La inspiración y el amor

RMS_M_240 - Inger på Stranden_1889Supe que había dejado de amarle cuando no pude escribir ni una sola palabra más sobre aquel amor. Él había inspirado cientos y cientos de palabras que habían brotado de mi excitada imaginación, dando pie a varios relatos, algunas poesías cursis y a un libro en el que la ficción se hermanaba con la realidad.

Había escrito para él,  por él, about him,  que diría ahora que le daba intenso al inglés,… pero un día todo se acabó. Primero pensé que aquello era momentáneo,  un paréntesis en mi desaforada imaginación,  el descanso del guerrero. Pero pasaron los días, y luego las semanas, y la inspiración no volvió.

No fue por su actitud, unas veces caprichosa y otras, errática. No fue porque siempre me vedara una palabra cariñosa o un gesto tierno, que se quedaba a mitad de camino cuando la contención ya no le alcanzaba. No fueron los días que estábamos sin vernos, que hacían que mi necesidad de verle aumentara, y contara hasta las horas en una suerte de locura que a poco se trastocaba en la nada.

Ni tan siquiera le dejé de amar cuando la cobardía se hizo carne en él, cuando se escondió tras un silencio atronador, que decía más que sus palabras. Ni cuando me escribió frases hechas sin sentido ni contenido. No le dejé de amar cuando, un día, sin necesidad se mostró ruin y cruel. Y luego se avergonzó, y se retiró.

Pude haberle dejado de amar en todos aquellos momentos, como le amé cuando me hacía reír, cuando me hablaba con cariño, cuando me hacía el amor con pasión y locura.

Pude dejar de amarle cuando se trasmutó la verdad en mentira; la entrega en vergüenza; el amor en oprobio; la valentía en cobardía; la honestidad en mendicidad. Pude dejar de amarle cuando supe que nunca sería mío, o cuando me dijo que nunca me amaría.

Pero incluso entonces, con el corazón roto y la razón confundida, aún entonces seguí amándole.

Dejé de amarle porque se me agotó la inspiración, el motor que daba vida a aquel amor.

Dejé de amarle en el mismo momento que puse punto y final a estas últimas palabras.

 

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No encuentro por ningún lado tus palabras

 

 

 

 

 

 

 

 

No encuentro por ningún lado tus palabras

Que me abran camino hacia tu morada

Que me acompañen en la noche esmaltada

Que me indiquen que no estoy equivocada.

 

No encuentro por ningún lado tus palabras

Sin embargo, me llenas cada día de gestos,

De risas y de silencios que hablan.

 

No encuentro por ningún lado tus palabras

Porque el día que nos conocimos

Sin hablar, todo lo dijimos.

 

No encuentro por ningún lado tus palabras

Porque la esencia del amor es callada

Roza el alma como el viento sobre el agua

Acaricia mi rostro como alas de mariposa

Reposa en mi corazón caprichosa.

 

No encuentro por ningún lado tus palabras

Se esconden cuando las llamo

Se muestran en tu mirada

Se encuentran en  la distancia

Y se juntan con los silencios de tu alma

Para escribir tu verdadera balada.

No encuentro por ningún lado tus palabras.

Tal vez Frida

A veces el día se junta con la noche, se confunden, invaden uno a la otra. Al menos así es en mi cabeza, y así es en mi corazón que lucha denodadamente por alejarse de este cuerpo triste y maltratado.

Yo no lo elegí, él me eligió a mí, mejor dicho, la vida me lo dio ¿para qué?, ¿para no dejar de sufrir? Hay días mejores y días peores, noches que puedo dormir y otras que apenas puedo respirar.

Hoy ha sido una de esas malas noches. En la cama, vacía, sola, echaba de menos tu cuerpo, sentía tu ausencia como nunca antes… Tal vez, porque se acerca el día, pero no el día que da paso a la luz, sino el día que todo esto termine. Cada vez tengo más dolor y en ocasiones mi mente entra en estado febril, pierdo la razón. Temo que en esos momentos repita tu nombre sin cesar, ese nombre que nadie conoce.

