Cuaderno de bitácora del confinamiento (día veintiuno)

5 de abril, 2020

  • ¡¡¡Se acabó!!! A vuestras habitaciones. ¡Ahora mismo!
  • Pero, mamá…
  • No hay mamá que valga. Cada uno a su habitación y no vais a salir de ahí hasta que yo lo diga.
  • Pero, ¿por qué, mamita?
  • ¿¿¿Por qué??? ¿Cuánto tiempo llevo diciéndoos que os portéis bien? Que me obedezcáis; que recojáis vuestras habitaciones; que no dejéis basura tirada en cualquier sitio; que no desperdiciéis la comida; que no malgastarais vuestros dinero en cosas inútiles o que no necesitáis; que no estuvierais todo el día en el ordenador, que salierais a la calle con vuestros amigos. ¿Cuánto tiempo llevo diciéndoos que yo os cuidaré siempre, pero para eso tenéis también que cuidarme? ¿Cuánto tiempo llevo diciéndoos que tengáis en cuenta mis necesidades, pues esta familia es cosa de todos? ¿Cuántas veces os he dicho que os estáis pasando de la raya, que cada vez estoy más enferma, más cansada, más harta y que llegaría un día que me hartara del todo?
  • Mucho tiempo, mamita, mucho tiempo. Pero como siempre, aunque nos riñeras, acababas con una sonrisa, pensamos que… bueno que no estabas tan enfadada.
  • Pues lo estoy. Estoy realmente enfadada, por eso esto se acabó definitivamente. Ahora, meteros cada uno en vuestra habitación y os quedaréis ahí hasta que yo lo decida.
  • Porfi, mamita, no nos hagas esto.
  • Os lo habéis hecho vosotros mismos, por no cuidar a quien os cuida.

Mamá es la Tierra y sus hijos somos nosotros.

Besos

Cuaderno de bitácora del confinamiento (día veinte)

4 de abril, 2020

Dicen, quienes saben de esto, que la poesía necesita tiempo de reflexión y sabiduría para que, un verso, una idea, una palabra o un sentimiento, se convierta en lugar común en el que todos, o muchos, o algunos, al menos, nos reconozcamos.

Dicen que las buenas ideas son aquellas que maduran con el tiempo, como este Tiempo de cerezas tan personal que cada día me acerca a ti, a nosotros, a vosotros, a todos… y en última instancia a mí misma, pues qué es, sino, una forma personal e intransferible de hablar de aquello que me gusta, que me inquieta, que me preocupa o que me ocupa.

Qué es este Tiempo de cerezas sino la forma de mantenerme en contacto con las personas que quiero, que quise y que querré.  Este blog llena vacíos que dejaron las prisas, el estrés, el “perdona, pero ahora no puedo hablar contigo”; el “uffff, tengo una semana muy liada, ya te llamaré cuando pueda”; el “venga usted mañana” de toda la vida.

Dicen, quienes entienden de esto, que la poesía necesita espacio y tiempo, sobre todo tiempo. Y aquí lo tenemos, todo el tiempo del mundo para relajarnos, reflexionar, hablar, amar, sentir… La vida, caprichosa y tornadiza ella, nos ha regalado TIEMPO, en mayúsculas. Se acabaron las excusas, el “perdona, cariño, pero ahora no puedo…”.

Como dice la canción de Aute “no te desnudes todavía”, pues ahora puedo dedicar un momento, o dos, a mirarte, a reconocerte de nuevo, pues había olvidado tu cara de tanto verla sin observarla.

Dicen, quienes de esto saben más que yo, que si nos paramos a contemplar, a meditar o simplemente a pensar, descubriremos un mundo que estaba ahí, pero que hemos dejado de apreciar.

La vida nos ha regalado un momento, un instante (¿qué es esto en comparación con la inmensidad del mar?), para querernos más a nosotros mismos. No lo desaprovechemos, pues una oportunidad así no se volverá a repetir.

Dicen que la buena poesía no se escribe en una hora, ni en un día ni en una semana ni, tal vez, en varios meses. Dicen que la buena poesía lleva toda la vida, porque nuestra vida siempre ha sido poesía (ya lo dijo Bécquer, “poesía… eres tú”), y porque esto que yo hoy escribo, querido amigo, no, no es poesía.

Esto soy yo.

Os quiero.

Cuaderno de bitácora del confinamiento (día diecinueve)

3 de abril, 2020

Disculpadme que hoy no me detenga mucho para escribir, pero es que tengo que coger un avión en la tarde, para mis vacaciones de Semana Santa. Me voy a Madrid, donde estaré un par de días, para ver a amigos (Patrick, Itziar, Sadiel, Richi…, que os quiero mucho) y visitar museos, como siempre.

Luego, ya en tren de alta velocidad, me iré a mi pueblo en León, Veguellina de Órbigo, el pueblo, para mí, más bonito del mundo; veré a mi familia, sobre todo a mi madre, y saldré de vinos con mi querida amiga Sonia, que tanto echo de menos, y con su pareja Rafa. También iré un día a León, a ver a María, otro amor de mi vida, y veremos alguna procesión, mientras ella, experta en estos temas, me va explicando cada uno de los pasos y su significado. Creo que hace frío por mi tierra, pero no importa, estoy dispuesta a aguantar lo que venga.

