Aquel desconocido

Cuando el avión aterrizó a primera hora en el aeropuerto Norte de Tenerife, la cabeza le estallaba de dolor. Sentía como las sienes le palpitaban,  como si fueran a reventar. No había comido nada desde la noche anterior, y se sentía débil, pero, como siempre le pasaba cuando estaba estresada, triste o feliz, desaparecía la sensación de hambre y no podía probar bocado.

Ahora no sabía si aquella sensación que tenía era de estrés, tristeza o felicidad, o quizás de las tres cosas al mismo tiempo. En casa dejó la maleta en el salón y se fue a la cama, después de tomar dos pastillas para el dolor de cabeza. Quería dormir y no pensar.

Pero no podía conciliar el sueño, y eso que tampoco había podido dormir. No quería recordar, pero tuvo que hacerlo, pues las imágenes se sucedían sin solución de continuidad en su cabeza,  revueltas, extrañas, como si fuera el argumento de una película que no tenía que ver con ella. Pero aquello tenía que ver mucho con ella, demasiado para intentar fingir que nada había pasado.

¿Cómo había empezado todo? A primera hora de la tarde había cogido aquel tren, desde León a Madrid, con la única pretensión de llegar a tiempo para poder ver la exposición sobre Pessoa que estaba en el museo Reina Sofía.

-Buenas tardes –saludó Lucía al hombre que ocupaba el asiento al lado de ella. Disimuladamente, comprobó que el asiento de ventanilla era el que le correspondía a él, pues estaba dispuesta a levantarle si así no hubiera sido.

No sabía qué había visto en aquel hombre, cincuenta y tantos, con el pelo canoso, ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado, de facciones comunes, aunque, ahora que lo pensaba, pudo haber sido un sutil brillo en su mirada, la mirada de las personas que, sin saberlo, buscan algo. Pero estas impresiones se grabaron en su subconsciente, mientras su consciente se ponía a hablar.

Lucía pensó que si él le respondía con monosílabos, dejaba la conversación y se metía en su recién estrenado libro. Pero cuando ella siguió hablando vio, y de esto si fue consciente, que la mirada de él brillaba aún más. Bien, le gusta mi conversación, le gusto yo, se dijo a sí misma.

La conversación se inició por temas generales, comunes, baladíes, pero (aún se pregunta en qué momento aquello cambió) de pronto empezaron a hablar de temas personales. De parejas y desparejas, de amores y desamores… Ella tenía el tema muy fresco, pues acababa de publicar su primera novela, No te mentiré, en la que, precisamente, una mujer soltera se enamoraba de un hombre casado y aquella relación acababa en fracaso y dolor. Cuando habló de su libro (¡qué manía!, Lucía siempre hablando de su libro) y le explicó el argumento, notó cómo el interés de aquel hombre (no podemos delatar su nombre verdadero, pero le llamaremos Juan, Juan Sin Nombre); bien, como decía, Lucía notó como la atención de Juan se agudizaba aún más al escuchar el argumento del libro. Y entonces, Juan, un hombre de reflejos rápidos y mente clara, hizo la pregunta del millón:

-Tu novela, ¿está basada en hechos reales?

Lucía carraspeó, miró a través de la ventanilla del tren y, sin darse cuenta, respondió:

-Básicamente, sí.

Se había delatado ante un extraño, un desconocido, un hombre sin antecedentes personales para ella, un hombre que tal vez nunca más volviera a ver. Claro que, pensó, mejor revelar los secretos más profundos ante un desconocido, total ¿qué puede importar lo que piense si nunca más sabré de él?

Y como impulsada por una fuerza desconocida empezó a contarle su historia, su triste historia de amor con aquel hombre casado que unas veces la agasajaba y otras la ignoraba; que le había mentido impunemente, le dijo a Juan. De aquel pobre desgraciado emocional que la había utilizado para depurar sus frustraciones emocionales, sus carencias sentimentales.

-Creo que lo hizo inconscientemente -le dijo a Juan-, pero me ha utilizado, y solo ahora, después del tiempo, de amor y de desamor, me doy cuenta.

-A mí ese tío –dijo Juan- ya me cae mal. No lo conozco de nada, pero si te hizo eso es un huevón.

