Cuaderno de bitácora (sábado, 2025)

23 de mayo, 2025

Alfredo y Gloria habían llegado pronto al restaurante de San Andrés, pero esa era la costumbre en los tiempos actuales. Si no se tenía reserva hecha previamente, había que llegar, pedir turno y esperar a que te tocara. Como en la carnicería, cuando las personas iban a la carnicería. Nadie se arriesgaba a llegar con el tiempo justo para almorzar o cenar, pues lo más probable es que te quedaras sin comer, ya que los turnos de cocina en los restaurantes cerraban, todos, a las tres de la tarde para el almuerzo. Se había acabado aquel “libertinaje” de años atrás que permitía que cada restaurante o local de comidas cerrara la cocina cuando quisiera.

El Estado había sacado, tras el último confinamiento, un (otro) decreto que regulaba de forma taxativa los horarios del sector de la restauración, Y, de no cumplirse, la multa era muy elevada y solía ir aparejada con el cierre del local por un tiempo no mínimo de seis meses. Por tanto, nadie se arriesgaba, pues nadie quería perder su modo de vida y mucho menos engordar a su costa las arcas del Estado, que, después del Primer Confinamiento, acrecentaba el erario público a base de impuestos y de multas, toda vez que la mayor parte de la población aún vivía de las subvenciones aprobadas en el pasado.

A pesar de la escasez generalizada, les indicaron que tenían que esperar casi una hora. El restaurante seguía gozando de buena fama, aunque a precios desmesurados. Pero un día es un día, y aquel, en concreto, era para celebrar el reencuentro, aunque no fuera por la razón más afortunada.

Mientras esperaban, decidieron dar otro paseo por los alrededores.

  • Hacía tiempo que no veía el mar –dijo Alfredo, casi emocionado.
  • Y en tus vacaciones, ¿ya no vas a ningún sitio con mar? –Alfredo vivía en la pequeña ciudad de León, un lugar hermoso, pero a una distancia de cerca de dos horas de cualquier lugar con mar.
  • Dejé de ir. Son demasiadas las exigencias. Me aburre tanto trámite y tanto control. Hasta para venir aquí ha sido una odisea de justificantes y papeleo, pero no podía demorarlo más.

Gloria conocía perfectamente cuán difícil era ahora salir o entrar en las islas, pues cada vez que quería viajar a León –ambos eran originarios de la misma provincia, otra razón que les había servido de tema de conversación cuando se conocieron- tenía que pasar por los mismos engorrosos protocolos de viaje.

  • ¿Cuánto tiempo piensas quedarte? –preguntó Gloria.
  • No sé, hasta que logre saber qué le ha pasado a Juan.

Alfredo tenía una empresa de construcción que se dedicaba a grandes obras por todo el país, por lo que su situación económica era boyante y podía dejar el trabajo en manos de sus empleados con total confianza.

  • ¿Dónde te vas a quedar?
  • He reservado habitación en el nuevo hotel que hay en la plaza de España. La verdad es que está bastante bien. Antes de vernos ya hice el cheking y dejé mi equipaje.

Curiosamente, hasta ese momento, Gloria no había pensado en aquellos detalles de logística. La última vez que Alfredo estuvo en la isla se había quedado en su apartamento, pero, claro, habían pasado muchas cosas y mucho tiempo y las circunstancias habían cambiado.

Regresaron a la conversación de temas comunes e intrascendentes. Parecía que ninguno quisiera ser el primero en hincar el diente a aquella tensión sexual que se percibía en el ambiente. Aunque no lo hablaran, ambos sabían que las pulsiones emocionales que les habían llevado a mantener una relación en el pasado no se habían desvanecido del todo.

Aquello representaba un problema que había que afrontar pronto o tarde, pensó Gloria, pues veía difícil que pudiera estar cerca de Alfredo, ayudándole como quiera que fuera a buscar a su hijo, sin tener ganas de llevárselo al tálamo. Llevaba mucho tiempo sin tener un buen homenaje, y no podía quitarse de la cabeza la buena química que había habido entre ellos.

