Operación magenta (2025)

Junio, 2025

Se quedaron en la terraza del restaurante, había una mesa libre y desinfectada. Una vez que hubieron hecho la comanda, Gloria volvió al tema que les ocupaba.

  • Todo esto es muy complejo para mí –le dijo a Víctor.- Me pregunto qué tiene que ver el Palmetum con la información que tenía Juan- añadió más para sí misma que para su interlocutor.
  • ¿Qué información?
  • Si te lo cuento, tendría que matarte –bromeó Gloria.- Es un montón de datos que Juan tenía en el ordenador, en un disco duro encriptado, pero prefiero no entrar en detalles. No es que no me fie de ti, es que aún no sabemos qué es realmente.
  • Vale, no te preocupes. Entonces podemos hablar de otras cosas que también me interesan –dijo Víctor acercándose sutilmente a Gloria.
  • ¿Cómo qué? –pregunta retórica. Ya se había abierto la veda.
  • Pues, por ejemplo, me interesa saber qué hay entre tú y Alfredo.

No se esperaba que fuera por aquellos derroteros. ¡Qué cantinela con el temita!, pensó.

  • ¿A qué te refieres? –tenía que fingir que no sabía de qué hablaba.
  • Ya sabes, si estáis liados…
  • En absoluto –mintió.
  • Pues díselo a él, porque creo que no se ha enterado.

Gloria le miró interrogativamente, pero no dijo nada. Víctor se explicó.

  • Me refiero al modo cómo te miraba el otro día cuando nos encontramos los tres.
  • ¿Cómo me miraba? –ahora sí que Víctor había logrado captar su interés.
  • Pues, no sé, como te miro yo cuando estoy contigo…
  • ¡Venga ya!, tú siempre me miras como un viejo rijoso…
  • ¿Un viejo quéeeee?
  • Un viejo verde.
  • Tal vez un poco. Pero no me has contestado a la pregunta.

Gloria apuró la caña y pidió otra, no tanto para pensar la respuesta, que sería la misma que había dado anteriormente, sino para crear un poco de expectación… y porque tenía sed.

  • No hay nada en especial. Simplemente, estamos buscando a su hijo.
  • Labor, por cierto, a la que te has volcado de lleno…
  • Ya sabes que soy una novelera, y me gusta desfacer entuertos.
  • ¿Y no os habéis acostado?

La confianza tenía esas cosas, pensó Gloria.

  • Perdona, pero una señora no habla de un caballero delante de otro caballero.
  • Muy buena respuesta, pero ya veo que sí. ¿Qué hubo entre vosotros?
  • Nos conocimos después del primer confinamiento –estaba claro que Víctor no se iba a conformar con evasivas- Tuvimos una relación, por llamarlo de alguna manera, que duró casi dos años. Yo estaba aquí y él en León, pero nos veíamos con la frecuencia que podíamos. Después un día él no volvió a dar señales de vida y yo tampoco. Y ya está, se acabó.
  • Pero ¿no supiste por qué?
  • No, pensé que habría encontrado a otra mujer y que no tenía huevos para contármelo y yo soy demasiado orgullosa para preguntar. Me tragué los mocos, literalmente, y decidí olvidarlo.
  • ¿Y lo lograste?
  • Bueno, te conocí a ti y el resto ya lo sabes –eludió, una vez más, la pregunta.

Víctor se acercó a ella y le dio un suave beso en la boca, como para certificar sus palabras. Volvió a su comida, que ya estaba terminando, y a la carga.

  • Ya, pero nosotros no somos pareja, si lo sabré yo…
  • Parece que te pesara.
  • Un poco sí. No sé, eres una mujer extraordinaria…
  • Gracias.
  • …Y esta entente cordiale de no agresión en la vida de cada uno, está bien, pero a mí me hubiera gustado algo más.
  • Nunca me lo habías dicho. Creía que este acuerdo de amigos con derecho a roce te venía tan bien como a mí.
  • Ahora sí, qué remedio. Cuando te conocí, pensé que podríamos tener algo más serio, pero me di cuenta de que tú no estabas por la labor. Aunque no lo digas, sabes muy bien cómo manifestar lo que quieres y dónde poner los límites.

Gloria ya había terminado de cenar y miraba a Víctor totalmente sorprendida. Es verdad que nunca habían hablado de ese tema, pero ella daba por sentado que ese tipo relación era beneficioso para ambos. Y lo que era peor, se lo estaba contando justo en aquel momento, en el que la cabeza de Gloria daba vueltas como un tiovivo. Desde luego, no estaba preparada para hablar de ese tema.

  • Pidamos la cuenta, ¿te parece? -indicó Gloria.

Víctor hizo los honores y, como le había prometido, la invitó. Cogieron en dirección a casa de Gloria, ambos iban callados.

  • ¿Me invitas a tu casa? –preguntó Víctor.

Gloria se acercó y le besó.

  • Hoy no, estoy cansada y mañana he quedado muy temprano con una amiga para hablar de la información que te mencioné –mintió.

Víctor la abrazó. Le encantaban los abrazos de oso que daba. Con la pandemia, los abrazos y los besos se habían restringido al ámbito más íntimo. Se habían acabado aquellos arrumacos con amigos cuando te los encontrabas en cualquier momento. La sociedad española, tocona hasta el exceso, había aprendido a morigerarse en sus expresiones físicas. Por eso Gloria aprovechaba un buen abrazo cuando lo tenía. Y aquel era de los buenos.

Él no la soltaba y ella recostó la cabeza sobre su hombro. De repente sintió ganas de llorar. Estaba agotada. Agotada de tanto misterio y tanta indagación estéril; agotada de que todo el mundo se interesara, de repente, por sus sentimientos; agotada por tener que demostrar siempre que la vida de una mujer no termina a los cincuenta años, por mucha leyenda urbana que hubiera al respecto; y agotada por muchas más cosas que en ese momento no podía, ni quería, plantearse.

Se separó de Víctor, quien captó el brillo húmedo en sus ojos, pero no dijo nada al respecto.

  • Bueno, pero te acompaño hasta el portal. No quiero que luego digas por ahí que no soy un verdadero caballero –rio.

Al llegar al edificio, Gloria se despidió de Víctor con un intenso beso. Ya en casa, se quitó las alhajas, el vestido, tiró a un lado de la habitación las sandalias y se desmaquilló. Tanto esfuerzo para nada, pensó. Una vez más, Alfredo se había salido con la suya.

Aunque no pensaba llamarle por teléfono para certificar aquella inútil victoria. Pasara lo que pasara, no se lo iba a poner fácil.

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