Lucía rió con ganas, hacía  tiempo que no escuchaba ese insulto, tan claro, tan ilustrativo. Y confirmó lo que Juan, que ya parecía ser un amigo íntimo de toda la vida, le decía.

Entonces él le preguntó qué iba a hacer en Madrid.

-Nada en especial, ir a una exposición al Reina Sofía.

Constataron que ambos se quedarían en una zona de Madrid muy cerca uno de la otra, a solo dos paradas de metro.

-Cuando salgas de la exposición, si te apetece, tomamos una cerveza.

Sí, claro que le apetecía. No sabía por qué, pero aquel hombre le “apetecía” cada vez más, no solo a nivel intelectual, sino sexual. Su libido estaba jugueteando en la parte baja de su estómago, y eso era una señal que no podía ignorar.

A la salida del museo, le llamó y quedó con él cerca de Atocha.

-Llego en quince minutos –le dijo.

Mientras Lucía esperaba a Juan, relamiéndose internamente imaginando una noche de sexo excitante, le entró un mensaje de aquel hombre, del “huevón”. Su sorpresa fue mayúscula cuando le dijo que estaba en Madrid. Que si quería que se vieran esa noche un rato, “no más de una hora, que es todo lo que tengo”, le dijo. Siempre escatimando el tiempo, siempre poniendo condiciones, sus condiciones.

Se suponía que estaba fuera de la ciudad. Lucía miró el mensaje y no supo qué contestar. Estaba esperando a Juan, y ahora el hombre casado que en las últimas semanas la había casi ignorado daba señales de vida, y tenía ganas de sexo, rápido, furtivo y sin preámbulos.

Aún no le había contestado, cuando Juan apareció a su lado.

-Hola –ella se asustó, pues no lo había visto venir, de hecho desde hacía unos minutos no veía nada de lo que había a su alrededor.

-Ah, hola- respondió.

-¿Qué te pasa? –Era evidente su cara de desconcierto.

Lucía le mostró el mensaje del hombre casado.

-Ah, bueno –se notaba la decepción en la voz de Juan. Ella supo que él también había imaginado una noche de sexo- Bueno, si tienes que irte, no te preocupes. Lo entiendo.

¡Qué educado!, pensó Lucía. Porque eso no lo entendía ni ella.

Le contó que no sabía qué hacer. Que en los últimos meses sentía que el hombre casado (vamos a llamarle Sebastián) jugaba al gato  y al ratón. De pronto era un hombre dispuesto a cruzar la mitad del país para encontrarse con ella, como pasaban días y días sin saber de él y cuando la llamaba lo hacía con rapidez, siempre con el tiempo justo para quedar bien, pero no profundizar en la conversación. Como un polvo mal echado, le dijo. Y ella al otro lado, sufriendo en silencio.

-¿Quieres darle una buena lección? –le preguntó Juan.

-Lo que quiero es que desaparezca de mi vida de una vez por todas.

-Bien. Quedemos los dos con él. Cuando vea que estás con otro hombre a lo mejor se da cuenta de lo que puede perder.

-¡Genial! –en aquel momento aquella idea le pareció estupenda, incluso divertida, pero entonces no podía saber las consecuencias de aquel acto impulsado por su atracción a los juegos. Aquel era un juego peligroso, pero ella no fue consciente.

Sebastián apareció al cabo de una hora. Y cuál no sería su sorpresa cuando vio a Lucía acompañada de otro hombre. Ella hizo las presentaciones de rigor, y los dos hombres se midieron con la mirada, como dos machos cabríos a punto de entrar a la batalla. A Lucía aquello le parecía, al menos en aquel momento, excitante. Ella los comparó, y comprobó que de haber “pelea” de machos por una hembra, quien tenía más posibilidades era Juan. El pobre Sebastián se había ido consumiendo con los meses: su espalda encorvada, sus hombros caídos, su tez grisácea y sus ojos tristes. Definitivamente, apenas quedaba nada del hombre viril y seguro de sí mismo que ella había conocido hacía casi dos años y que la había enamorado locamente.

Como eran muy educados, decidieron hacer de tripas corazón e irse los tres a cenar. La cena transcurrió entre comentarios rutinarios y nimiedades. Sebastián no imaginaba lo que podía saber Juan; y éste desconocía parte de la historia. Solo Lucía tenía una perspectiva completa de aquel  cuadro en clarooscuros que allí se representaba.

