Operación magenta (2025)

Junio, 2025

Gloria llegó cinco minutos antes a la cita, pero Víctor ya estaba esperándola. La cervecería se encontraba al lado de un pequeño parque cerrado al público, cerca de la iglesia de La Concepción, parroquia matriz de la ciudad, que data del siglo XVI, aunque reconstruida en el siglo XVII tras un incendio. Su arquitectura pertenece al llamado barroco canario y destaca por su elevada torre y por los balcones canarios de la fachada.

Se había sentado en una de las mesas más cercanas al parque y miraba, un tanto ensimismado, hacia la iglesia. Gloria pensó que no estaba valorando el estilo barroco canario, aunque sí podía estar verificando su estructura, a fin de cuentas era arquitecto.

  • Hola –dijo Gloria al acercarse mientras se quitaba la mascarilla.
  • Vaya, estas guapísima –los ojos de Víctor rutilaron de placer.

Gloria pidió una cerveza, esperó a que el camarero la sirviera antes de empezar a hablar.

  • Dime, ¿qué tienes para mí? -preguntó mientras apagaba el móvil, un gesto ya casi automatizado en esos días. Víctor la imitó.
  • Bueno, pregunté qué persona en mi empresa había llevado la obra del parque botánico del Palmetum, me enteré que había sido un compañero que se prejubiló hace un par de años y le llamé para que me contara cómo había sido el desarrollo del proyecto.
  • ¿Y?
  • Sabes que el actual Palmetum era un antiguo vertedero de desechos urbanos, lo cerraron en 1983 y estuvo abandonado hasta que en 1996 se decidió recuperar para la ciudad, un proyecto financiado básicamente por el Gobierno de Canarias.

Gloria sabía todo eso, pero lo que no sabía es lo que Víctor le contó a continuación, que a su vez le relató su excompañero de trabajo: cuando empezó la rehabilitación de la montaña, que tiene 120.000 metros cuadrados, el objetivo era, además de acoger especies de palmeras de todo el mundo, incluidas algunas en peligro de desaparición, alojar en su base una escuela de jardinería y diseño paisajístico y un museo etnográfico de palmeras, además de aulas, salas de reuniones y un herbario.

  • Pero en la actualidad solo está el jardín botánico y una sala de exposiciones…
  • Exacto, y ahí voy. Me contó mi amigo que en 1999 se paró el proyecto, según se dijo entonces era porque no había fondos del Gobierno para financiarlo, incluso se pensó en pararlo definitivamente. Así estuvo hasta 2006.
  • De eso me acuerdo –dijo Gloria.
  • Bien, pues por lo visto el problema no era tanto de falta de fondos como de los fondos propiamente dichos.
  • Un buen juego de palabras, pero ¿qué quieres decir?
  • Según me explico mi amigo, la obra contemplaba realizar una estructura semisubterranea de hormigón, que diera soporte a la zona visible del jardín y que sería el espacio para el museo, las aulas, etcétera. Pero al cavar bajo tierra, por decirlo de alguna manera, se encontraron con las viejas instalaciones que durante la Segunda Guerra Mundial habían servido de refugio a los alemanes.
  • Sí, lo que me contaste el otro día.
  • Se pensaba que el búnker estaría completamente destruido, como tantos otros a lo largo de la historia, entre otras razones a causa del vertedero de desechos. Pero, por lo visto, lo que se encontraron fue un enorme espacio, que ocupa casi toda la base de la montaña, protegido por unos gruesos muros de cemento laminados por dentro, con una escotilla de acceso al mar y otra de escape en la parte que conecta con la ciudad. Recuerda que allí hubo una discoteca, que justo se cerró en aquella época.
  • Sí, yo pensé que había sido porque era un antro con una acústica insufrible.
  • Por lo visto, la escotilla de escape daba a la zona de la discoteca, pero estaba tapada. Dentro aún había restos de viejos aparatos de comunicación, además de armazones de camas, armarios desvencijados y elementos de cocina, pues los soldados debían de pasar allí varios días o, incluso, semanas.
  • ¿No encontrarían la máquina Enigma de los alemanes, verdad? –bromeó Gloria, pues aquello ya era demasiado para su capacidad de entendimiento.
  • Qué imaginación tienes…

“Ya, ahora va a ser que soy yo la imaginativa”, pensó Gloria, quien no dijo nada y siguió escuchando lo que le estaba contando Víctor.

  • Bueno, pues la razón de que se pararan las obras del Palmetum fue que el Gobierno de Canarias pensó que aquel descubrimiento debía de sacarse a la luz –nunca mejor dicho-, incluso se pensó en abrirlo al público como una especie de museo de la guerra. Pero se metió por medio el Ministerio de Defensa y se hizo cargo de aquel lugar y por allí no pasó ningún botánico ni paisajista más. Ahí fue cuando a mi amigo le sacaron del proyecto.
  • Genial, pero ¿y ahora qué?
  • Bueno, ahora es cuando entramos en el mundo de las probabilidades, pues lo que cree mi excompañero es que aquel sitio se rehabilitó para uso de actividades no muy “legales” -Víctor hizo el gesto de las comillas con las manos- para Defensa y los servicios de inteligencia.
  • Pero años después volvieron con el proyecto del jardín botánico, se ha terminado, o medio terminado, y está abierto al público.
  • Qué mejor manera de mantener un lugar secreto que tenerlo bien a la vista.
  • Ya, vale. Vamos a imaginar, que ya es mucho imaginar, que debajo de esa montaña de palmeras se estén llevando a cabo actuaciones ultrasecretas del Estado, pero cómo. Yo corro por el camino que lo circunda con frecuencia y no he visto militares ni nada sospechoso nunca.
  • Sin embargo, yo he visto que siempre hay una o dos furgonetas aparcadas en la entrada de la vieja discoteca.
  • Es verdad… -Gloria se quedó pensando. Ella iba por allí a las siete o siete y media de la mañana y veía vehículos aparcados.
  • Y si es secreto, no creo que vayan con convoyes militares y blandiendo la bandera española.
  • Ufff, no puedo asimilar más ciencia ficción si no como algo –dijo Gloria.
  • Muy bien. Vamos al restaurante de aquí al lado, nunca me acuerdo como se llama, pero se come bastante bien.

Menos mal, pensó Gloria, pues aún quedaba mucha noche por delante y muchas conspiraciones y enigmas que dilucidar.

 

 

 

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