A la izquierda de Dios

hopper-meditations-by-richard-tuschman-7

–        He conocido un chico muy simpático.

–         Ah, ¿sí? ¿Y qué tal?, ¿te gusta?

–         Bueno, podría gustarme.

En ese momento yo estaba mirando hacia la pared, ofreciéndole mi desnuda espalda. Él pasaba suavemente su dedo índice por mi columna vertebral, hasta llegar al coxis, ahí se paraba y volvía a ascender. Me di la vuelta para mirarle a los ojos.

–         La verdad es que me resultó muy interesante –insistí.

–         ¿Dónde lo conociste? –preguntó con cierta indiferencia.

–         En la manifestación contra la tortura policial.

–         Ah. ¿Y qué hace, estudia, trabaja…?

–         Estudia Medicina.

–         Vaya, podrías acabar siendo la mujer de un médico. No te veo yo relacionándote con ese gremio.

–         ¡Pues anda que el tuyo!…

Ramón era abogado sindicalista. Lo había conocido en una charla sobre la nueva ley de asociacionismo y sindicalismo que dio en el Ateneo a la que asistí porque, en aquella época, participaba en varias asociaciones sociales y me interesaba saber con qué tipo de problemas podríamos encontrarnos.

Al finalizar la charla, que me pareció muy interesante, me acerqué a él para preguntarle algunos temas muy concretos.

–         Estoy muerto de hambre y necesito una cerveza –me dijo –¿Me acompañas a tomar algo y hablamos de ello?

Esa noche, después de unas cuantas cervezas, acabamos en mi casa, que no estaba muy lejos del lugar donde habíamos ido a comer.

Al día siguiente, al salir de la universidad, él estaba esperándome en la puerta.

–         Hola. ¿Qué haces aquí? –le pregunté sorprendida.

–         He venido a buscarte. ¿Tomamos algo?

–         No puedo. Tengo reunión del grupo político –También militaba en Los Verdes, el primer partido ecologista que había en España –Pero podemos vernos mañana. Estaré en casa toda la mañana, si quieres pasarte. Ya sabes dónde vivo.

Me acercó con el coche hasta la avenida de América, donde nos reuníamos en casa de uno de los miembros fundadores del partido.

–         Me gustó mucho estar contigo anoche –dijo por el camino.

–         A mí también –Y era verdad. Me gustaban sus ojos marrones, que observaban el mundo con la firmeza de quien sabe lo que está haciendo.

Ramón acudió a la cita al mediodía.

De ello hacía ya casi seis meses. Ramón tenía quince años más que yo, estaba casado y tenía dos hijos. Yo acababa de empezar mi carrera de Periodismo y aún era una joven veinteañera con muchos ideales.

Nos veíamos dos o tres veces por semana, siempre de lunes a viernes, pues el fin de semana lo dedicaba a su familia.

–         ¿Y cómo se llama el afortunado? –volvió a preguntar. Se había levantado de la cama y se estaba vistiendo. Tenía que volver de nuevo al trabajo.

–         Juan Carlos.

–         Vaya, un nombre muy monárquico.

–         Ya. O un nombre muy vulgar para un rey, qué sé yo.

–         ¿Volverás a verle?

–         Sí. Hemos quedado este fin de semana.

Mi relación con Juan Carlos, a quien yo llamaba Carlos, fue tomando forma. Entre semana seguía viendo a Ramón y los fines de semana estaba con Carlos. Así pasó más de un mes, alternando amante con incipiente pareja. Por supuesto, Carlos no sabía nada de Ramón y eso empezó a crearme remordimientos de conciencia.

–         Voy a tener que contarle a Carlos la verdad –le dije un día a Ramón después de hacer el amor.

–         ¿Por qué?

–         ¿Cómo que por qué? Porque estamos saliendo juntos y le llevo poniendo los cuernos desde el primer día.

–        Técnicamente, al que al que estás poniendo los cuernos es a mí –afirmó contundente Ramón.

–         ¡Venga ya! Por definición, no se pueden poner los cuernos a un hombre infiel.

Estábamos los dos desnudos sobre la cama, acariciándonos nuestros respectivos sexos. Ramón se había excitado de nuevo y volvimos a hacer el amor. Noté en él una entrega y una fogosidad nuevas.

Al finalizar el acto sexual se quedó callado.

–         Si se lo dices, tú y yo tendremos que dejar de vernos, ¿no?

–         Sí.

No dijo nada. Se levantó, se duchó y se vistió.

–         Me gustaría que habláramos de ello pasado mañana –me dijo a punto de irse.

–         De acuerdo, pero no hay mucho de qué hablar. Lo nuestro no tiene mucho recorrido. Y tú lo sabes.

–         Bueno, pero aun así me gustaría hablarlo. Mañana tengo una importante reunión en el despacho de abogados todo el día, pero el miércoles nos vemos. ¿Te parece?

Presentí que algo le inquietaba, tenía el ceño fruncido. Lo seguí al salir de la habitación, pero me quedé apoyada en el marco de la puerta, observándole. Él abrió la puerta de la calle y se quedó unos segundos parado, dándome la espalda. Volvió sobre sus pasos, se acercó a mí y me miró fijamente a los ojos.

–         Te quiero –me rozó los labios, atravesó de nuevo el salón en dos zancadas y como un exhalación lo vi cerrar la puerta tras de sí.

–         Yo también –Fue lo único que pude susurrarle a una puerta ya cerrada.

Volví a la habitación y me quedé pensando en lo que acababa de ocurrir. Nunca habíamos hablado de amor ni de sentimientos. Tácitamente habíamos aceptado que lo nuestro era una relación de sexo y buena amistad que a ambos nos convenía. Y ahora me hablaba de amor. Ramón había abierto una puerta que debería haber estado siempre cerrada, pero no podía fingir que no había ocurrido.

Esperaría al miércoles para aclarar todo aquello.

Sin embargo, ese miércoles no llegó nunca.

Al día siguiente un grupo de la extrema derecha asaltó su despacho. Murieron cinco abogados, uno de ellos fue Ramón.

Murió sin que supiera que yo también le quería y ese amor quedó congelado en el tiempo. En los meses que siguieron a su muerte, me sentía como una solitaria galaxia dando vueltas en el espacio.

Todavía pienso en él y me lo imagino en el cielo, sentado a la izquierda de Dios luchando por los más desfavorecidos, como siempre había hecho.

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