Cuaderno de bitácora de la desescalada (a mi padre)

16 de mayo, 2020

Me pregunto qué hubiera hecho mi padre, Abelardo, en los momentos actuales. Murió hace ocho años, una semana antes de su 83 cumpleaños; diez días después de finalizadas las fiestas de Navidad, y justo un día después de la muerte de Fraga. Ya estaba agotado y muy enfermo para cumplir más años; esperó a las Navidades para despedirse de toda su familia; y él no iba a ser menos que Fraga Iribarne, a quien, a su manera, debía considerar un político de raigambre.

Mi padre no entendía de política, aunque ello no le eximiera de opinar, pero sí entendía, y mucho, de la vida. Era una persona capaz de adaptarse a las situaciones cambiantes con bastante naturalidad y sin ningún drama. Cuando se jubiló, a los 65 años, ni un día antes ni un día más tarde, después de llevar trabajando desde los 16, se buscó nuevas actividades que hacer.

Compró unas zapatillas de deporte para él y otras para mi madre, además de sendos chándales, y cada mañana, fuera invierno o verano, levantaba a mi madre de la cama a las siete para irse a andar juntos más de dos horas. Cuando volvían, y tras un suculento desayuno, se ponía con las tareas de la casa: iba a la compra, limpiaba las alfombras, las ventanas, las lámparas, barría y fregaba el suelo, arreglaba cualquier cosa que estuviese estropeada y lo hacía con mimo y exactitud… Cualquier cosa con tal de estar activo.

Luego se iba a tomar unos vinos con los amigos del pueblo, y al poco de iniciar esta rutina un día dijo que dejaba de fumar y nunca más volvió a encender un cigarrillo, salvo un purito los domingos. Y había fumado dos cajetillas de Ducados al día desde que empezó a trabajar.

Mi padre era herrero, como su padre y como su abuelo. Una de las profesiones más hermosas que hay y que se está perdiendo. El forjaba el hierro con la maestría con la que el poeta moldea las palabras. A su manera era un artista, con el arte que tenían los hombres de entonces de hacer de su profesión y de su familia el fin más preciado.

Supongo que de tanto fundir materia tan férrea, forjó su propia personalidad, que era testaruda, pero que también podía domeñarse con la dosis de amor adecuada. No tenía estudios, pero poseía la sabiduría del hombre de pueblo y amaba a los suyos por encima de todo.

Por tanto, quiero creer que mi padre se hubiera habituado a esta situación que ahora vivimos con la fuerza y el temperamento que siempre lo caracterizaron. Y sin dejar de hacer de la necesidad virtud.

Dicen que yo heredé la personalidad de mi padre, en lo bueno y en lo malo –que de todo hay en la viña del Señor-, y, tal vez, por eso puedo imaginar cómo se hubiera sentido él en estas circunstancias.

Lo que si es cierto es que le echo mucho de menos. Y hoy, mi humilde capacidad de escritora, he querido ponerla al servicio de su memoria.

Muchos besos.