Cuaderno de bitácora del confinamiento (día veinticinco)

9 de abril, 2020

Jueves Santo, y aquí estamos todos confinados y confitados en casa, sin celebrar ni una mísera procesión, sin beber una limonada (en León, hasta no hace mucho, ir de limonadas se llamaba “matar judíos”, pero, por razones más que obvias, eso ya no se dice), sin llevarnos una torrija al gaznate…

En fin, mientras se cocina el bacalao que estoy preparando, cuyos ingredientes me he inventado, por lo que puede salir de todo, hoy quiero hablar de mi vecina Silvia, 93 años a la sazón.

Vivimos puerta con puerta, y muchos domingos por la tarde yo cogía mi té e iba a su casa, y hablábamos, veíamos la tele o jugábamos a algún juego de mesa. Pero que mis palabras no os confundan, yo no voy a casa de Silvia para cuidarla o acompañarla; es ella la que cuida de mí, solo que por el camino yo le doy mi cariño, mi tiempo, mi disponibilidad.

Pues bien, como ahora no puedo ir a su casa, hacemos reuniones de amigotas en el descansillo de la escalera. Yo me siento en dicho descansillo y ella en el pasillo de su casa, a una distancia más que prudencial. El otro día vino su hijo Eduardo, con quien también comparto domingos de té cuando viene a ver a su madre. Y cómo éramos tres, Silvia se quedó en la cocina; Eduardo en el pasillo, al lado de la puerta, y yo, una vez más, “castigada” al descansillo. Y así nos dio un buen rato de cháchara, risas y chascarrillos.

Silvia es muy coqueta. Ayer, cuando estaba tomándome el té con ella, recibí una videollamada mi amigo Richi (para quienes no lo conozcáis, uno de los mejores contrabajistas de jazz de este país, y lo sé bien, pues son treinta años de amistad). Pues bien, hablando del más que laureado y octogenario saxofonista Pedro Iturralde, con quien Richi toca desde hace años (esto demuestra la premisa anterior), yo le cuento:

  • Richi, estoy en el descansillo de mi escalera con mi vecina Silvia, que tiene 92 años.
  • Perdona, no me quites años, tengo 93 -replicó rauda.

Pero ahí no acaba la cosa. Yo doy la vuelta al teléfono para que ambos se conozcan y se saluden. Cuando termino de hablar con Richi, Silvia me espeta:

– Tu amigo, ¿salió el otro día en televisión?

– No lo sé -respondo asombrada.

– Sí que salió, me suena haberlo visto.

Cojo el móvil y le pregunto por wasap a Richi. La respuesta llegó esta mañana: “Sí, con Elorrieta, en un concierto en la Monumental”.

Ahí queda eso. Mi vecina Silvia tiene más capacidad intelectual que muchas personas más jóvenes que yo conozco, pero está triste por no poder salir a la calle. El otro día me dijo: “No me imaginaba que yo fuera a vivir una situación como esta”. Y eso lo dice una mujer que ha vivido una guerra mundial y una guerra civil, entre otras muchas cosas.

El día que esto pase, voy a ir a buscar a Silvia y vamos salir juntas, daremos un buen paseo y luego beberemos unas cervezas para celebrarlo, mientras nos echamos un cigarro.

Pero mientras tanto, me siento tranquila, pues mi amiga y vecina Silvia cuida de mí.

Besitos, amigos

 

Cuaderno de bitácora del confinamiento (día diecinueve)

3 de abril, 2020

Disculpadme que hoy no me detenga mucho para escribir, pero es que tengo que coger un avión en la tarde, para mis vacaciones de Semana Santa. Me voy a Madrid, donde estaré un par de días, para ver a amigos (Patrick, Itziar, Sadiel, Richi…, que os quiero mucho) y visitar museos, como siempre.

Luego, ya en tren de alta velocidad, me iré a mi pueblo en León, Veguellina de Órbigo, el pueblo, para mí, más bonito del mundo; veré a mi familia, sobre todo a mi madre, y saldré de vinos con mi querida amiga Sonia, que tanto echo de menos, y con su pareja Rafa. También iré un día a León, a ver a María, otro amor de mi vida, y veremos alguna procesión, mientras ella, experta en estos temas, me va explicando cada uno de los pasos y su significado. Creo que hace frío por mi tierra, pero no importa, estoy dispuesta a aguantar lo que venga.

Y también…¡¡¡Huy!!!, creo que me he liado, esto es lo que hice el pasado año. En mi cabeza se confunden los días con las semanas y las semanas con los meses.

Y esto será lo que haga, espero, en verano (sin procesiones, claro), pero para entonces, seguro, que lo valoraré todo mucho más. Ese encuentro con mi madre será más emocionante que nunca; y lloraré más cuando tenga que dejarla para regresar a Tenerife. Abrazaré con locura a mis hermanos, cuñadas y sobrinos. Y brindaré por la vida con mis amigas y amigos.

Todo volverá a ser igual… no, será aún mejor, no tengo ninguna duda.

En cualquier caso, queridos seguidores de este blog, os dejo, que tengo que volar… con mi imaginación.

Besos y feliz Semana Impía.

Nota: la foto es de la plaza de Veguellina