La mujer del espejo

Eloísa se miró por cuarta, tal vez por quinta vez al espejo. Se sentía envejecida. Tres meses, solo habían pasado tres meses, y de repente parecía que fuera toda una vida.

No, le dijo Eloísa a la mujer que se reflejaba en el espejo, tú no eres yo. Yo soy fuerte, yo no sufro, yo no lloro nunca. Sin embargo, tú eres una llorona, eres débil, pusilánime. Llevas semanas llorando como una niña chica a la que han quitado su juguete más preciado.

Eloísa se volvió de espaldas y volteó la cabeza todo lo que pudo para hacerse un reconocimiento posterior. Estaba desnuda. Cada mañana se miraba desnuda en el espejo de la habitación. Buscaba los estragos que aquel dolor que sentía pudieran estar haciendo en su cuerpo, un cuerpo cuidado a base de mucho deporte y buena alimentación. Un cuerpo del que siempre se había sentido orgullosa, no porque fuera perfecto, en absoluto. Sino porque la había llevado hasta aquella edad de su vida manteniéndose sano y bien proporcionado.

Claro que cada mañana se ponía su ropa de deporte, calzaba sus deportivas  y salía a correr  cuando todavía el sol no había despuntado por el horizonte. Y así durante tres décadas. Se volvió de nuevo al frente. Y se sintió satisfecha con la imagen de su cuerpo que le devolvía el espejo: piernas musculadas, nalgas prietas, estómago plano, pechos pequeños y firmes, brazos estilizados, cuello sin arrugas…

Al llegar al rostro se detuvo. El rictus de su boca había cambiado. Era tan sutil el cambio que para cualquier persona, por mucho que la conociera, pasaría desapercibido. Pero ella se conocía muy bien, y sabía que aquellos labios, que siempre lucían un semblante alegre habían cambiado. Se acordó entonces de aquella ocasión en la que rodó un cortometraje con un amigo y tenía que hacer el papel de una mujer muy mal encarada. En los ensayos, por más que se proponía enfadarse, aquello no acababa de salir bien, puesto que, como decía su amigo, “tu boca tiene siempre un gesto de alegría, y el personaje tiene que estar muy enfadado”. Al final todo salió estupendamente a pesar de ella, puesto que la trama del corto transcurría durante una excursión por el bosque, y aquel día hacía tanto frío en el monte que habían elegido para la grabación, que el gesto de enfado salió solo y se mantuvo impertérrito durante las más de ocho largas horas que estuvieron rodando.

Siempre le había gustado que la consideraran una mujer de sonrisa permanente y así había sido… al menos hasta ahora. Ahora el rictus de su boca se había plegado, casi imperceptiblemente, hacia abajo. Sonrió a la mujer que estaba en el espejo, sonrió a aquella tonta meliflua que se había dejado arrebatar la alegría. Pero la sonrisa fue forzada.

Miró, después, su nariz, ni grande ni pequeña, sino todo lo contrario. Tenía un tamaño más o menos proporcionado al rostro que ahora lucía, pero cuando, años atrás, y a causa de problemas mayores, había adelgazado mucho, la nariz se adueñó de toda su cara y sin llegar a ser un Cyrano de Bergerac, sí que campaba a sus anchas por aquel rostro enjuto que entonces tenía.

Sin dejar de mirar su nariz recordó aquella época aciaga, de la que ya habían pasado más de quince años. Que había dejado atrás y que recordaba pocas veces. Le costó recuperar los casi diez kilos que había perdido. Aunque con mucho esfuerzo, lo logró.

Por Dios, le dijo Eloísa a la mujer del espejo, si entonces saliste de aquel atolladero, y aquello sí que fue gordo, ¿cómo no vas a lograr superar esta situación actual? Mírame, te digo que me mires… a los ojos. Deja ya de mirar tu cuerpo, engreída, narcisista. ¡¡Mírame a los ojos!!, repitió más alto, para que la mujer del espejo se sintiera forzada a reaccionar.

La mujer del espejo no quería mirar a los ojos, pues ahí estaba concentrado y casi solidificado todo el dolor de aquellos meses. Sí, definitivamente, sus ojos sí habían cambiado, y este cambio no era en absoluto tenue. Era un cambio brutal, determinante. La luz de sus ojos se había extinguido, el brillo de meses atrás no existía, su mirada estaba fría, oscura, triste.

Tan triste que por mucho que sonriera no se iluminaba. Allí estaba la verdad, pensó Eloísa. En aquellos ojos, color pardo, que con la felicidad se volvían más verdosos y con la pena se oscurecían con tonos marrones. Ahora parecían negros.

Hacía tres o cuatro días se había encontrado con su vecina en la calle, una anciana encantadora que vivía puerta con puerta, y ésta le había dicho cuán guapa la veía. Eloísa, siempre puntillosa con la verdad, había ratificado esa afirmación asegurando, de una forma ambigua, que no estaba en su mejor momento. “Lo sé, le replicó su vecina, tú siempre has sido una persona alegre y ahora yo noto que te pasa algo”. Eloísa esbozó una mustia sonrisa antes de concluir que todo pasaría, pues todo se soluciona con el tiempo.

Las personas que te conocen, volvió a hablarle a la mujer del espejo, saben que estas triste, aunque no te pregunten, porque saben que sí tú quieres hablar, ya lo harás, y que si no lo haces, tus buenas razones tendrás. Pero hasta los desconocidos, que ya ni se acercan a ti, saben que estás triste. Un triste tigre en un trigal…

No quería seguir mirando a aquella mujer atribulada que parecía que le suplicaba, al otro lado del espejo, que la sacara de allí, que la salvara de sí misma. Eloísa dio la espalda, con toda la intención, a aquella imagen en la que, hacía semanas, no se reconocía. Le dijo que ya estaba bien, que la tenía harta, cansada, aburrida…

Era sábado, ya había salido a correr y ahora se vestiría, bajaría a la calle y se compraría algo que le apeteciese mucho (la lista era corta, iba desde algún libro pendiente a… algún libro pendiente, muy corta). Luego, a la hora del vermú, se tomaría un ídem en la vermutería que había cerca de su casa, y en la tarde quedaría con su amiga para ir al cine, o al teatro, o a dar un paseo… Y tal vez en la noche iría a tomarse unas cuantas cervezas al pub de moda de la ciudad (casualmente al lado de su casa), después de mucho tiempo sin acercarse por allí, donde el ligue lo había tenido siempre asegurado, al menos hasta que su vida, por mor de los amores tristes, cambió.

¡Sí! -se dijo a sí misma mientras del guardarropa escogía los vaqueros más ajustados; del cajón, la camiseta más escotada; y del armario de los zapatos, las sandalias con más tacón-, desde hoy se acabaron las lamentaciones, se acabaron las tonterías. Y de repente se sintió fuerte, en paz consigo misma, casi feliz, podría aventurarse.

Cuando hubo acabado de vestirse y de pintarse los ojos y los labios, volvió a mirarse al espejo. Esto es otra cosa, dijo mientras validaba su aspecto.

Estaba eligiendo las pulseras que se pondría y los anillos que las acompañarían, cuando llamaron a la puerta de la casa. Se sorprendió, pero pensó que podría ser su vecina.

Abrió la puerta y, en aquel momento, sus ojos volvieron a brillar.

Imagen: Accord réciproque, de Vassily Kandinsky.

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