Cuaderno de bitácora (jueves, 2025)

21 de mayo, 2025

Gloria se dirigió con desgana al armario. Tendría que pensar qué ponerse: algo adecuado para la ocasión, ni demasiado excesivo, como si fuera a una recepción diplomática; ni demasiado informal, como si pareciera que iba a tirar la basura. ¡Ufff!, cómo le aburría aquel pequeño, aunque para ella ingente, protocolo. Observó sin mucho interés su archiconocido ropero. No, no era precisamente la más consumista de ropa del mundo, pero a esas alturas ya no lo eran muchas personas. La pandemia había dejado una  desoladora crisis económica y social de la que la población aún no se había recuperado, y, lo que era peor, había abierto una brecha política del tamaño de la falla de California que no favorecía la tan necesaria reparación del país.

A pesar de todo, ella era de las afortunadas. Se había convertido, casi por casualidad, en una escritora con un cierto éxito, no es que deslumbrara en las portadas de los periódicos digitales como un faro en mitad de la noche, pero sus libros se vendían bien y le daban para vivir. Amén de que seguía trabajando con algunos de los viejos y fieles clientes, personas que estuvieron a su lado en plena crisis sanitaria y cuya razón laboral estaba más sustentada en la amistad que en el intercambio profesional.

Descartó sus queridos vaqueros, muy ajustados todos, pues no era cuestión de insinuar más de la cuenta. Finalmente, eligió un vestido de colores azul (recordaba que era su color favorito) y blanco, que le llegaba por encima de la rodilla. Hacía juego con la montura de sus nuevas gafas azul lapislázuli (que justo había ido a recoger el día anterior a la óptica y con las que estaba aún familiarizándose). Se puso unas sandalias marrones, a juego con el bolso. Para no querer ser una “señorita” se esforzaba mucho por parecerlo.

Se pintó los ojos, y dejó, una vez más, los labios sin marcar, pues esa parte de la cara iba cubierta por la mascarilla, que para la ocasión escogió una de tonos azules. Las mascarillas se habían convertido en un complemento más del ajuar de las mujeres y las había de todos los colores, para todos los gustos y de diversos precios.

Eran las diez de la mañana cuando bajó a la calle. Miró arriba y abajo hasta que lo vio fumando en una esquina del edificio de enfrente.

  • Hola, Alfredo –comprobó que se alegraba de verlo.

Estaba más delgado, o al menos se lo pareció a ella cuando le miró a la cara huérfana de mascarilla mientras daba cuenta del cigarro.

  • Hola, ¿qué tal estás? –preguntó un poco cohibido- Se te ve muy bien –una frase hecha donde las haya.
  • ¿Damos un paseo? –sugirió Gloria, pues sentarse en una terraza se había convertido en un acto casi de desacato. Se seguía haciendo, pero eran pocos los locales que habían sobrevivido a la crisis pospandemia y difícil encontrar sitio.

El cielo estaba despejado, lo que auguraba una buena temperatura a medida que transcurriera la mañana.

  • ¿Qué haces aquí? –preguntó ella tras los preliminares.
  • Necesito que me ayudes en un tema un poco delicado.

Ella le miró interrogativamente, sin decir nada.

  • Se trata de mi hijo, Juan. Llevo semanas sin saber nada de él.

Gloria recordó que su hijo mayor vivía en la isla desde hacía años, motivo que había llevado a que ellos se conocieran en la época, creía recordar, de la primera desescalada. En cuanto pudo viajar, él había venido a verlo y se había quedado varias semanas.

Fue un día como aquel, en fechas similares, que habían coincido desayunando en una de las pocas terrazas que estaban abiertas en la plaza San Francisco. Sentados en sendas mesas, uno enfrente del otro y separados por dos metros, habían entablado conversación (seguramente empezara Gloria, pero ese nimio detalle ahora poco importaba). Entonces las medidas de protección y control eran más laxas, el Estado todavía daba palos de ciego con normas y decretos que cambiaban de una semana para otra.

Gloria volvió al presente y se dispuso a escuchar lo que Alfredo tenía que contarle.

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