No obstante, tenía decidido no dar el primer paso. Había aprendido a esperar.

 

Cuaderno de bitácora del confinamiento (resiliencia)

9 de mayo, 2020

Resiliencia, concepto físico que expresa la capacidad de un material de recuperar su forma original después de haber sido sometido a altas presiones. La palabra, que proviene del inglés resilience, se ha empezado a usar en el mundo de la psicología para denotar la aptitud de las personas para superar tragedias o acontecimientos fuertemente traumáticos.

Ahora nos toca hacer acopio de toda la capacidad que podamos para poder volver a recuperar “nuestra forma original”, o lo que es lo mismo, para saber cómo vamos a volver a la vida social que conocíamos antes de la pandemia.

No, por un tiempo, que yo no me atrevo a pronosticar, pero que colijo que ni el comité de expertos (¿?) del Gobierno puede hacerlo, nada o casi nada volverá a ser lo mismo.

En Canarias, por la parte que me toca, entramos este lunes, 11 de mayo, en fase 1, pero ¿seremos capaces de ir a tomar una cerveza a una terraza con un amigo o amiga que se sentará a dos metros de distancia? ¿Iremos con mascarilla que nos quitaremos para cada trago que le demos a la tan preciada cerveza (o vino o cubata o lo que cada uno quiera tomar) y nos la volveremos a poner? Y de los pubs, donde las personas nos apiñábamos para tomar unos tragos y conversar, ni hablamos.

Y no dejo de preguntarme cómo serán a partir de ahora los encuentros sociales en mi tierra, mi querida tierra leonesa, lugar de alterne y disfrute en bares y restaurantes donde las haya. Allí, donde ir a tomar un corto de cerveza o un vino con su exquisita tapa gratis como acompañamiento, ¿se perderá tan loable y arraigada costumbre que fomenta las relaciones sociales y de amistad?

Esa “ruta de los elefantes” que en León nos encanta hacer, por ejemplo en los bares de mi pueblo, Veguellina de Órbigo, o en los populosos barrios de la capital, como el Húmedo (famoso en el mundo entero) o el Romántico, ¿qué será de ella?

Y para las personas que aún estamos en edad de merecer (¿?), ¿cómo van a ser ahora esos encuentros en los que antes conocías a otro congénere, en similar actitud, con quien entablabas una conversación delante de una copa y que daba pie a todo tipo de expectativas?

  • Hola, –dirá él a la mujer con mascarilla que está a dos metros de distancia y que manda mensajes sutiles con sus graciosos ojos.
  • Hola, –responderá ella, sonriendo con la mirada.
  • Si quieres, vamos allá –indicando un lugar apartado, muy apartado- y nos quitamos las mascarillas un ratito. ¿Te apetece? –insinuará el juguetón muchacho.
  • No sé, no sé –reflexionará ella, que se arriesga a “desnudarse” ante un hombre que luego resulta que es más feo que Picio.

Volveremos a las costumbres de hace un siglo, cuando jóvenes casaderos se hacían novios y paseaban juntos por la calle, a plena luz del día y con carabina, sin poder cogerse de la mano y cuyo primer beso llegaba en la noche de bodas. Si luego había incompatibilidades de algún tipo apechugabas con ellas el resto de tu vida.

No sé, pero vamos a necesitar mucha resiliencia, en el sentido físico del término, para volver a nuestro estado original. O tal vez, logremos solucionarlo con imaginación, con mucha imaginación.

Besos prepandémicos.

Foto de la entrada: Un hombre tranquilo, de Jonh Ford.

Si quieres pincha aquí, donde se aclaran algunas dudas de la fase 1.

Cuaderno de bitácora del confinamiento (hoy no encontramos a Pedrito)

19 de abril, 2020

Matilda, ¿sabes dónde está Pedrito?

Ella me mira fijamente, pero no me responde.

