Cuaderno de bitácora (viernes, 2025)

22 de mayo, 2025

Gloria y Alfredo caminaron en dirección al paseo marítimo, donde se veían algunas personas transitando, unas de paseo, otras parecían dirigirse a sus trabajos u obligaciones personales.

Alfredo le contó que hacía casi un mes de la última vez que había hablado con Juan y desde entonces nada: su móvil estaba siempre apagado. Parecía estar bien. Juan había trabajado como informático en una multinacional que tenía su sede en las islas (por eso de las exenciones fiscales), pero se había quedado en el paro (primero le llamaron ERTE y luego “a la calle sin contemplación”) tras el primer confinamiento. Luego, había hecho algunos trabajos por su cuenta, para salir al paso, pero, por lo que le había contado, hacía unos meses que no tenía nada. En aquel tiempo había vuelto a vivir con la madre, de la que Alfredo llevaba más de diez años separado, y que era isleña.

  • ¿Y ya has hablado con la madre? –la pregunta era de cajón.
  • Sí, antes de venir, pero ya sabes cómo es… -dejó la frase sin terminar, estaba sobreentendida-. Me dijo que hacía más de dos meses que había decidido irse de la casa, porque, por lo visto, no se llevaba bien con su actual nueva pareja. No se entendían y discutían continuamente.
  • Y ¿ella no sabe dónde está ahora?
  • Me dijo que no, que Juan se había ido de la casa muy enfadado, que le había dicho que no quería saber nada de ella y que por eso no se había molestado en llamarle. Ya sabes cómo es…- repitió desolado.

Los dos quedaron en silencio. Habían llegado a la altura del muelle y decidieron dar la vuelta.

  • Quisiera pasar por el piso en el que estaba antes. Ya sabes, el que compartía con un amigo, a ver si él sigue allí y sabe algo. Me gustaría que me acompañaras.
  • De acuerdo, no tengo problema.

A Gloria le gustaban los misterios, y más aún desentrañarlos, pero deseaba que aquel misterio no tuviera consecuencias irreparables.

  • Pero primero, si te parece, te invito a comer. ¿Dónde quieres ir?

“A mi casa”, pensó Gloria, pues se habían despertado los viejos recuerdos de la relación, pero Alfredo estaba en medio de una crisis familiar harto preocupante y no le pareció oportuno hacer ni la más vaga insinuación.

  • Dónde tú quieras. Conoces la ciudad, elige tú -respondió.
  • ¿Te parece que vayamos al restaurante de pescado que hay en San Andrés? Donde íbamos con frecuencia.

¡Vaya por Dios!, Gloria estaba haciendose componendas para no traer el pasado al presente, y, de repente, él le salía con estas. Eso sí que era provocar: “Y después a mi casa”, volvió a pensar.

  • Vale –respondió-. Y me cuentas en qué crees que puedo ayudarte.
  • Sí, por supuesto. Pero primero me gustaría que habláramos un poco de ti y de cómo te ha ido en todo este tiempo.
  • Bueno, no hay mucho que contar.

En realidad, no era cierto, pero Gloria no quería desentrañar demasiado su vida, siempre había sido reservada con él en determinadas cuestiones y no era momento de levantar el veto.

  • Tengo que recoger un coche que he alquilado y nos vamos.

El lugar estaba cerca de donde se encontraban. Alfredo pagó el coche eléctrico que le habían asignado, con la batería cargada para unas cuantas horas de autonomía; pagó con el móvil y se subieron el vehículo, un Tesla de baja gamma, pero práctico para la ciudad.

Mientras iban en el coche, ambos guardaron silencio. Tras la separación habían quedado muchas cosas por decir, muchas explicaciones que dar por parte de ambos, pero Gloria no tenía muy claro que mereciera la pena hablar de ello.

En cualquier caso, decidió dejar que él pagara la cuenta del restaurante y que guiara la conversación durante la comida.

A ver hasta dónde les llevaba.

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