Operación magenta (2025)

Junio, 2025

Al día siguiente salió a correr, como siempre, a las siete de la mañana. Dirigió sus pasos en dirección al Palmetum, como tantas veces había hecho desde hacía años, pero ahora con una intención determinada: observar con atención aquel lugar que a ella le parecía tan “inofensivo”.

Al pasar las piscinas municipales, en lugar de subir por la pequeña cuesta que daba a un local para eventos y un restaurante, cerrados desde el inicio de la pandemia, y desde donde se cogía el camino de tierra que bordeaba el jardín botánico, se dirigió hacia abajo, a la entrada de la vieja discoteca. En ese momento no había ningún coche aparcado delante. Todavía estaba en pie el último rótulo de la misma; había pasado por diversos empresarios de la noche y cambiado de nombre en varias ocasiones. La entrada principal estaba cerrada con unas recias persianas de metal. A la derecha había una pequeña puerta que también estaba cerrada. Entonces vio algo en lo que nunca antes se había fijado, suponiendo que ya estuviera allí, un portero automático que había en la pared, al lado de la puerta pequeña.

Dentro de una pequeña urna de cristal, para protegerlo, había un cuadro con números, para marcar la clave que abriría aquella cueva de Alí Babá, pensó, y debajo un micro. No difería mucho del portero automático de cualquier edificio. Miró en rededor y no vio nada realmente sospechoso, hasta que se le ocurrió mirar hacia arriba… dos pequeñas cámaras enfocaban la entrada de la exdiscoteca.

“Mierda”, pensó Gloria. Recordó que en una ocasión (o tal vez en dos), había bajado hasta allí, un espacio oculto a los ojos de los viandantes, para aliviar su cargada vejiga, había dejado su impronta más personal en una esquina de la entrada sin saber que desde arriba la estaban observando.

Enfiló por la pequeña cuesta, y llegó a la terraza que bordeaba la sala de eventos y el restaurante, que en la actualidad se encontraban en un estado lamentable. En una observación más atenta, y “de más altura”, vio que sobre el viejo local había una sofisticada antena que parecía, a su lego conocimiento, de telefonía móvil. Siguió por la terraza, que en la parte de la izquierda daba a las piscinas de César Manrique, a aquella hora todavía cerradas, y que presentaban un aspecto bastante singular, con las zonas de hamacas separadas por mamparas; las grandes piscinas departamentadas para evitar aglomeraciones y  cámaras por todo el recinto para controlar a los usuarios más díscolos.

Al llegar al final de la terraza, donde empezaba ya el camino de tierra, observó que en la parte de la derecha, ya dentro del espacio del Palmetum, había otra antena de comunicaciones similar a la anterior, disimulada entre varios palos pintados de verde, para no desentonar con el paisaje. ¡Madre mía!, pensó Gloria, todo aquello había estado ahí y nunca se había fijado. Aquello hacía buena la teoría que aseguraba que, muchas veces, no vemos lo que tenemos delante de nuestras narices, por muy evidente que sea.

Empezó a correr, bajando el ritmo para poder observar con calma, y al dar la vuelta en el recodo del camino, limitado por el mar a la izquierda y el jardín botánico a la derecha, se topó con un tanque de color rojo de agua no potable para el riego…, en teoría, pensó Gloria. A esas alturas, ya todo le resultaba sumamente sospechoso.

Finalizó la vuelta por el camino, salió al paseo marítimo y torció a la derecha para enfilar el tramo asfaltado que daba a la entrada del Palmetum y que dejaba el aparcamiento a la izquierda. Dio la vuelta y ya iba a enfilar de nuevo por el camino de tierra (en un entrenamiento normal, daba varias vueltas al mismo), cuando vio cómo una furgoneta blanca, sin ningún distintivo, se dirigía en dirección a la discoteca. Gloria fingió un tirón en el gemelo derecho y se acercó renqueando lo más que pudo hacía la discoteca. Un hombre joven bajó de la furgoneta, se fue a la parte de atrás y sacó un carro de almacén donde empezó a cargar cajas con alimentos y bebidas.

Sacó su móvil, como si estuviera recibiendo alguna comunicación, aunque lo que hizo fue apagarlo, y siguió observando lo más discretamente posible. El hombre llamó a un timbre que había al lado del micrófono, dijo algo que no entendió y alguien abrió desde dentro la puerta más pequeña.

¡Maldita sea!, se dijo a sí misma, Víctor tenía razón, allí dentro había personas que abrían puertas, comían y bebían.

No quiso arriesgarse más por el momento, pues ya las cámaras la habían fichado y enfiló en dirección al centro de Santa Cruz, empezando a correr de nuevo en cuanto estuvo a la altura de la entrada a las piscinas.

Acabó su entrenamiento y volvió a casa. Se duchó, se cambió y desayunó algo antes de salir para encontrarse con Julia. Mandó un mensaje a Alfredo diciéndole dónde se reuniría con su amiga.

“Estoy aún enfangado con el tema de los documentos, pero si puedo paso”, respondió a su mensaje. Y un minuto después añadía: “Por cierto, ayer no llamaste, espero que fuera todo bien”.

“Todo muy bien, ya te contaré”, respondió Gloria. Sospechaba que podía ser otro día lleno de sorpresas.

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