Cuaderno de bitácora del confinamiento (día dieciocho)

2 de abril, 2020

Eso es. Ya lo sabía yo. Dios nos dio las azoteas para que, además de tender la ropa, pudiéramos también tendernos al sol, mirar al horizonte más allá de las cuatro paredes de nuestras casas y hacer deporte, entre otras funciones.

Dios nos dio azoteas porque sabía que algún día las íbamos necesitar de verdad.

Ayer, cuando subí a la azotea de mi edificio a correr me encontré con lo siguiente: en la azotea de al lado paseaba un hombre, que se presentó como Pedro. Luego llegó una mujer joven con sus dos hijos, un niño de unos cuatro años y la niña de siete u ocho. Mientras la madre hablaba por el móvil con su mamma (era italiana), el niño me miraba y me miraba, y me saludaba en cada vuelta que daba a la azotea. Y la niña, al cabo de un rato, me imitó y se puso a hacer estiramientos y a correr por su azotea. Ya desde pequeños apuntamos maneras.

En otra azotea vi a dos personas andando y en una tercera, un hombre también caminaba. A la hora de los aplausos, algunas personas lo hicieron desde las azoteas, y yo puse en mi móvil la nueva versión de Resistiré, que cada vez que le digo a un amigo que se la reenvío me dice que ya la tiene. ¡Madre mía, como corre la información en el mundo del wasap!

Y hablando de Dios. Como bien es sabido, hasta la fecha, las siglas AC y DC (a. de C. o d. de C. en abreviatura), significaban antes de Cristo y después de Cristo. Pues eso ya ha cambiado, ahora AC es antes del confinamiento y DC, después del confinamiento (porque nos espera un después).

Se siente, Cristo, has perdido tus siglas (y con ello las abreviaturas). No habernos mandado una plaga en forma de virus invisible que nos tiene a todos anclados en las casas, preocupados y cariacontecidos. Tú lo has querido.

Cuando esto termine, seguro que muchas de nuestras conversaciones empiezan de esta guisa: “Antes del confinamiento yo…, pero ahora, después del confinamiento,…” (cada uno que rellene los puntos suspensivos con lo que quiera).

Aunque lo que ahora nos toca es el MEC, es decir, mientras exista confinamiento, y en estas lides yo me he propuesto escribir cada día en este cuaderno de bitácora tan sui generis, al menos para no volverme loca, aunque, de momento, ya os digo hermanos, que lo llevo bastante bien.

Capachurros para ñotos (¡huy!, pues no lo llevo tan bien como creía).

Cuaderno de bitácora del confinamiento (día ocho)

23 de marzo, 2020

Aún no he hablado de mi azotea. Me refiero a la azotea de mi edificio que “es particular, cuando llueve se moja como las demás”.

En muchas ocasiones he subido a la azotea a tomar el sol. Para mí, desde hace tiempo, ha sido un lugar en el que estar a gusto, yo sola.

Pero ahora la azotea se ha convertido en mi salvación. Subo todos los días (bueno, tal vez hoy no lo haga, pues llueve de lo lindo), y allí corro (vueltas y vueltas), practico step (soy una stepper, que no una striper), estiramientos, me fumo un cigarro, tomo el sol, miro al horizonte, escucho a los pájaros, siento el viento en la cara… Y todo esto sin que nadie me moleste.

Algunos vecinos suben arriba a tender la ropa, pero yo nunca los he visto, veo su ropa, ora sí ora no.

Hoy quiero hacer un homenaje a este refugio de libertad (un buen oxímoron para los tiempos que corren) que en estos momentos me ayuda a llevar mejor el confinamiento.

Mi azotea tiene forma cuadrada, con una caseta en el medio (la del ascensor y otros menesteres que desconozco) y, al lado de la misma el hueco del patio de luces del edificio. Desde el muro del fondo a la izquierda veo el mar, y el espigón en el que suelo (solía) correr. Desde ese mismo muro, pero a la derecha, veo la plaza  San Francisco (una de las más bonitas de Santa Cruz), la torre de los viejos juzgados con su reloj parado, la iglesia que da nombre a la plaza y al fondo la copa de los árboles de la plaza del Príncipe.

Desde el muro a la derecha, y al fondo, más allá de los edificios del barrio de El Toscal, veo las montañas del parque rural de Anaga, otro sitio de mis correrías que ahora tanto echo de menos.

Al lado de mi azotea hay dos más similares de los edificios colindantes, separadas por un muro de un metro, que no salto, pues yo no me meto en azoteas ajenas.

Desde mi azotea veo las azoteas de otros edificios, más grandes, más pequeñas, mejor pintadas y decoradas… Pero a mi no me importa que mi azotea no sea ni la más grande ni la más hermosa, pues es MÍ azotea y la quiero como es.

Cuando estoy con/en ella pienso en muchas cosas: en todo lo que está pasando; en por qué no están las azoteas de la ciudad llenas de gente; en mi familia… y también pienso en ti. Y se me ocurren cosas muy ingeniosas, de hecho ayer encontré la forma de acabar con el confinamiento sin riesgo para la población.

Pero esto os lo cuento mañana, pues hoy solo quería hablar de mi azotea, que…

” (…)
es particular.
Cuando llueve se moja
como las demás.

Agáchate,
y vuélvete a agachar,
que los agachaditos
no saben bailar.

Hache, i jota, ka
ele, elle, eme, a,
que si tú no me quieres
otro amante me querrá.

Hache, i jota, ka
ele, elle, eme, o,
que si tú no me quieres
otro amante tendré yo.

Chocolate, molinillo
corre corre, que te pillo
A estirar, a estirar
que el demonio va a pasar

Ahí queda esto.

Abrazos