El viaje de los diletantes

A mi querido Jose, siempre ahí

A veces me siento agotado, casi treinta años vagando por el mundo de los hombres, de estos seres llenos de miedos, temores y manías, algunos educados, muchos malencarados, y unos pocos amables y generosos. Pero todos ellos veleidosos y volubles.

Sí, desde que saliera de mi lugar de origen, del que ya apenas recuerdo nada, he conocido de todo. En aquel momento fui a dar a casa de una joven llena de inquietudes y sueños sin cumplir. Con ella pasé una corta temporada, la suficiente como para saber que, sin duda, las personas están hechas de una pasta diferente, rezuman de caprichos incomprensibles y, la mayor parte de las ocasiones, irrealizables. Ellos, los hombres, me han hecho lo que soy, pero sigo sin entenderlos.

Yo estoy hecho de una sola verdad, con muchos recovecos e intrigas, pero con un principio y un fin. En cambio los hombres son inagotables, y no pocas veces unos estultos, con aires de superioridad creen ser poseedores de la verdad absoluta, cuando lo cierto es que existen muchas verdades, millones de verdades diseminadas por el mundo. En estos años he comprendido que cada uno contenemos una verdad, pero solo es una parte, una millonésima parte de la verdad completa.

Pero volviendo a lo que estaba (sin darme cuenta me lleno de palabras),  aquella joven un día viajó fuera de su país, dejó atrás vidas presentes para explorar experiencias nuevas. Dejó también sus pertenencias, que pasaron a manos ajenas. Cambié de casa, de amigos, de conocidos… Al principio me costó acostumbrarme a aquellas otras personas, tan distintas y tan distantes.

Era una joven pareja que acaba de casarse, me acogieron en su casa con cierta displicencia, sin prestarme mayor atención. Pero yo, desde mi privilegiada y anónima atalaya, los observaba: reían, lloraban, discutían y se amaban. Un día llegó un bebé y entonces comprendí que los seres humanos crecen, se reproducen, se vuelven, muchas veces, necios y luego se mueren. Yo ya sabía, por mi propia historia, de aquel deambular por la vida, pero ahora lo veía, lo oía y también lo olía… Porque los humanos sobre todo huelen. Huelen a muchas cosas, cuando son niños huelen a pis, cacas y vómitos. Aunque digan que los bebes huelen bien, yo certifico que no es cierto. Cuando crecen huelen a sudor y a perfumes más o menos acertados; y cuando son viejos…, bueno, cuando son viejos huelen a toda una vida acumulada.

Aunque, para ser sinceros, yo también he ido trocando de olor. Llegué a oler a nuevo, a recién hecho, como un pan acabado de hornear, pero ahora huelo a viejo. Más concretamente huelo a segunda mano o a tercera o a cuarta…

Cuando la joven pareja decidió que también quería descubrir nuevos horizontes, yo inicié mi largo periplo hacia la incertidumbre. Pasaba de una mano a otra sin que nadie me quisiera mínimamente, ni una ojeada tenían para mí aquellas personas desconocidas. Un día amanecía en un piso del centro de la ciudad, otro estaba apalancado en mitad del campo, con aquellas humedades y fríos nocturnos. Nada bueno para mi bienestar y una forma rápida de envejecer. Y si de joven no te quieren, de viejo menos todavía.

Igual estaba en manos de un joven guitarrista, que de pronto una señora que quería hacerse la interesante me recogía con frialdad. Fueron momentos duros para mí, hasta que hace unos pocos años acabé en el negocio de Alejandro. Él me acogió como acogía a todos quienes, como yo, llegábamos, perdidos y sin dueño, a su casa. No se había fijado mucho en mí, pero al menos estaba en un lugar apacible y caliente, y en compañía de mis congéneres, con quienes intercambiaba impresiones e historias. Yo les contaba la mía, la que me había hecho ser quien era, y ellos la suya. Todas las historias son interesantes, cada una tiene algo de hermoso por el solo hecho de que alguien la haya contado y otro alguien la haya encontrado.

Y en esas estaba hasta que a primeros junio, un asfixiante día de primavera en los que me siento un poco incómodo, pues con el exceso de calor tengo la sensación de sudar tinta, cambió todo. Como digo, aquel día, hace poco de ello, yo estaba tranquilamente descansando en uno de los sitios más recónditos y frescos del local, soñando con la historia de amor que mi compañero de al lado me acababa de contar: la de una hermosa mujer que después de vagar por el mundo de hombre en hombre, había encontrado por fin el verdadero amor, y entonces enfermaba gravemente y moría en brazos de su amado.

¡Ayyy!, suspiraba con aquel hermoso y triste relato cuando un hombre puso sus manos sobre mí. Pensé que tal vez había suspirado demasiado alto y que había llamado, sin querer, su atención. Sus manos eran suaves, me cogió con delicadeza, con el cariño y la parsimonia que ponen las personas que cuidan lo que aman, y empezó a hojearme. Miró mi portada, mi contraportada, leyó entre mis páginas… y de pronto se quedó paralizado, como si un rayo lo hubiese fulminado.

Yo no entendía qué pasaba, pensé que tal vez le había decepcionado en aquel primer encuentro. Me había abierto por la primera página, en la que se escribe la dedicatoria, que en este caso reza: “Para Olia”; y miraba y miraba. Pero su mirada no estaba fija en la dedicatoria, sino unos centímetros más arriba: en el lugar en el que aquella joven, hacía 28 años, había dejado su firma.

Aquel hombre miraba aquella rúbrica epatado, y entonces yo también la recordé, y sentí una pequeña punzada de dolor y de placer al mismo tiempo: un día había pertenecido de verdad a alguien; no siempre había sido el ser errante y perdido que era desde hacía tantos años. ¡Una persona me había elegido a mí entre muchos!

¡Estaba deseando que volvieran a quererme!, y aquel hombre me gustaba, sus manos me agarraban con firmeza y con ternura al mismo tiempo.

Unos minutos después, con la tez aún lívida, aquel hombre le dijo a Alejandro que quería quedarse conmigo, que había reconocido la firma, de hecho, oí que le decía, ¡era la firma de una amiga suya! Y me llevó a su casa.

Ahora espero con ansiedad el momento en que pueda encontrarme de nuevo con la mujer que un día hizo de mí lo que verdaderamente soy: un libro, pues los libros no existimos como tal hasta que alguien nos lee por primera vez.

Santa Cruz de Tenerife, 4 de junio, 2019

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