Miro en la cocina; lo busco en el salón, debajo del sofá, debajo de la mesa; reviso en el espacio que destino a la oficina; luego también inspecciono en el baño, detrás de la puerta, en la ducha, donde claro que no está, si no se hubiera duchado conmigo. Y nada.

Luego voy a la habitación, miro debajo de la cama, de los muebles, del sillón donde dejo cada noche la ropa antes de ir a dormir, y donde cada mañana la vuelvo a coger,  vestuario que ahora se limita a la ropa más cómoda que tengo para andar por casa.

Voy a la terraza y exploro entre las plantas y muevo la silla en la que cada tarde me siento un rato para disfrutar del sol, que antes de ponerse por el oeste, me hace una “visita”. La misma terraza en la que cada mañana, temprano, tomo mi té, respirando el aire puro que llega  desde las calles vacías de la ciudad, y desde donde observo la frondosa copa del milenario ficus (o higuera de Australia) de la plaza San Francisco, que mide la friolera de 15.5 metros, y de la que hace unos días los operarios del ayuntamiento podaban sus ramas, siempre enormes, siempre hermosas, siempre llenas de pájaros que oigo desde mi casa a cada momento.

  • En serio, Matilda, ¿has visto a Pedrito?- pregunto un poco más angustiada.

Vuelvo al salón, mientras Matilda me observa, pero sigue guardando silencio.

En la desesperación, abro el armario de la ropa, a lo mejor se ha quedado allí encerrado, pero tampoco lo veo. Antes de volver a cerrarlo miro con añoranza mi ropa, la de invierno, que este año no he puesto casi nada debido al tiempo tan caluroso que hemos tenido en Tenerife; la de primavera, que ahí está, sabiendo que esta estación se quedará en el armario como yo me quedo en casa; y la de verano, que espero poder llegar a poner cuando salga a la calle a ver a mis amigos, a dar un paseo, a tomar una cerveza, y que llevaré en mi maleta cuando viaje a León para pasar las vacaciones en agosto… Espero…

Aprovecharía para ordenar el armario, pero antes del confinamiento ya lo había ordenado por temporadas, por lo que es tontería sacar la ropa de nuevo para ponerla como estaba.

Es tal el orden que mantengo en mi casa –cada uno tiene sus manías- que rara vez pierdo algo, pues cada cosa está en el sitio que yo le he asignado, y, toda vez que la he utilizado, vuelve a su lugar de origen. Por lo que es más extraño, si cabe, que no encuentre a Pedrito, el gato de peluche de Matilda, que lleva en la casa con nosotras desde hace más de doce años.

Matilda lo cuida como si de un cachorro se tratara, lo coge en su boca y lo lleva de un lado a otro de la casa; le lame para dejarlo limpio (y escuálido, de lo estropeado que está el pobre) y cada noche, cuando yo me acuesto, Matilda anuncia con un suave maullido que los dos se vienen a dormir conmigo.

Pero hace varios días –no sé cuántos, en estos momentos pierdo un poco la noción del tiempo- que no veo al gato de mi gata, y después de una búsqueda exhaustiva, sigue sin aparecer.

Definitivamente, Pedrito ha tomado las de Villadiego y se ha ido de casa, porque para él no hay restricciones que valgan, como buen gato de peluche que es.

Si apareciera, os lo cuento, si no, una baja más a contabilizar en este confinamiento.

Besitos de parte de Matilda y míos.

 

Cuaderno de bitácora del confinamiento (día veintinueve)

14 de abril, 2020

¡Qué mal rollo! Hoy tenía pensado hablar de mi vecina de arriba, que me cae fatal… Pero justo antes de ponerme a escribir en este cuaderno de bitácora se me ha ocurrido mirar un vídeo que alguien envió al grupo de wasap “Quintos del 66”, que creamos cuando celebramos los 50 años y que ahí seguimos, envejeciendo (no quiero adelantarme, pero el viernes 17… bueno, ya os contaré).

