Cuaderno de bitácora del confinamiento (día treinta)

15 de abril, 2020

Hoy he ido de nuevo al dentista y he vuelto compuesta y sin muela. Cuando ya iba a salir de la consulta del doctor Abuelo, le pregunto:

  • Por cierto, ¿cuánto tiempo tengo que tener puesto este algodón sobre la muela?
  • Hasta que llegues a casa –me responde el buen doctor.
  • Ya… bueno…, pero, ¿cuánto tiempo realmente?
  • Jajajajajajajajaja. Media hora.
  • De acuerdo. Hasta el lunes, doctor –me toca hacerme la limpieza de la boca, qué le vamos a hacer.

Al cabo de media hora y un “poquito” más llegué a mi casa/oficina/refugio.

Estaba ocupada en mis responsabilidades laborales, con la puerta de la casa abierta (muchos no lo sabéis, pero la Matilda es muy apañá, abre la puerta solita y se pasea por las escaleras), cuando oigo pasos que bajan. Al cabo de unos minutos, oigo los mismos pasos que suben. En ese momento me acerco a la puerta.

  • Hola, ¿tú eres la vecina que vive en el piso arriba del mío?
  • Sí –me responde con un suave acento extranjero, con entonaciones y modulaciones que se me antojaron de alguna hermosa región del sur de Italia…

Allí estaba. ¡Tan divina ella!, con su radiante sonrisa, su liso pelo castaño claro con un corte de media melena, su figura joven y estilizada… Estuve a punto de decirle “pues cásate conmigo”. Y de repente pensé: “A ver, Doris, contrólate, que aún quedan muchas semanas de confinamiento, y además, hoy ha sido un buen día, acabas de venir del dentista” (este diálogo interior es más fácil de comprender por quienes hayan seguido con asiduidad este diario, es lo que tiene la entrega por fascículos).

  • Bueno… quería decirte…-¡yo estaba sonriendo a la vecina que se supone que tengo ojeriza!- Ejem… Quería decirte que si, por favor, podías hacer menos ruido por las noches.
  • Por supuesto –la muy ladina seguía sonriendo mientras vencía suavemente su fina cadera sobre la pierna derecha.
  • Mira –continué ya más seria- que saltes a la comba por las mañanas, no me importa. A fin de cuentas, duras tan poco tiempo saltando, que no me molesta –la venganza es un plato que se sirve frío-. Pero que andes por la casa en zapatos a altas horas de la noche, como el otro día que era más de la una de la mañana y ayer igual…, te rogaría que no lo hicieras.
  • Por supuesto. Si te molesta el ruido no tienes nada más que decírmelo.
  • Te lo estoy diciendo, que no andes por casa en zapatos por las noches –repito ya menos sonriente.
  • Sí, sí, claro, aunque no son zapatos, sino unos zuecos con la suela de madera, pero si te molesta, subes y me lo dices.

Pensé en las galochas (o madreñas) que usaba mi madre y si hubiera tenido una a mano se la estampo. O es cortita o no entiende bien el idioma; o las dos cosas al mismo tiempo.

Se dio media vuelta, con la gracia de una joven gacela subió las escaleras y se perdió tras el siguiente descansillo.

Nota: si esta noche se repiten los zapatazos, o mejor dicho, los zuecazos, a lo mejor subo y le digo algo…

Besitossssssssssss

Nota 2: la foto que ilustra la entrada es de las madreñas de Rodrigo Cuevas, en honor a mis amigos Annabel y Abel, que les encanta y necesitan un poco de ánimo estos días. La foto que hubiera querido poner no me la permite el sistema, pero si tenéis curiosidad os dejo el enlace aquí.

 

 

Cuaderno de bitácora del confinamiento (día veintidós)

6 de abril, 2020

Hoy estoy más feliz que una perdiz. He ido esta mañana temprano al dentista (andando, claro) y al llegar, después de desinfectarme oportunamente, me miró mi maltrecha muela y ¡no me la ha sacado!

Me ha mandado a mi casa con cajas destempladas de antibióticos, pues, por lo visto (y por lo sentido, al tocarme la muela aún me dolía) la infección aún no ha remitido. ¡Me ha dicho que vuelva el miércoles! ¿¿¿Os lo podéis creer??? Dos días, dos días, y casi seguidos, que salgo de casa y me doy un más que apreciable paseo.

De mi casa a la consulta del doctor Abuelo, a buen ritmo, tardo unos veinte minutos. Y de la consulta del buen doctor, con mi flamante salvoconducto en el bolso, hasta mi casa de nuevo tardo…, no sé, una hora, tal vez un poco más… De todos es sabido que las chicas de pueblo nos perdemos en las ciudades.

Por tanto, sigo tomándome los antibióticos, aunque me dan ganas de meterme la pastilla debajo de la lengua y luego expulsarla (he visto que lo hacen en las películas), pero sería estúpido, pues yo misma me obligaría a tomarla y yo misma la rechazaría, en fin, como que es de lo más tonto que puede hacer una. O como el chiste “aquel que diu“: en estos momentos, hablar con las paredes y las plantas no es malo, pero si te responden, entonces sí que tienes un problema (me lo contó mi querido amigo Hernán).

En cualquier caso, el miércoles temprano ¡vuelvo al dentista!, con muchas posibilidades de que me extraigan la dañada muela, pero a lo mejor tengo suerte y la cosa se alarga…

En condiciones normales uno quiere que le quiten una muela dolorida lo antes posible, pues cada día es una pérdida de tiempo en el trabajo y en el sinfín de tareas diarias que todos nos imponemos, pero hace semanas esto dejó de ser “condiciones normales”.

Aunque, como ya he dicho muchas veces, no todo en el confinamiento es malo… Por ejemplo, yo estoy encantada de volver a ver a mi dentista (siempre me cayó bien, pero antes mientras menos lo viera mejor), y mi amiga Annabel (que no había mencionado y con la que acabo de hablar por teléfono) está aprovechando para recuperar fuerzas del trajín personal y profesional que llevaba encima desde hacía demasiado tiempo.

Por tanto, yo estoy feliz como una perdiz, y hay más perdices en el campo que estos días pueden volar tranquilas, pues ni modo de que nadie las cace (¡otras que salen ganando!).

Besos y achuchonesssssssss.