Presiento que el final ya está cerca, es más lo sé, como siempre he sabido tantas cosas antes de que pasaran. Nunca se lo he contado a nadie, salvo a ti, pues me hubieran llamado loca, más loca, pero ahora ya no importa.

Cuando sufrí el accidente, que me convertiría en la mujer de hierro y carne que soy ahora, recuerdo que unos días antes tuve un sueño. Soñé que estaba en mitad de un bosque, sola, y de repente todo empezaba a arder, el fuego me rodeaba, y aunque no quemaba mi cuerpo, notaba el abrasador calor en mi interior.

A los pocos días un camión chocó con el tranvía en el que yo viajaba y cuando los hierros atravesaron mi cuerpo sentí que me ardía, como en el sueño.

Y antes de conocerte, mi amor hoy ausente, tuve un sueño parecido: también estaba sola, en una casa que no era la mía, pero que yo reconocía, y esta estaba ardiendo, y entonces un desconocido se acercaba, me tendía la mano y como volando me arrastraba fuera de allí.

Luego vino aquella fiesta. Yo no quería ir, aquel día los dolores eran insoportables, pero Diego, siempre Diego, se negaba a acudir sin mí. Era como un niño. Lo cuidaba y lo mimaba como al hijo que nunca tuve. Y fui con él. No conocía a muchas personas en aquel lugar, eran amigos de amigos de Diego, de un mundo que yo no deseaba conocer.

Hubo un momento en el que me alejé del bullicio, del ruido, y me fui a un rincón del jardín. Allí estaba yo, ensoñando como siempre, imaginando las vidas que viviría si hubiera sido otra persona, otra mujer, cuando apareciste tú. No te oí llegar.

  • Estás muy sola aquí –constataste.
  • No estoy sola, solo alejada.
  • ¿Te sientes bien? –Debiste notar algo en mi expresión.
  • Si, por supuesto. –No quería contarle a ningún desconocido lo que me bullía por dentro, mis dolores y mis soledades todos juntos.

Te sentaste a mi lado, en aquel banco apartado del jardín. Y te sumaste a mi silencio. Luego hablamos algo, pero no recuerdo muy bien qué. Yo solo oía el crujir de mis huesos desencajados.

Al cabo de un rato, Diego empezó a gritar mi nombre. Me buscaba desesperado. Estaba muy tomado, como tantas veces, y me llamaba para que lo rescatara de sí mismo, o tal vez porque aquella noche no había conseguido ninguna conquista fácil y ya se aburría. Al oír mi nombre me miraste fijamente.

  • Conozco algunos de tus cuadros- dijiste-. Eres una gran pintora.
  • Eso dicen –contesté mientras me iba a buscar a Diego. Sabía que tenía que cogerle de la mano, como al niño descarriado que era, y llevármelo a casa.

Esa noche soñé contigo. Qué tonto, ¿verdad? No te conocía y ya habitabas mi subconsciente. No recuerdo muy bien el sueño, solo que estábamos juntos y nos amábamos.

A los pocos días apareciste por casa, con la excusa de ver mi obra y de comprar algún cuadro. Diego se había ido, no sé dónde estaba, pues en aquella época era un pintor muy cotizado y viajaba por todo el mundo.

Y ese día ya hicimos el amor. Con suavidad y ternura, al principio, con ímpetu y voracidad después. Aquel día te convertiste en mi amante, en el último de mis amantes. Pero tú no eras para mí, aunque nunca dejaste de ser mío.

En la ciudad todo el mundo hablaba de mis amantes, hombres y mujeres, la gente creía saber con quién estaba y con quién no. Aunque a mí no me importaba. Qué podía importarme lo que pensaran los demás, si yo sabía quién era. Pero nadie nunca supo de ti. Fuiste el secreto mejor guardado. No quería que estuvieras en boca de los demás, no quería que nadie se imaginara nada, no quería que nadie supiera, ni tan siquiera tú, cuánto te amaba. Yo tenía a Diego, siempre huidizo, siempre encontradizo, y tú tenías a tu mujer y a tus hijos, siempre presentes.

