Cuaderno de bitácora del confinamiento (tenemos nuevo inquilino)

20 de abril, 2020

A rey muerto, rey puesto. No, no me he cargado a ningún político en activo –de eso se encargará el tiempo-, lo que pasa es que ayer, más tarde, supe que Pedrito ha “pasado a mejor vida”, como ya sabéis algunos. Cayó al patio del vecino de abajo, quien lo vio, lo dejó un par de días –cuenta él- al fresco y como nadie lo reclamó, y el pobre estaba hecho un adefesio, acabó en la basura… espero que, al menos, lo reciclara.

Cuando el joven y guapo de mi vecino, que salió a la puerta a pecho descubierto (ufffff), me explicó lo que había ocurrido y cuánto lo sentía (¡huy, qué pena…!), la verdad es que me quedé muy triste.

Imaginé a la pobre Matilda compungida, si es que los gatos se compungen, y cariacontecida por la pérdida de su gato de peluche. Al volver de comprar el periódico, encontré a mi vecina Silvia y a su hijo Eduardo comiendo juntos pero bien separados. Yo, desde más lejos, les hice partícipe de mi aflicción, más propia de lo que ya se ha dado en llamar el Gran Confinamiento que por la pérdida de un estropeado gato de peluche.

  • ¿Por qué no le compras otro en el kiosco de la plaza de España? –me sugirió, muy cabalmente, Eduardo.
  • ¿Dónde esa pareja tan desagradable y malencarada?
  • Sí, pero está abierto…
  • No sé, es que tal vez Matilda no quiera otro –apostillé.

En ese momento sonó mi móvil. Era mi querida amiga Ana, que con premura pasó a contarme lo siguiente:

  • Doris -me dijo- no estés triste por Matilda, pues el gato de peluche lo utilizaba como forma de jugar contigo, no por apego a él. Cuando yo me quedé en tu casa, comprobé que no le prestaba atención. No sé si esto te sirve de algo.
  • Me sirve de mucho, Ana, muchas gracias por contármelo –colgué el teléfono muy agradecida por el gesto de solidaridad y dejé a Eduardo y a Silvia para ir al kiosco de marras antes de que cerraran.

Compré un perrito de peluche, blanco con pintas negras, que ha pasado a llamarse Pablito. Ya se lo presenté a Matilda, que de momento no le presta mucha atención, pero supongo que las dos necesitamos tiempo para acostumbrarnos al nuevo inquilino.

Conclusión:

Uno: yo estaba triste por mí misma, no por lo que pudiera estar pasando en los sentimientos gatunos de mi animal de compañía, algo que, por otra parte, desconozco.

Y dos: en tiempos del cólera es fácil transferir nuestros sentimientos de frustración, ira o tristeza a otras personas… incluso a otros animales.

Por tanto, mantengámonos alerta –y nunca mejor dicho- y cerremos las ventanas cuánto podamos para evitar los “magnicidios” de animales de peluche.

Miauuuuuuuuuu.

La mujer del espejo

Eloísa se miró por cuarta, tal vez por quinta vez al espejo. Se sentía envejecida. Tres meses, solo habían pasado tres meses, y de repente parecía que fuera toda una vida.

No, le dijo Eloísa a la mujer que se reflejaba en el espejo, tú no eres yo. Yo soy fuerte, yo no sufro, yo no lloro nunca. Sin embargo, tú eres una llorona, eres débil, pusilánime. Llevas semanas llorando como una niña chica a la que han quitado su juguete más preciado.

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