Cuaderno de bitácora (domingo, 2025)

24 de mayo, 2025

Por fin estaban ya en el restaurante. Les había tocado un reservado al final del mismo. Las mesas estaban separadas por mamparas, lo que permitía mayor intimidad, muy lejos de aquellos espacios abiertos y abigarrados de antes. Habían quitado la barra en los restaurantes, lo que por un lado permitía disponer de más sitio para los comensales, y, por otra parte, evitaba que las personas estuvieran de pie, codo con codo. Aquella camaradería ya pertenecía a otros tiempos. Pidieron la comanda: una sama a medias y una ensalada, acompañado de un vino blanco del país.

  • Veo que sigues escribiendo y publicando –le dijo Alfredo.
  • Sí, si quiero ganar el Nobel de Literatura tengo que darme prisa –bromeó Gloria.
  • He leído tu último libro. Me gustó.
  • Me alegro. –Comprobó que él seguía su estela profesional.
  • Pero ya sabes que mi novela favorita sigue siendo No te mentiré.
  • Bueno, eso ya es pasado –observó Gloria con cierta melancolía.
  • Creo que ahora tu estilo está más depurado, aunque yo no entiendo mucho de eso, pero antes había más pasión en lo que escribías –se explicó Alfredo.

Sí, pensó Gloria, tal vez tuviera razón, pero ahora ya no tenía muchas pasiones de las que hablar. Echaba de menos aquellos embates de olas emocionales que chocaban contra la roca de sus sentimientos. Aquel embravecido mar emocional era, sin duda, arriesgado, pero hacía que se sintiera viva. En estos momentos sus sentimientos estaban encallados en una playa desierta, desde donde contemplaba una vida que poco tenía que ver con su pasado. Por eso su escritura se había vuelto más madura, en cierto modo, pero al mismo tiempo, menos profunda respecto a los sentimientos propios y ajenos. Se preguntaba a quién podían interesar sus digresiones personales, sus pensamientos más íntimos, propios de un tiempo en el que las relaciones humanas eran… más humanas, por redundante que pareciera.

  • Bueno, la vida ha cambiado y yo con ella –respondió de forma ambigua.
  • ¿No estás saliendo con nadie? –Alfredo vio una oportunidad, muy pillada por los pelos, para afrontar el tema que ahora le carcomía.
  • No –aquel monosílabo estaba cargado de intención.

Alfredo guardó silencio. Acababa de llegar la comida. Por fin se pudieron quitar las mascarillas.

  • ¿Y tú? –preguntó Gloria cuando el camarero se fue.
  • Bueno, ahora no. Estuve con alguien, pero no salió bien y lo dejamos hace meses.

Ese era el Alfredo que conocía. Un hombre necesitado siempre de tener una mujer a su lado. La buscaba con denuedo, pues la soledad le oprimía la garganta como la cuerda al suicida.

  • Supongo que tú también habrás salido con alguien en este tiempo –estaba empeñado en meter el dedo en las cuestiones emocionales.
  • Nada que merezca la pena mencionar.

“Literalmente”, pensó Gloria, pues los pocos escarceos que había tenido habían sido un poco nefastos, amén de que con los controles sanitarios que había para evitar el contagio de aquella pandemia que no había vacuna que acabara con ella, todo se complicaba seriamente. Ella había sido mujer de llegar y besar el santo –o el diablo, dependía- y ahora entablar una relación con alguien requería de un protocolo bastante tedioso. Había que hacer una elección muy certera, pues si no perdías un sinfín de tiempo para luego comprobar que el hombre de marras no te gustaba lo suficiente. Por eso Gloria se había vuelto paciente, a la fuerza ahorcan.

  • Por cierto, ¿cómo está Marta? –preguntó Gloria para desviar el tema, pues temía delatar sus intenciones con antelación.

Marta era la hija de Alfredo, tres años menor que Juan, que había estudiado una de aquellas carreras de nuevo cuño que tenía algo que ver con el medioambiente y cuya nomenclatura, harto complicada para las personas que venían del BUP, nunca recordaba.

  • Muy bien. Hace un par de años volvió a León conmigo. Ya no soportaba vivir en Madrid. Hizo una formación en forestales, ahora trabaja como guardabosques y está encantada.

Gloria no había conocido a Marta, pues la época que ellos estuvieron juntos, ella estudiaba en Madrid. Por supuesto, sí había conocido a Juan, aunque lo había visto solo en un par de ocasiones. La familia de Alfredo había sido para ella eso, “su familia”, y no se inmiscuía en la misma. Era parte del equipaje personal que él traía, pero nunca tuvo intención de asumir cargas ajenas, bastante tenía consigo misma.

Volvieron a guardar silencio mientras daban cuenta de la comida. Era todo un poco insólito, siempre habían sido locuaces en sus comunicaciones personales –más Gloria que Alfredo, pero también porque la vida de ella era más interesante y llena de recovecos que la de él- y ahora parecía que no tuvieran mucho que contarse. Pero ese silencio era tan falso como el simulacro sicalíptico que estaban manteniendo desde hacía horas.

  • Está haciendo mucho calor –dijo Alfredo.
  • Claro, aquí siempre. Esto no es León –apuntaló Gloria.
  • Después de comer podríamos tomar el café en tu casa, si te parece… –Alfredo sonrío y su rostro se iluminó como el niño que está a punto de recibir su regalo deseado.
  • Ya sabes que yo no tomo café, solo té –los ojos de Gloria centellearon.

La propuesta quedó certificada, había poco más que argüir.

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