Cuaderno de bitácora (martes, 2025)

19 de mayo, 2025

Gloria descolgó el teléfono al tercer timbrazo.

  • Hola, soy yo –reconoció la voz.
  • ¿Qué tal? ¿Cómo me llamas tan temprano?
  • Quería decirte que lo tuyo ya ha llegado.

Gloria dio un respingo de alegría. Llevaba más de tres semanas esperándolo, y por fin tenía una buena noticia.

  • ¿Puedes pasar a recogerlo? –preguntó Izaskun.
  • Ahora iba a salir a correr… -respondió Gloria dejando en el aire la posibilidad de que si tenía que ser ya, cambiaba de planes.
  • Vale, no te preocupes. Ven entonces por la tarde, a partir de las ocho nos podemos ver donde siempre.
  • Estupendo, allí estaré –al cortar la llamada vio que le temblaba la mano.

Aquello era ridículo, si se pensaba bien, pero durante el Primer Confinamiento había aprendido a esquivar con maestría las restricciones y prohibiciones, la mayoría de las cuales las consideraba caprichosas y propias de mandatarios advenedizos.

Esa mañana cubrió sus doce kilómetros diarios por la avenida marítima a un ritmo muy superior a otros días. El subidón de adrenalina estaba cumpliendo su función. Aún tendría que esperar a la noche para recoger el paquete, pero la espera era una suerte de dolor y felicidad al mismo tiempo, como una grata experiencia sexual en la que sabes que, tras los juegos preliminares, lo mejor aún está por llegar.

Pero, como un perro pulgoso, despabiló esta imagen de su cabeza. No le convenía pensar en el sexo. En cualquier caso, esa noche sabía que iba a sentir una excitación muy parecida, y, en teoría, menos arriesgada.

El día en su casa-oficina transcurrió bien, aunque el tiempo, como en toda buena espera, parecía ralentizarse. Por la tarde se puso unos vaqueros y una camiseta, con su sempiterna cazadora de cuero negro, y enfiló las calles de su barrió en dirección al local de Izaskun.

Cuando llegó a su destino, llamó varias veces a la puerta. Tuvo que esperar unos minutos hasta que oyó que la puerta se abría subrepticiamente. Izaskun le franqueó la entrada, y, una vez más, se encontró dentro de uno de sus paraísos personales.

La vieja librería de Izaskun estaba desordenada y ajada. Recordó cuando aquel lugar había sido un espacio abierto, con estanterías llenas de libros, en el que se llevaban a cabo encuentros culturales cada semana. Le dio pena ver en qué se había convertido aquel hermoso lugar, pero la prohibición de imprimir libros, pues se consideraba un peligroso foco de contagio entre las personas, había transformado aquellos santuarios de lectura en espacios vacíos. Ahora todos los libros se descargaban de internet y se leían en los aburridos e-book.

Aunque todavía se podían conseguir en papel, si sabías dónde y a quién pedirlos. Pero ahora era una actividad de estraperlo, y había que tomar las precauciones precisas para que el gobierno no te descubriera y te multara, o algo peor.

Por supuesto, estaban ellas dos solas en el local, por lo que se quitó la mascarilla. Izaskun se dirigió al fondo del mismo de donde salió con un paquete que contenía cuatro libros: uno de Virginia Woolf, otro de Iris Murdoch, otro de María Gaínza y el cuarto de Sandor Màrai.

Gloria los cogió con suavidad, como si de un objeto delicado se tratara y le pagó a su amiga el precio desorbitado que ahora implicaba poder leer libros físicos. Pero merecía la pena.

No se entretuvo más de lo necesario. Al salir del local ya era de noche, por lo que no temió encontrarse ninguna patrulla policial por el camino.

Cuando llegó a casa, se lavó las manos y se dispuso a pasar una maravillosa noche de placer en compañía de sus viejos amigos, sabiendo que tenía “mercancía” asegurada para varios días de deleite.

Continuará…

Felicidad versus neurosis

Dice Sándor Márai en su libro Confesiones de un burgués (altamente recomendable) que “Una persona “feliz” nunca desarrollará un trabajo creativo; una persona feliz es simplemente eso: una persona feliz”. Estoy totalmente de acuerdo con él.

Siguiendo con las palabras de Márai, este habla de las obsesiones que arrebatan el alma (esta palabra es mía) de las personas creativas, de los artistas en todas sus facetas. Lo que otros llaman vocación, Márai lo simplifica como obsesión.

Sigue leyendo