Muñecos de trapo

pbr_daydream¿Cuándo dejamos de amarnos? ¿Cuándo empezamos a distanciarnos el uno del otro hasta desdibujar nuestra vida en común? No lo sé, la verdad es que no podría señalar un momento concreto, ni un día determinado, pero en algún momento del camino nos separamos, y ambos empezamos a seguir las huellas de otros pasos.

Nuestros principios, los recuerdo con alegría y con pena; alegría por lo hermoso que fue y pena por la pérdida, éramos felices, éramos un todo, éramos el uno para el otro. Nos amábamos, nos casamos, creamos una familia, formamos una vida en común… El deseo era un manantial del que bebíamos todos los días, y alimentábamos nuestro amor con caricias, ternura y palabras hermosas.

Pero un día empezamos a dejar de decirnos palabras de amor, otro dejamos de hacer el amor esa noche, y la siguiente y la siguiente; en otro momento, tú empezaste a salir con tus amigos y yo con los míos; hasta dejamos de contarnos todo lo que nos había pasado en la jornada, en el trabajo. La incomunicación se asentó en nuestras vidas como el polvo en una casa abandonada. Pero hemos mantenido la imagen de familia ejemplar, ambos nos esforzamos en fingir que todo sigue igual.

Adivino por tus gestos y por tus silencios que ahora, hace tiempo, compartes caricias, sexo y palabras de amor con otras mujeres, en citas furtivas y secretas. No tengo evidencias, pero lo sé porque es lo que yo llevo haciendo hace años.

En mi caso, un hombre más joven que yo que me prodiga de amor y de deseo. Un hombre a quien veo a hurtadillas: a la hora de la comida, a primera hora de la tarde, al salir del trabajo, para llegar a  a tiempo para la cena. Algún fin de semana que tú trabajas y en algún viaje fuera de la ciudad. Y llego a casa, cada noche, sin que nadie sepa que mis afectos de mujer llevan años sembrando otras tierras.

¿Por qué no me separo, entonces? Porque no me siento capaz de romper una vida tan estructurada, pienso en las consecuencias y me entra pánico. Soy valiente para tener un amante, pero no tanto como para cambiar radicalmente mi vida. Él, mi querido y joven amante, lo asume, pero sé que un día se cansará de esperar, o encontrará otra mujer que le dé más que momentos furtivos y besos a escondidas.

Hubo una vez que me planteé seriamente dejarte, pero aún nuestros hijos eran adolescentes. Entonces no estaba con mi actual amante, en aquella época fue cuando conocí a Jaime, mi primer amante, el hombre del que llegué a enamorarme de verdad. Aquella relación se convirtió en una obsesión para mí, no podía dejar de pensar en él, de desear verlo a cada momento. Jaime también se enamoró de mí y un día, después de muchos meses de encuentros solapados llenos de pasión y de sexo, me planteó la posibilidad de estar juntos definitivamente.

Lo pensé, Dios sabe que lo pensé muy seriamente, pero no fui capaz. Me faltó valor y me sobró miedo. Y Jaime me dio un ultimátum, o juntos o definitivamente separados. Yo me quedé paralizada, vi pasar por mi mente todo el futuro; el que podría tener al lado del hombre al que amaba, pero con el que tendría que iniciar una nueva vida, empezar desde cero; y el que tendría al lado del hombre que ya nunca más amaría, pero con quien tenía un pasado. Renuncié al futuro por mantener intacto el pasado, por preservar algo que ya no existe. ¡Qué estúpida fui!

El dolor por la pérdida de Jaime fue inmenso y lo sentí por todo mi cuerpo, un cuerpo que dejó de recibir amor y que anhelaba caricias, que deseaba seguir siendo amado. Pero tuve que disimular. Fingir ante todos, tú y mis hijos, que nada pasaba. Alegaba migrañas cuando ya no podía más, y me iba a la habitación a depurar todo mi dolor. Lo recuerdo como uno de los peores momentos de mi vida.

La pérdida del amor contigo fue paulatina, llegó como llega la lluvia en otoño y nadie se cuestiona por qué. Pero la pérdida del amor de Jaime fue como el despertar de un volcán dormido: hizo temblar los cimientos de mis emociones y arrasó con toda mi alegría, dejando a su paso un manto de cenizas y lava ardiendo. Aún me duele al recordarlo.

Luego vinieron las aventuras de una noche, de unos días, que no llegaban ni a semanas. Y pienso que si cuando estuve con Jaime no te dejé, ¿por qué habría de hacerlo ahora? Y, ¿por qué no lo haces tú, que también te despojas de tus deseos en camas ajenas?

¿Por qué ninguno de los dos somos capaces de ser sinceros y hablar claramente de lo que tácitamente sabemos? Tal vez porque nos hemos hecho acomodaticios, cobardes, temerosos de los dioses, del futuro incierto, de las verdades no conocidas. Tal vez, estamos condenados a seguir juntos porque estamos hechos de la misma materia: la materia con la que están hechos los muñecos de trapo.

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