Cuaderno de bitácora del confinamiento (amor de madre)

10 de marzo, 2020

Ayer lloré con ganas. En casi sesenta días de confinamiento, no había sucumbido a la emoción como me ocurrió ayer. La razón es sencilla: tuve una videollamada con mi madre, Lucía (que todos llaman Neli), y de la que ya os he hablado. Una de las cuidadoras de la residencia la puso al teléfono y pude verla mientras hablábamos. ¡Está tan bonita!, y la vi muy bien, pero ella, como muchos de nosotros, no logra entender qué está pasando. Solo sabe que hace demasiado tiempo que ningún hijo o nieto va a visitarla.

  • Como está esta cosa del coronavirus- me explicó- no he visto a Toño (mi hermano) ni a Merçe (mi sobrina). ¿Allí estáis igual?
  • Si, mamita, en todas partes pasa lo mismo.
  • Vaya –se quedó pensativa y luego añadió:- tengo muchas ganas de verte, Dorita, y cuando te vea te voy a dar unos achuchones…
  • Y yo a ti, mamá…
  • Es que tú eres la hija de mis entrañas –así habla ella, y después me recordó, como siempre, que no le di ningún problema al nacer, y que de bebé nunca lloraba. Por lo visto hubo un tiempo muy muy lejano que no decía ni esta boca es mía… con los años lo he compensado con creces.

Hablamos un poco de esto y aquello, y concluimos con un “te quiero”, siempre necesario, pero en estos momentos más que nunca.

Cuando colgué el teléfono me eché a llorar con verdadero sentimiento. La echo mucho de menos. Suponiendo que en agosto podamos movernos entre provincias y volar, habrán pasado ocho meses sin verla.

Nunca, en 54 años que tengo, de los que llevo fuera de casa desde los 18, habré estado tanto tiempo sin verla. La vez que más tiempo pasó fueron seis meses, y entonces vivía en Ecuador, que había un océano, diez mil kilómetros y dos continentes de distancia.

Sin embargo, ahora en el mismo país, aunque con agua de por medio, todo parece más lejano que nunca, pues al tiempo que paso sin ver a mi familia se junta la incertidumbre por el futuro cercano. Todo son incógnitas, interrogantes a los que nadie parece poder dar respuestas concretas.

En cualquier caso, Lucía está bien en la residencia, cuidada y acompañada y creo que, desde ese pequeño mundo al que la han abocado a la fuerza, es incapaz de comprender la dimensión de esta pandemia, de esta situación que desborda hasta la imaginación de los más avispados.

Me pregunto qué pensaría de todo esto mi padre, Abelardo, si viviera. Pero de él, tal vez, os hable otro día.

Hoy mis palabras y todo mi amor son para mi madre.

Cuaderno de bitácora del confinamiento (día seis)

21 de marzo, 2020

Como dice la canción, fumando espero… a que me traigan mi frigorífico.

Menos mal que ayer logré una solución temporal. Bajé al supermercado ecológico que hay al lado de mi casa (cuando lo abrieron, me encantó la idea de tenerlo tan cerca, ahora desearía que estuviera dos o tres manzanas más abajo), y le comenté a Silvia, una de las maravillosas chicas que atienden con simpatía y profesionalidad la tienda, que estaba sin frigorífico.

  • ¿Te quieres llevar la nevera de corcho que tenemos aquí?
  • Ah, no sé… ¿Y si la necesitas?
  • No te preocupes, ahora no la necesito -y me prestó la nevera de corcho y hielo.

En economias de subsistencia, soluciones de subsistencia. Pero gracias a esta solución que me ha brindado mi vecina y amiga Silvia (¡gracias, preciosa!), de momento la espera se hace mejor, pero ¡necesito enfriar las cerverzas! ¿Y si, de repente, viene algún amigo/a a verme y no puedo brindarle una bebida fría? (emoticono de cara de risa).

Otra cosa mucho más bonita: ayer por la noche mi hermano Toño nos envió a la familia un vídeo de nuestra madre que le habían grabado las cuidadoras de su residencia: en él, Lucía manda besos para sus nietos Adrián y Merçe, y…, se para, ¡ah, sí, para Antonio! Y para Agustín y para Dorita nada. ¡Mi preciosa mamita!, la echo tanto de menos… Y más ahora que sé que no podré verla en Semana Santa.

Llevo fuera del pueblo, a ver… (estoy contando)…, ya, 36 años, y en todos estos años solo he dejado de ir en vacaciones por razones ajenas a mi voluntad en tres ocasiones: unas Navidades, porque vivía en Ecuador; un verano en plena crisis de 2008; y una Semana Santa que tenía trabajo. Este año será la cuarta vez. Todas las veces anteriores, ha sido muy triste para mí no poder estar con mi familia. No sé cómo será en esta ocasión, pero lo que si sé es que en Semana Santa seguiremos en confinamiento, por lo que ya tendré tiempo de contarlo.

Mamita, te quiero mucho, y cuídate, que pronto podré ir a verte.

Abrazos, amigas y amigos.

Nota: la foto que ilustra esta entrada es de Villoria de Órbigo, el pueblo donde está la residencia.