El caso es que el joven presentador y humorista, creo que bastante conocido, Dani Martínez (¿será primo mío?), que por lo visto es de León, ha hecho un vídeo, en confinamiento, de la vida y las andanzas de León tan bonito… tan bonito… Y de repente una pequeña lagrimita quería asomar en mis ojos, que a tiempo he retenido, pues no quiero ponerme mustia.

Pero claro, no estoy ahora para hablar de mi vecindario, que parece la Rue del Percebe, y que, como en todos los vecindarios sus habitantes tienen sus pequeñas o grandes historias, ahora contenidas entre cuatro paredes… pero las paredes tienen oídos y una oye cada cosa…

Bueno, el caso es que me ha entrado la morriña por mi tierra, he acabado como una telarera -expresión leonesa donde las haya- y he decido que mañana os cuento por qué yo, que soy todo encanto y dulzura (valeeee, se acabaron las risas) le he cogido ojeriza a la vecina que pisa el suelo que yo techo (permitidme la licencia literaria).

Hoy me quedo aquí, acunando con suavidad mi sentimiento de leonesa, pues, como dice la canción popular, “paso la vida llorando y suspirando León por ti” (ayyyyyy).

Como decimos por allá, besines.

Cuaderno de bitácora del confinamiento (día diecinueve)

3 de abril, 2020

Disculpadme que hoy no me detenga mucho para escribir, pero es que tengo que coger un avión en la tarde, para mis vacaciones de Semana Santa. Me voy a Madrid, donde estaré un par de días, para ver a amigos (Patrick, Itziar, Sadiel, Richi…, que os quiero mucho) y visitar museos, como siempre.

Luego, ya en tren de alta velocidad, me iré a mi pueblo en León, Veguellina de Órbigo, el pueblo, para mí, más bonito del mundo; veré a mi familia, sobre todo a mi madre, y saldré de vinos con mi querida amiga Sonia, que tanto echo de menos, y con su pareja Rafa. También iré un día a León, a ver a María, otro amor de mi vida, y veremos alguna procesión, mientras ella, experta en estos temas, me va explicando cada uno de los pasos y su significado. Creo que hace frío por mi tierra, pero no importa, estoy dispuesta a aguantar lo que venga.

Y también…¡¡¡Huy!!!, creo que me he liado, esto es lo que hice el pasado año. En mi cabeza se confunden los días con las semanas y las semanas con los meses.

Y esto será lo que haga, espero, en verano (sin procesiones, claro), pero para entonces, seguro, que lo valoraré todo mucho más. Ese encuentro con mi madre será más emocionante que nunca; y lloraré más cuando tenga que dejarla para regresar a Tenerife. Abrazaré con locura a mis hermanos, cuñadas y sobrinos. Y brindaré por la vida con mis amigas y amigos.

Todo volverá a ser igual… no, será aún mejor, no tengo ninguna duda.

En cualquier caso, queridos seguidores de este blog, os dejo, que tengo que volar… con mi imaginación.

Besos y feliz Semana Impía.

Nota: la foto es de la plaza de Veguellina

León no es una comunidad y “El País” pierde “estilo”

el paísTranscribo literalmente lo que una periodista de El País escribió en la sección de Sociedad el sábado, 25 de enero, en la página 32: “Picos de Europa está gestionado por las comunidades de Cantabria, Asturias y León…”. En aras de la verdad, años atrás hubo grupos reivindicativos que quisieron que León se separara de Castilla y fuera una comunidad sola, pero eso nunca ha ocurrido y, por suerte o por desgracia, León no es una comunidad autónoma, sino una hermosa y agradable provincia.

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Algunos sí somos profetas en nuestra tierra

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Aseguran las lenguas maldicientes que nadie es profeta en su propia tierra, pero quien acuñó tal frase seguro que no era de León, tierra de acogimiento y grandeza donde las haya; y más que seguro que no era de Veguellina de Órbigo, primero porque, posiblemente, lo conocería, y segundo, porque no sabe del carácter cercano y acogedor de este pueblo hacia sus gentes, tanto con quienes hemos sido siempre de aquí, como quienes están de paso o quienes solo vienen de vez en cuando.

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