Cuaderno de bitácora del confinamiento (día once)

26 de marzo, 2020

Estoy adelganzando. Parece increible, teniendo en cuenta que el confinamiento nos empuja, en teoría, hacia la otra dirección, pero como no lo podéis comprobar visualmente, tendréis que creerme.

Y me he preguntado cómo es posible. Claro que sigo haciendo deporte, pero no con la misma intensidad que cuando podía salir a la calle; sigo alimentándome sano, como siempre… Pero la actividad física normal se ha reducido, pues ya no salgo ni por el día ni por la noche… ¡Ajá!, y aquí está la clave: al no salir por las noches ¡he dejado de beber cerveza! Yo no bebo en casa, salvo que vengan amigos y ahora…

La última vez que me di una “fiesta” de cerveza fue el miércoles, 11 de marzo, en Madrid, en un cóctel de empresarios. Y desde ese día, solo bebí un par de birras el domingo pasado -para celebrar la “llegada” de mi nuevo frigorífico-, y otra ayer en la azotea. Por lo tanto, llevo 15 días, prácticamente, sin beber cerveza.

Si no me equivoco, es la primera vez en mi vida, desde que empecé a beber alcohol -ahí, por la tierna edad de 18 o 19 años, pues antes bebía BiterKas, ¡qué vergüenza me da ahora!- que estoy tanto tiempo sin beber. Pues antes salia por las noches, uno, dos, tres… días a la semana, y caían, una, dos, tres, cuatro… o más cervezas, dependiendo de la hora de retirada. O quedaba para comer con amigos, y caían una o dos cervezas.

El caso es que ahora que no bebo cerveza he perdido, al menos, un kilo. Bueno, el confinamiento tiene también sus cosas positivas, sin duda alguna. Aunque, la verdad, estoy deseando poder volver a tomarme unas cervezas con mis amigos… aunque vuelva a recuperar el peso perdido. Además, ¿de qué me sirve tener “tipito” si no me ven más que las palomas que sobrevuelan la azotea…? En fin…

Por cierto, mañana os cuento una de “ventana indiscreta”, al más puro estilo hitchcoriano.

Abrazos y besos.

Aquel desconocido

Cuando el avión aterrizó a primera hora en el aeropuerto Norte de Tenerife, la cabeza le estallaba de dolor. Sentía como las sienes le palpitaban,  como si fueran a reventar. No había comido nada desde la noche anterior, y se sentía débil, pero, como siempre le pasaba cuando estaba estresada, triste o feliz, desaparecía la sensación de hambre y no podía probar bocado. Sigue leyendo