Felicidad versus neurosis

Dice Sándor Márai en su libro Confesiones de un burgués (altamente recomendable) que “Una persona “feliz” nunca desarrollará un trabajo creativo; una persona feliz es simplemente eso: una persona feliz”. Estoy totalmente de acuerdo con él.

Siguiendo con las palabras de Márai, este habla de las obsesiones que arrebatan el alma (esta palabra es mía) de las personas creativas, de los artistas en todas sus facetas. Lo que otros llaman vocación, Márai lo simplifica como obsesión.

En esta misma línea, leyendo una recopilación de ensayos de Iris Murdoch, en el libro La salvación por las palabras (regalo de un amigo que piensa que tengo una capacidad intelectual de la que yo dudo muchas veces, pero aun así, gracias por el regalo), la escritora inglesa viene a decir (entre frases que son de alto voltaje intelectual y que cuesta reproducir textualmente) que Platón y Freud pensaban que todos los artistas en realidad eran unos neuróticos, y cómo tales utilizan determinados canales de expresión para dar salida, con más o menos acierto, a dicha neurosis.

Bueno, personalmente estoy de acuerdo con ambos autores, muy distintos y muy distantes en el tiempo y en el origen. El primero escribió sus “confesiones” en 1923, y es húngaro. La segunda, procedencia ya indicada, escribió estos ensayos en la década de los setenta del pasado siglo. Si bien son de la misma centuria, la realidad que vivieron uno y otra es, desde mi humilde punto de vista, muy distinta.

Pero tal vez esté equivocada. Pues ni soy una gran escritora ni una gran pensadora, como mis “amigos” escritores de referencia, a los cuales “amo” como lectora a partes iguales. Pero sí puedo decir, sin temor a caer en la petulancia, que soy una gran lectora. Y la lectura me lleva a pensar, sobre todo, a pensar que no soy una gran escritora, aunque lo intente.

Un libro de relatos cortos (La verdad que te descuento, que pasó sin pena ni gloria) y una novela más reciente (No te mentiré, que ha tenido algo más de repercusión en número de lectores y que ahora contará con una película homónima) y muchos diarios y pensamientos escritos a golpe de emoción, es todo mi currículo como escritora. Y ahora, la nada (o Nada, de Carmen Laforet, otro libro de gran octanaje), ahora, feliz como una perdiz, el horror vacui al que tanto miedo tienen los creadores/neuróticos.

Es verdad que la felicidad nos despoja de la neurosis necesaria que necesita el escritor (en particular, y el artista, en general) para hacer algo digno de leer, aunque sea básicamente por amigos y/o familia. Y pongo el y/o porque a veces la familia, de tanto que nos conoce, tampoco nos lee.

Reconozco que yo soy una neurótica al más puro estilo del siglo XVIII,  la época del Romanticismo (del que también habla Murdoch en sus ensayos), un movimiento que se crea como reacción a la Ilustración (la razón) y que da prioridad a los sentimientos (la neurosis): o se moría por amor o vivíamos la aburrida vida del burgués (en el mejor de los casos) o del proletario (que entonces consistía en la supervivencia pura y dura).

Mi vida se mueve a golpe de pálpito emocional. Ahí donde hay una emoción yo tengo una palabra (más o menos acertada) que decir. Pero a veces las personas entramos en esos estados de transición (¡¡espero que sea una transición!!) en los que parece que no pasa nada emocionante. Estamos en nuestro día a día: trabajo, familia, amigos, actividades variadas, pero rutinarias, etc., y ahí nos quedamos como amebas, sin pensar ni sentir. Bueno, esto no es así de radical para la mayor parte de las personas (creo), solo lo es para mí, que necesito un revulsivo emocional que me lleve hasta el fondo del abismo, del que querré salir a golpe de tecla de ordenador y de palabra tras palabra.

No, definitivamente la felicidad no es buena para el creador, o no es tan buena, por no ponernos extremistas. Y desde luego, no es buena para el desarrollo de mi siguiente novela, que está todavía incipiente, con cien ideas que me rondan la cabeza, pero ninguna con el toque de locura suficiente para que me sienta impulsada a desarrollar una historia que, si bien, puede no gustar a los demás, al menos a mí me deje con la sensación de que he escrito lo que sentía.

Otra cosa muy distinta es escribir lo que quisiera, pues yo quisiera ser como los grandes escritores de la literatura de todos los tiempos, pero tal vez me falta un mayor grado de neurosis, de infelicidad, de locura…o simplemente me falta capacidad.

Santa Cruz de Tenerife, 29 de septiembre, 2018

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