocidos como merecen. Y aquellos que no ocupen el lugar que les corresponde.

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