Cuaderno de bitácora del confinamiento (primer día de asueto)

2 de mayo, 2020

Duchadita, fresquita y desayunadita. Así estoy ahora que retomo la grata tarea de escribir este diario, que ya va para largo. Por supuesto que estoy contenta: doce kilómetros en una hora (mi mejor marca preconfinamiento la tenía en 56 minutos, pero todo volverá). He podido volver a correr por las calles de Santa Cruz, respirar el aire libre; tomar la velocidad que quisiera, sin  temor a darme de bruces contra una pared; sentir el sol de la mañana…

Todo parece tan hermoso, después de cincuenta días de encierro. Pero no, mis queridos amigos, la carrera no fue tan maravillosa como yo me las prometía. La ciudad ha sido invadida por hordas humanas, personas que jamás se han puesto unas zapatillas (es más, me crucé con un hombre, muy ufano él, que iba con mocasines, camisa azul a rayas y pantalón blanco; señor, ¡disimule usted un poquito!) y que hoy han tomado las calles como si de una fiesta de carnaval de día se tratara y la temática fuera El Paseo.

Yo lo entiendo, que conste. Pero como rezaba una obra de teatro de la que mi amigo Patrick me habló hace años, “entiéndeme tú a mí”.  Me explico: me dirijo corriendo hacia el espigón del puerto, lugar solitario donde los haya y por donde corro hace más de diez años, y no hay forma de adelantar a los caminantes. De hecho, la policía del puerto nos impide llegar al rompeolas: es lógico, toda esa marabunta hunde la escollera.

Entonces cambio el rumbo de mi trayectoria, me meto por la parte interior del puerto, sin cruzarme con alma humana alguna, y así, llego al auditorio, donde el recorrido me obliga a volver a “salir a la superficie”. Una vez más, caminantes y caminantes, de uno en uno, de dos en dos, de tres en tres, atestan las aceras. Me dirijo al Palmetum (con la esperanza de no encontrar demasiada gente, pero ahí es peor todavía), y a la altura de las piscinas de César Manrique, oigo: “¡¡¡Doris, Doris, Doris!!!”, al mirar reconozco detrás de una mascarilla a mi amigo Roberto, al que llevaba años sin ver. Si todos estamos en las calles a las mismas horas, es normal que nos crucemos.

A la vuelta del Palmetum, después de rumiar algún que otro denuesto por no poder disfrutar de la carrera como yo hubiera querido, cojo de nuevo por la parte baja del puerto, hasta que, ya finalizando, otro policía del puerto me dice que no se puede ir por allí. ¡Vaya por Dios!, yo que creía haber encontrado un corredor seguro.

Para entonces, esquivando a unos y a otros y tomando toda la distancia que era posible en tal situación, ya había completado mis doce kilómetros, con una marca personal más que aceptable, y allí, a pie del embarcadero, mirando al mar y dejando que el sol bañe mi cuerpo, me siento feliz de nuevo.

Y en ese estado de euforia, pienso: “A todos estos los quiero yo ver el sábado que viene; o aún mejor, el lunes a las siete de la mañana”.

Sonrío maliciosamente para mis adentros y acabo de hacer mis ejercicios de estiramiento.

Abrazos

Foto: camino que rodea el Palmetum, como estaba antes de la desescalada.

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