Me llamabas Volvoreta, mariposa en portugués. Adorabas la sonoridad de esa palabra y me decías que yo era como una frágil y hermosa mariposa, siempre deseando volar, siempre deseando agradar.

Venías a casa cuando Diego se iba y yo me quedaba sola. Me cuidabas cuando los dolores de mi cuerpo eran insoportables y me traías siempre algún regalo: libros, pulseras, prendedores para el pelo con forma de mariposa de vistosos colores… Y hacíamos el amor.

  • Volvoretita –me dijiste un día-. Mañana viajo a Europa, tengo trabajo allí. Volveré pronto, te lo prometo. Y te escribiré todos los días.

Pero no volviste nunca más. No recibí cartas tuyas y tu ausencia fue más dolorosa que el suplicio de mis heridas físicas. Creía que me habías abandonado para siempre, que habías utilizado el viaje para alejarte de mí definitivamente. Que me habías mentido cuando me decías que me querías y que nunca me dejarías. Diego me preguntaba qué me pasaba, pues no quería comer ni salir de casa. Dejé de pintar, pues solo se me ocurría pintar tu rostro, tu cuerpo, que tanto anhelaba. No te podía ver ni en sueños. No sabes, amor mío, cuánto sufrí por ti.

A los pocos meses supe la verdad. Alguien habló de ti un día que Diego había preparado una fiesta en casa, ante mi negativa de ir a ninguna parte. Contó que a poco de iniciar tu viaje, unas fiebres que nunca supieron a qué se debieron, te segaron la vida. Y cuando supe que habías muerto, el dolor fue aún más cruel, más descarnado, pues ya no podría tenerte nunca más.

Me enteré dónde te habían enterrado y cuando Diego viajaba, o estaba ocupado conquistando otra mujer, me acercaba a tu tumba y te hablaba, te lo contaba todo, como había ocurrido cuando estabas conmigo.

Pero ahora ya no importa. Ahora ya me queda poco tiempo, y pronto estaré a tu lado, allá donde quiera que vayan las almas enamoradas. Y cuando ya no esté aquí, el secreto de nuestro amor se irá conmigo. Algún día la gente hablará de mí y de Diego, de nuestras vidas y de nuestros amores, pero nadie hablará de ti, nadie nunca sabrá que fuiste el único hombre que amé de verdad.

Ha llegado el día y con él la luz del alba. Un rato que logré dormir soñé que era una mariposa azul con unas fuertes alas que me llevaban al infinito. Hoy soñé que volaba hacia ti y, tal vez, mañana lo haga.

Sin palabras

edward-hopper-para-sin-palabras¿Cuántas veces María se mira al espejo? Cuatro, cinco, seis… no sabe, pues ya ha perdido la cuenta, ha perdido el control sobre sus propios actos. De hecho, perdió el control hace meses, muchos meses… tal vez no tantos. Siete meses pueden ser demasiados cuando uno es infeliz y un suspiro en la vida cuando estamos dichosos.

Por eso María no sabe si siete meses son muchos o pocos, pues unas veces ha sido la mujer más feliz de la Tierra (así, en mayúscula, pues no nos referimos a la tierra que pisamos, sino a la que habitamos); y otras veces se ha sentido desdichada, muy desdichada. Sigue leyendo

Rabos de lagartija

6-lagartijaRabos de lagartija,

se retuercen sinuosos,

se desprenden

como extremidades infectas.

Rabos de lagartija,

colean cuando se han cercenado,

desean seguir sintiendo,

desean seguir estando.

Rabos de lagartija,

oscuros, siniestros,

gangrenados, acabados,

subsisten cuando ya todo se ha terminado.

Rabos de lagartija

se desconsuelan,

desean formar parte del espíritu,

y lloran lágrimas de cocodrilo.

Rabos de lagartija,

dejan cicatrices en el corazón,

mienten y creen que aún les perteneces,

y pierden la razón.

Rabos de lagartija,

que como el amor ingrato,

quieren perdurar más allá de la verdad

Rabos de lagartija que pronto olvidarán.