Sin palabras

edward-hopper-para-sin-palabras¿Cuántas veces María se mira al espejo? Cuatro, cinco, seis… no sabe, pues ya ha perdido la cuenta, ha perdido el control sobre sus propios actos. De hecho, perdió el control hace meses, muchos meses… tal vez no tantos. Siete meses pueden ser demasiados cuando uno es infeliz y un suspiro en la vida cuando estamos dichosos.

Por eso María no sabe si siete meses son muchos o pocos, pues unas veces ha sido la mujer más feliz de la Tierra (así, en mayúscula, pues no nos referimos a la tierra que pisamos, sino a la que habitamos); y otras veces se ha sentido desdichada, muy desdichada.

Antes estuvo siempre atrapada, por el amor o por el desamor; por la felicidad o por la infelicidad; por la lujuria o por el hastío. Siempre atrapada en aquella jaula de oro que ella misma construyó hace tiempo juntando desencantos, decepciones, con una pizca de soledad, y mucho deseo no cumplido.

Todos estos elementos, como una buena aleación de metales, se juntaron para que María ahora se mire al espejo una y otra vez, preguntándose si está bien, cómo la encontrará él, después de semanas sin verse; si se le ha corrido el rímel o no ha atinado bien con la barra de labios. Las horas pasan, y María sigue esperando. Él le dijo que en cuanto llegara a la ciudad la llamaría, que tenía algo importante, muy importante, que decirle. Tan importante que iba a recorrer los dos mil kilómetros que los separaban para verse en persona.

“No, le dijo, no puedo decírtelo por teléfono”.

María se impacientó:

“Dime algo, dame una pista”, rogó.

“No, repitió él contundente, ten paciencia, cuando nos veamos te lo diré”.

“¿Es bueno, es malo?”, insistió María.

Y él se rió. No se lo iba a decir por mucho que ella se empeñase.

María estaba vestida y preparada desde hacía más de una hora. Ella hubiera querido ir a buscarlo al aeropuerto, pero él dijo que no era necesario, y tampoco le dio la hora exacta de la llegada de su vuelo.

Tanto misterio impacienta a María, mujer escasa de paciencia, mujer expeditiva que quiere resolverlo todo ya, ahora. Mujer, desde hace siete meses, de un solo hombre que no posee, pero que desea. Tanto misterio llena a María de miedo y de dicha, pues igual puede ser una gran noticia como la peor del mundo. Hasta que él le dijo que viajaba a su ciudad a verla, ella no había notado ningún cambio en su actitud, ni para mejor ni para peor. Seguían llamándose con regularidad, seguían viéndose cuando las circunstancias lo permitían; seguían sin hablar de amor, tal vez, se dijo muchas veces María, porque nada había que hablar al respecto.

María, mujer de palabras que han llenado su vida siempre, y que incluso mejoran su economía (escribe libros y no le va nada mal), lleva siete meses sin palabras, al menos sin las palabras que hablan de sentimientos, de verdades, de realidades ocultas. Al principio creía que iba a reventar; a ella nadie la callaba, al menos antes. Y él lo logró. Logró lo que nunca otro hombre lograra: que dejara las palabras a un lado para que hablaran los hechos.

Una vez que se acostumbró a usar solo las palabras necesarias, empezó a descubrir otro mundo. Un mundo distinto, en el que viven las personas que no saben o que no quieren usar palabras para hablar de sentimientos o de emociones. Ella creía que estas eran cobardes, pusilánimes que tenían miedo a sus propios secretos. Pero aprendió que hay otra forma de comunicarse, una forma muy sutil, un tanto críptica, que solo está al alcance de muy pocos; de aquellos pocos que han sabido trascender el lenguaje verbal, e incluso el no verbal.

No, ella aún no estaba dotada para gozar de aquel privilegio, pero lo había descubierto en él. Y poco a poco aprendió a decir cosas sin decirlas, a manifestarse en lo que ella llamó “el lenguaje de los trasgos”.

Y cuando ya había aprendido a esperar y había dejado de buscar, él la llama y le dice que tiene algo muy importante que decirle, que lo espere, que va a su encuentro. Él viene a comunicarle algo; él viene, piensa ella, a decir todo lo que nunca ha dicho. Él viene, se imagina ella mientras sigue esperando, a regalarle las palabras que siempre le ha vetado. Pero ella ya no las necesita, siete meses después ha  aprendido a leer su lenguaje oculto, ha aprendido a reconocer las señales del amor en su cuerpo, en los detalles, y sobre todo, en las palabras que no dice.

Esto lo piensa María en la soledad y el silencio de su casa. Sigue esperando y el teléfono no suena, ni una llamada ni un wasap… nada. Al final, se queda dormida en el sofá, con los zapatos, las medias, la falda y la camisa puestos. Se despierta a media noche y mira el reloj: las cuatro de la mañana; mira el móvil que sigue en silencio, sin señal de que alguien hubiera llamado.

Me mintió, piensa María. Pero ¿por qué? Eso no es propio de él. Él jamás jugaría conmigo, ni con nadie, se afirma a sí misma. Y sigue: He aprendido a conocerle de verdad, no por sus palabras, siempre escasas, sino por sus hechos, y él es un hombre íntegro, y las personas íntegras no hacen daño gratuito a los demás. La imaginación de María se dispara: Algo ha pasado, algo grave.

Conecta la radio. Están transmitiendo una noticia de última hora: un avión que salía de Madrid en dirección a las islas se estrella en el momento del despegue. Es de la compañía Spanair y tenía prevista su salida a primera hora de la tarde.

María ya sabe, pues ha aprendido a conocer la verdad más allá de las palabras, incluso de las palabras de los periodistas, siempre con la información actualizada al minuto.

María se quita los zapatos, se quita las medias, se quita la falda y la camisa y se va a la cama. Quiere llorar, pero no puede; quisiera hablar con alguien, pero ¿con quién?

Sabe que su vida se ha quedado muda para siempre.

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