Aunque todo transcurría con una aparente normalidad, la tensión que allí había se hubiera podido cortar con un cuchillo. Esa tensión provocó que pidieran una segunda botella de vino, y luego otra más. El alcohol estaba haciendo estragos en los tres, pero especialmente en Lucía, quien casi nunca bebía vino, pues sabía del efecto pernicioso que le provocaba.

Por eso, a partir de la segunda botella todo en su cabeza se confunde, ahora que intenta recordarlo. Recuerda que salieron del restaurante, y que en un momento determinado, Sebastián se encaró con Juan a causa de ella. No recuerda que le dijo exactamente, pero si sabe que, por fin, los machos entrechocaban sus cuernos de virilidad.

No sabía cómo decidieron dirigirse hacia el Retiro, y cuando quisieron enterarse estaban en el parque, a la altura del Ángel Caído. Y allí, en mitad de una de las anchas calles que atraviesan el Retiro, Sebastián –eso si lo recuerda con nitidez- golpeó a Juan en el pecho, para que se fuera, mientras le gritaba que ni se imaginase que iba a acostarse con Lucía ni esa ni ninguna noche.

Juan le devolvió el empujón, pero con más fuerza de la que pretendía. Sebastián, debilitado físicamente y por el alcohol, trastabilló hacia atrás hasta que calló de espaldas. Se había golpeado contra el borde de la acera. Y sus ojos tristes quedaron abiertos, como escrutando el negro cielo de la noche.

Allí, tumbada en la cama, Lucía ahora lloraba sin poder contenerse. ¿Cómo había ocurrido aquello? ¿Por qué? ¿En qué momento su deseo se hizo realidad, cuando quiso que aquel triste hombre desapareciera para siempre?

Juan y Lucía intentaron reanimarlo, pero supieron que estaba muerto. Un fino hilo de sangre salía de la comisura de sus labios. Le cerraron los ojos. Y sin decir palabra, se agarraron de las manos y se dirigieron a la salida más cercana del Retiro. Siguieron en silencio incluso cuando ella abrió la puerta de la habitación del hotel en el que se quedaba, cerca del Retiro, como hacía siempre para poder salir a correr por las mañanas.

Se desnudaron, y con una furia desconocida para Lucía, hicieron el amor hasta quedar extenuados: una, dos, tres, cuatro veces…Ya no quedaban restos de los efectos del alcohol, solo el cansancio, la pesadumbre, la tristeza… Mañana pensaré en esto, se dijo a sí misma Lucía, mientras se agarraba desesperadamente al cuerpo de Juan. Él la abrazaba también con fuerza, con determinación. Y, de vez en cuando, le daba besos en la cabeza.

Al llegar la mañana, se ducharon, se vistieron. Él cogió la dirección del trabajo. Ella, un taxi para el aeropuerto. Ninguno de los dos habló de volver a verse, ni tan siquiera de llamarse. Lo mejor era salir de la vida de ambos, olvidar lo que había pasado y rezar para que nadie les relacionase nunca a los tres. A fin de cuentas, ellos acababan de conocerse, y la relación de Lucía con Sebastián era un secreto, como todas las relaciones de amantes adulteros. A sus amigos más cercanos, que si sabían algo, ella les diría que había cortado definitivamente con él y como tenía por costumbre no dar señales de vida, a nadie le extrañaría que no volviera a llamarla. Y Sebastián, no había hablado de aquella relación con nadie.

Ahora, después de ser consciente de todo lo que había ocurrido, le entraron ganas de vomitar, pero solo tenía bilis para echar. Sintió un fuerte dolor de estómago, al forzarlo para botar lo que no tenía. Se quedó sentada en el baño, apoyada contra la mampara de la ducha, y lloró con rabia y con dolor, como jamás lo había hecho.

Se levantó como pudo, se duchó, fue a la cocina y se preparó un té rojo. Mientras lo tomaba, le entró un wasap de un número desconocido y sin imagen:

-No creas que va a ser tan fácil que te libres de mí- rezaba aquel mensaje.

Para mi amigo del tren.

Santa Cruz de Tenerife, 9 de abril, 2018

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