A las ocho de la tarde en la estación de tren

No hay nadie en la estación de tren. Los bancos están desconchados y la sala de espera vacía y sucia. Ya nadie espera en la “sala de espera” de la estación de mi pueblo. Hubo un tiempo, cuando yo era niña, luego adolescente, y después joven, en que la estación de tren estaba llena de vida. Allí trabajaba un revisor –o tal vez dos, no lo recuerdo-, un señor que vendía billetes y otros hombres –en aquella época las mujeres no trabajan en la estación de tren, salvo las de la limpieza- que gestionaban el tráfico de trenes, que mantenían limpias y en buenas condiciones las vías y los andenes..

Hubo un tiempo en el que por la estación de tren de mi pueblo pasaban y paraban trenes continuamente. Trenes de pasajeros, que venían del País Vasco y se dirigían a Galicia y viceversa; que venían de Madrid, de Barcelona, de Oviedo –bueno de esto último no estoy del todo segura-, de todas partes llegaban trenes; paraban, descargaban pasajeros, se subían otros… y continuaban ruta. Amén de los trenes de mercancías. Toda la noche pasaban y paraban largos y ruidosos trenes de mercancías en ambas direcciones, de este a oeste y de oeste a este. Yo escuchaba pasar estos trenes desde mi cama, en la oscuridad de mi habitación. Mi familia vivía en un piso a trescientos metros de la estación de tren. Si no lograba dormir, contaba trenes… Y también contaba las horas en el reloj de pared del comedor –las en punto, las medias y los cuartos-, el reloj que mi padre heredó del suyo, y que ahora he heredado yo, aunque ya nadie da cuerda al viejo reloj de pared del comedor y lleva años parado, tantos como mi padre muerto.

Ahora en la casa familiar no vive nadie, salvo yo cuando voy de vacaciones o mi sobrina, que se queda por temporadas. Pero cuando vuelvo a casa ya no oigo los trenes pasar. Porque ya casi no pasan y porque mi oído se acostumbró a aquel traqueteo ferroviario de trenes nocturnos. Los trenes de viajeros siguen pasando, pero la mayoría no paran, pasan de largo, a toda velocidad, dejando una extraña sensación de fugacidad, de un tiempo lejano que se escapa.

Cuando yo era niña, nos gustaba quedarnos al lado de las barreras de la vía para ver pasar los trenes. Allí había una pequeña casa, en la que vivía el guardabarreras –esta es una profesión que dejó de existir hace muchos años y con ella desapareció la palabra-. Este señor vivía en esa casa con su familia –al menos así lo recuerdo yo- al lado de las vías del tren. Las paredes de la casa temblaban cada vez que pasaba un tren, por lo que podría decirse que era la casa más “trémula” de todo el pueblo. Por supuesto, ahora ya no está la casa ni ningún señor baja las barreras del tren cuando este atraviesa a toda velocidad el pueblo. Ahora hay un semáforo que pita fuerte, se pone rojo y las barreras bajan de forma automatizada. Como no hay nadie que vigile el paso del tren, más de una vez ha habido algún terrible accidente.

Pero lo que quiero contar es que la estación de tren de mi pueblo fue un lugar importante en otra época –hasta el punto de dar nombre a la parte del pueblo que creció al albur de la misma, y así fue como nos “dividimos” entre los que vivían en el Pueblo y los que vivíamos en la Estación, hasta la actualidad-.

Recuerdo que entonces, a mis amigas y a mí nos gustaba ir a las ocho de la tarde a la estación, la hora en que llegaba el tren de León. Nos sentábamos en un banco y con sonrisa maliciosa esperábamos la llegada del tren que, por supuesto, no llegaba nunca puntual. En aquellos tiempos –los años setenta y ochenta- en España los trenes se retrasaban siempre, era la norma –fue años más tarde, a finales de los ochenta, que tuve conciencia real de la impuntualidad de los trenes en España, cuando cogí uno en Bruselas para ir a Maastricht y comprobé que salía y llegaba en hora a su destino, tal hora y dos minutos, exactamente-; pero no importaba. Mis amigas y yo íbamos a las ocho de la tarde a la estación, cuando podíamos, a esperar el tren que venía de León. Porque a esa hora y en ese tren llegaba todos los días un grupo de varias mujeres prostitutas –no recuerdo cuántas- que venían a trabajar al pueblo. Entonces en mi pueblo había tres puticlubs –así los llamábamos- y sus “empleadas” venían de León. Antes tal vez vinieran de Madrid o de Barcelona o de cualquier otra parte de España, no sé, pero para las jóvenes aventureras que éramos nosotras, ellas eran las putas que venían de León para trabajar en los burdeles del pueblo.

Se sabía que eran las prostitutas porque iban vestidas “para la ocasión” y porque eran jolgoriosas y se reían constantemente. Alguna vez bajaba del tren alguna señora o señor mayor del pueblo que las miraba con recelo, como si aquellas mujeres no tuvieran derecho a viajar en el mismo vagón que ellos. Cosas de aquellos tiempos.

Entonces, por supuesto, no pensaba en esto que ahora me viene a la cabeza: ¿por qué parecían tan felices y divertidas esas mujeres si su profesión era la de acostarse por dinero con hombres, seguro que, como poco, desagradables y babosos? ¿O puede que esa imagen de mujeres jóvenes, con ropas livianas y mucho maquillaje, que reían alegremente esté solo en mi cabeza? Y que en realidad bajaran tristes y taciturnas del tren sabiendo la jornada de trabajo que les esperaba.

Sea como sea, nosotras las observábamos apearse y seguíamos con la mirada el cimbreo de sus caderas camino de sus respectivos lugares de trabajo. En aquellos años no había internet ni redes sociales ni nada parecido, la vida era más sencilla y en un pueblo las diversiones había que crearlas, que inventarlas. Y a nosotras nos gustaba ver a las putas que venían de León, pues aquellas mujeres materializaban lo prohibido, lo libidinoso –por supuesto esta palabra no estaba en nuestro diccionario particular entonces-, el pecado hecho mujer. Nosotras no las juzgábamos –entre otras razones, porque no teníamos capacidad cognoscitiva como para llegar a tanto-, pero, al verlas, nos alcanzaba la risa nerviosa de la joven doncella pillada en una travesura. Y nos imaginábamos a los hombres que iban a ser, unas horas después, sus clientes, aquellos que justificaban la existencia de tres burdeles en un pueblo de poco más de mil habitantes.

A mí personalmente, tres puticlubs en aquel pueblo me parecían demasiados, no entendía –sobre todo porque la mayor parte de los hombres que yo conocía eran todos maridos de alguien- que hubiera para tanto negocio. Pero ¿qué podía saber una chiquilla de doce o catorce años de aquellas cosas?

De aquellos lupanares, uno se convirtió en un bar que aún existe; otro desapareció definitivamente, y el tercero pasó a ser una discoteca y después volvió a ser el puticlub que sigue abierto –y no hay crisis económica ni sanitaria que pueda con él-, aunque no creo que ahora las jóvenes prostitutas lleguen en tren desde León, de hecho seguro que no hay ninguna cuyos padres sean españoles.

Y ahora que lo pienso, tal vez, en mi pueblo pudieron alternar –y nunca mejor dicho- tres casas de lenocinio porque había una bonita estación de tren a la que llegaba gente de todas partes.

Doris Martínez Ferrero

Santa Cruz de Tenerife, 21 de junio, 2021

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