Cuaderno de bitácora del confinamiento (una de gazapos)

27 de abril, 2020

Con las nuevas medidas de desconfinamiento paulatino que algunas comunidades autónomas han presentado, entre ellas Canarias, y que el buen Gobierno central está evaluando, a mí me parece injusto que nos midan a todos por el mismo trasero, pero con la Iglesia hemos topado, y nos hemos dado de cruces con el Ministerio de Sanidad.

En Canarias, ya contábamos con tener diversión a caudales, pues acá somos muy dichacharreros (sobre todo en Santa Cruz de Tenerife), aunque sin duda alguna, el presidente autonómico ha vendido la miel del oso antes de cazarlo y creía que, de conseguirlo, saldría en olor de multitudes a la calle  y se luciría de gloria entre sus paisanos.

Sin embargo, todo apunta a que tales propuestas quedarán en agua de borrascas, y no quiero ser pájara de paragüero, pero estas estupendas medidas, espetadas a voz de pronto, han caído en pozo roto, y ahora nos hemos quedado más solos que la luna en esta iniciativa que pareciera haber llegado por ciencia difusa.

Pero que cada mastín aguante su vela, y ahora tenemos que abstenernos a las consecuencias, y si esto no nos deja reconciliar el sueño tendremos que firmar la pipa de la paz con el Gobierno y no arriesgarnos las vestiduras.

Aquí todos esperábamos que nuestros deseos fueran concebidos, pero está claro que como no sabemos hacer la o con un macuto, nos hemos quedado a dos cirios, aunque si este encierro continúa más tiempo nos va a dar un jamamuco.

Después del jarro de agua fría que nos hemos llevado, está claro que, de momento, no vamos con nadie ni a la huerta de la esquina, y es una tontería como la copa de un vino que nos hagan creer que de esta salimos pronto, pues los políticos se están contrayendo continuamente, y, en temas de política, habrá que darle un giro de 360 grados, o acabaremos todos haciéndonos el daikiri o soplándonos los mocos.

En cualquier caso mejor me quedo callada, aunque tengo muchas palabras en la punta de la boca, pero nadie me ha dado vela en este encierro (literalmente), y tal vez, tanta diatriba solo sea por estar en el candelabro, que bien que me gusta a mi darle a la sinhueso, que para eso una ha ido a clases de adicción.

Pero me arriesgo a que me denuncien por lujurias y calumnias, y eso sí que no, que yo sé de qué palo cojea cada uno y las injusticias me sacan de los nervios. Desde luego, no voy a remendar la plana a nadie, porque aquí se están cometiendo muchos pecados cardinales, y sino que baje Dios y lo lea.

En fin, queridos amigos, como decía, no es justo que nos midan a todos por el mismo trasero y a ver si pronto se nos pone el viento en pompa.

Nota: sin duda, el encierro empieza a pasarme fractura.

Besos a los cerdos y patadas a los niños.

La foto es de la estatua homenaje al chicharro (o jurel), en Santa Cruz de Tenerife, que el pobre parece que pide aireeee.

Cuaderno de bitácora del confinamiento (una de vecindario)

21 de abril, 2020

Bueno, ya os he hablado de algunos de mis vecinos de este edificio, que yo daré en llamar de la Rua del Chicharro (un galleguismo con el sustantivo por el que se conocen a los santacruceros, chicharreros). Pues bien, desde mi casa, un piso más abajo y a la derecha, viven dos mujeres.

Una de ellas, bastante poco amiga de sus amigos, que en varias ocasiones ha tenido broncas con parte del vecindario: que si la música, que si hablas muy alto, que si haces ruido en tu casa, que si la gata maullaba (esa era yo), amén de que pocas veces saluda, o lo hace de mala gana, si te la cruzas en la escalera o en el ascensor.

Pues ahora resulta que la mujer que todo le molesta se instala cada día, repito cada día y varias veces, al lado de la ventana de la cocina para hablar por teléfono… a voz en grito. Yo desde mi terraza escucho su conversación con absoluta nitidez, tanto que me dan ganas de replicarle en algún momento, como si la conversación fuera conmigo.

Con esa claridad con la que se comunica la he oído hablar pestes de los políticos, aunque para ella los peores son los de izquierda, “y así se lo dije a la otra, que menuda comunista que es”, le decía un día a su interlocutora (sé que era mujer por la conversación que tenía). El otro día aseguraba que este es un país de cafres, pues si a ella le dejaran salir a la calle, se daría una vueltita de una media hora y sin acercarse a nadie con las mismas volvería casa, pero “la gente no es así y por eso pasa lo que pasa”. Que traducido quiere decir que la culpa del confinamiento la tenemos todos menos ella, mujer sensata y cabal donde las haya.

Pero el colmo de mi paciencia de escuchante forzosa fue cuando en una ocasión dijo que ella no quería ver más las noticas, pues “todos los periodistas son unos golfos”. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Que una tiene su corazoncito y hay cosas que duelen, especialmente que alguien te llame golfa y no puedas replicarle ni espetarle a la cara con esa frase tan manida de “sal a la calle, que te vas a enterar”.

Pero bueno, la esperaré para cuando podamos salir… que dicen las malas lenguas que en Canarias eso podrá hacerse antes… Ventajas de ser territorio rodeado de agua por todas partes.

Aunque, ahora que caigo, si yo la oigo a ella hablar por teléfono, es posible que ella me haya oído a mí en alguna ocasión… Bueno,  mejor me quedo calladita, pues también una tiene sus dimes y diretes con amigos y allegados que mejor no destapar.

Bien pensado, para cuando nos “suelten”, es mejor que nos rijamos por la máxima de que “lo que se ha hecho en casa durante el confinamiento se queda en casa”.

Besos y abrazos.