La mujer del espejo

Eloísa se miró por cuarta, tal vez por quinta vez al espejo. Se sentía envejecida. Tres meses, solo habían pasado tres meses, y de repente parecía que fuera toda una vida.

No, le dijo Eloísa a la mujer que se reflejaba en el espejo, tú no eres yo. Yo soy fuerte, yo no sufro, yo no lloro nunca. Sin embargo, tú eres una llorona, eres débil, pusilánime. Llevas semanas llorando como una niña chica a la que han quitado su juguete más preciado.

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Sin palabras

edward-hopper-para-sin-palabras¿Cuántas veces María se mira al espejo? Cuatro, cinco, seis… no sabe, pues ya ha perdido la cuenta, ha perdido el control sobre sus propios actos. De hecho, perdió el control hace meses, muchos meses… tal vez no tantos. Siete meses pueden ser demasiados cuando uno es infeliz y un suspiro en la vida cuando estamos dichosos.

Por eso María no sabe si siete meses son muchos o pocos, pues unas veces ha sido la mujer más feliz de la Tierra (así, en mayúscula, pues no nos referimos a la tierra que pisamos, sino a la que habitamos); y otras veces se ha sentido desdichada, muy desdichada. Sigue leyendo

Tú eres la savia

parque_thumb8Tú eres la savia que alimenta mi creatividad

El motor que mueve mi corazón

La razón para amar y para entregar

Tú eres el beso en el parque

Una sonrisa pícara en la tarde

Una palabra oportuna al margen

Tú eres el deseo que yo más anhelo

El sexo que más añoro

El cuerpo que nunca tengo

Tú eres la mirada que esconde secretos

El pensamiento que guarda recuerdos

Las palabras que se pierden en el silencio

Tú eres el motivo de mi verdad

La savia que alimenta mi creatividad

Mi amada Raquel

image111sVolví cada noche a nuestro lugar de encuentro. Te esperé día tras día durante una semana. Me sentaba en la misma mesa que tantas veces habíamos ocupado tú y yo; el camarero ya no me preguntaba qué quería. A veces, entornaba la mirada hacia arriba, como cuando vemos a un loco; otras se compadecía de mí.

Cada día, a la misma hora, en la misma mesa al lado de la ventana para verte llegar. Pero no viniste nunca. Dejaste de coger mis llamadas, dejaste de contestar mis wasaps; ignorabas mis correos electrónicos. Me desesperé y cuando ya no pude esperarte más en el bar, fui a buscarte a tu casa. Sigue leyendo