Para siempre es demasiado tiempo

indiceTe lo dije, amor, para siempre es demasiado tiempo. Te lo expliqué muchas veces, incluso cuando más nos amábamos, cuando más unidos estuvimos, te dije que nada dura eternamente. Te dije que no era suficiente con decirnos palabras de amor; que no bastaba con que nuestros encuentros sexuales fueran extraordinarios, que nos quedáramos tan satisfechos el uno con el otro que creyéramos que ya todo lo teníamos.

Te lo dije, mi querido amor, que a las palabras y al sexo le faltaba alma, tu alma y la mía, que guardábamos escondidas en oscuros rincones de nuestro corazón para que nadie la viera, para que nadie la tocara, para que nadie la hiriera. Te lo dije, amor, para siempre es demasiado tiempo cuando no se sabe amar con total entrega. Cuando nos dejamos llevar por los placeres mundanos, que nos alivian un momento, unas horas, unos días, pero que siempre, después, nos dejan con hambre insatisfecha.

Te lo dije amor, dos almas hambrientas no se pueden satisfacer y crean una necesidad mayor, más acuciante. Y así nos pasó a nosotros, que tras cada encuentro, tras cada momento que estábamos juntos, nos sentíamos aún más hambrientos, más necesitados, pues esperábamos el uno del otro lo que no podíamos darnos.

Para siempre es demasiado tiempo, siempre.

Pero no me escuchaste, creíste que lo que teníamos era suficiente, que esos andamios tan endebles que sostenían nuestra relación eran bastante para seguir adelante. Que con palabras bienintencionadas y con sexo bien dispuesto ya todo estaba hecho. Y yo, por un tiempo, también lo creí. A fin de cuentas yo también era una indigente emocional como tú, y necesitaba asirme a algo, por frágil que fuera, pues la filosofía que regía nuestra relación parecía estar sustentada en que más vale algo que nada.

Pero en el amor esa filosofía es engañosa y acaba siendo peligrosa, pues el conformismo lleva a la decepción, esta al desencanto y el desencanto al desamor. Te lo dije amor, si nos conformamos con poco, recibiremos aún menos.

Y por eso ocurrió lo que ocurrió. Tanto tiempo amándonos en la precariedad que esta se apoderó de nosotros y nos transformó en seres aburridos y conformistas. El gran amor se convirtió en rutina, la rutina en hastío y el hastío en venganza.

Ni las palabras de amor ni el sexo salvaje nos salvaron de la ruina emocional y personal en la que nos hundimos. Pero seguíamos sin querer verlo, seguíamos mintiéndonos a nosotros mismos. Un día empezamos a contarnos medias verdades y luego llegaron las mentiras. Primero fueron mentirijillas piadosas, después ya no cabía nada más que los embelecos, pues la verdad se había oscurecido hasta el punto de que dejamos de verla, y dejamos de vernos.

Yo fui la primera en darme cuenta. Un día, al despertar, ya no pensé en ti, ni durante la jornada, ni al día siguiente… Un día dejaste de estar presente en mi cabeza, en mi corazón e, incluso, en mis deseos sexuales. Empezaste a desaparecer poco a poco. Ya no soportaba tu presencia, solo ansiaba tu ausencia. Pero tú seguías ahí, creyendo que todo es para siempre, insistente, machaconamente, como si nada hubiera cambiado.

Y llegó el día aciago, ese que nunca tuvo que llegar. Pero tú seguías queriendo retener lo que nunca tuvimos. El amor se había ido, pues nunca lo amamos de verdad. Tú, siempre renuente al cambio, creías que aún había un futuro para nosotros, que aún había un “para siempre” entre los dos. Lo siento, mi querido amor, pero antes de que ocurriera lo que nunca tuvo que ocurrir, te lo dije de nuevo, nada es para siempre, y menos cuando los mimbres con los que hicimos el cesto de nuestra relación ya estaban podridos desde el principio.

Lo siento tanto, ahora que ya es tarde para arrepentirse, ahora que ya no estás conmigo ni nunca más estarás. Siento que la furia y la rabia pudieran más que el amor que un día creí sentir por ti. Siento haber perdido el control, aquel día, mientras conducía por la autopista, cuando me decías, una vez más, que lo nuestro aún tenía futuro, que aún me amabas, y oí como tu mentira resonaba dentro del coche y se metía en mi cabeza. Dejé de oír tus palabras y empecé a reír como una loca; perdí el control del volante, perdí el control de mi misma y nos fuimos a estrellar contra la mediana. Allí, en mitad de la autopista, nuestro amor y nuestras vidas se estrellaron juntos. Yo me salvé por los pelos, tú moriste al instante. En cuestión de segundos, nuestro “para siempre” se hizo añicos como la corrocería del coche, y tú te fuiste sin saber ni cómo ni por qué.

Ahora que ya no tengo un “para siempre” contigo me queda todo el tiempo del mundo para pensar, para recordar y para olvidar. Ahora sé que sí hay algo “para siempre”: tu ausencia definitiva y mi postración en esta silla de ruedas.

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