Y también…¡¡¡Huy!!!, creo que me he liado, esto es lo que hice el pasado año. En mi cabeza se confunden los días con las semanas y las semanas con los meses.

Y esto será lo que haga, espero, en verano (sin procesiones, claro), pero para entonces, seguro, que lo valoraré todo mucho más. Ese encuentro con mi madre será más emocionante que nunca; y lloraré más cuando tenga que dejarla para regresar a Tenerife. Abrazaré con locura a mis hermanos, cuñadas y sobrinos. Y brindaré por la vida con mis amigas y amigos.

Todo volverá a ser igual… no, será aún mejor, no tengo ninguna duda.

En cualquier caso, queridos seguidores de este blog, os dejo, que tengo que volar… con mi imaginación.

Besos y feliz Semana Impía.

Nota: la foto es de la plaza de Veguellina

Cuaderno de bitácora del confinamiento (día dieciocho)

2 de abril, 2020

Eso es. Ya lo sabía yo. Dios nos dio las azoteas para que, además de tender la ropa, pudiéramos también tendernos al sol, mirar al horizonte más allá de las cuatro paredes de nuestras casas y hacer deporte, entre otras funciones.

Dios nos dio azoteas porque sabía que algún día las íbamos necesitar de verdad.

Ayer, cuando subí a la azotea de mi edificio a correr me encontré con lo siguiente: en la azotea de al lado paseaba un hombre, que se presentó como Pedro. Luego llegó una mujer joven con sus dos hijos, un niño de unos cuatro años y la niña de siete u ocho. Mientras la madre hablaba por el móvil con su mamma (era italiana), el niño me miraba y me miraba, y me saludaba en cada vuelta que daba a la azotea. Y la niña, al cabo de un rato, me imitó y se puso a hacer estiramientos y a correr por su azotea. Ya desde pequeños apuntamos maneras.

En otra azotea vi a dos personas andando y en una tercera, un hombre también caminaba. A la hora de los aplausos, algunas personas lo hicieron desde las azoteas, y yo puse en mi móvil la nueva versión de Resistiré, que cada vez que le digo a un amigo que se la reenvío me dice que ya la tiene. ¡Madre mía, como corre la información en el mundo del wasap!

Y hablando de Dios. Como bien es sabido, hasta la fecha, las siglas AC y DC (a. de C. o d. de C. en abreviatura), significaban antes de Cristo y después de Cristo. Pues eso ya ha cambiado, ahora AC es antes del confinamiento y DC, después del confinamiento (porque nos espera un después).

Se siente, Cristo, has perdido tus siglas (y con ello las abreviaturas). No habernos mandado una plaga en forma de virus invisible que nos tiene a todos anclados en las casas, preocupados y cariacontecidos. Tú lo has querido.

Cuando esto termine, seguro que muchas de nuestras conversaciones empiezan de esta guisa: “Antes del confinamiento yo…, pero ahora, después del confinamiento,…” (cada uno que rellene los puntos suspensivos con lo que quiera).

Aunque lo que ahora nos toca es el MEC, es decir, mientras exista confinamiento, y en estas lides yo me he propuesto escribir cada día en este cuaderno de bitácora tan sui generis, al menos para no volverme loca, aunque, de momento, ya os digo hermanos, que lo llevo bastante bien.

Capachurros para ñotos (¡huy!, pues no lo llevo tan bien como creía).

Cuaderno de bitácora del confinamiento (día diecisiete)

1 de abril, 2020

Vamos a ver, pongamos orden. La entrada de ayer fue un éxito de lectores, superó con creces a los post más leídos de este Cuaderno de bitácora, levanto “ampollas” y suscitó dudas, que hoy me propongo aclarar, con los datos que tengo (que no son muchos).

Por un lado, indicaros que la historia, por extraña que parezca, es real. Mi hermano Agustín me contó ayer (después de leer el post) que él fue varios años el 1 de enero para que Antolín le diera el aguinaldo, dice que olía bastante mal, pero que era simpático y que con los años llegó a pesar más de 180 kilos.

Agustín cuenta que, a veces, jugaba un rato con el tío abuelo mientras lo vestían y le adecentaban la cama, una cama bastante alta, por lo visto, que obligaba a mi hermano a subirse a la misma para poder darle un beso.

A la pregunta que se suscitó sobre si salía de la habitación para ir al baño, dos cuestiones: en aquellos tiempos, los baños en las casas de los pueblos estaban fuera de las mismas (o en las cuadras) por lo que las personas se apañaban con el orinal (también conocido como bacinilla, mensaje para navegantes). Dice Agustín, que de momento es la fuente más fiable que tenemos a mano, que Antolín tenía una bacinilla y una palangana en un lado de la habitación, donde  hacía sus abluciones y demás menesteres.

En la noche me llamó mi otro hermano, Toño, y ¡claro que recuerda a nuestro tío abuelo!, solo que él no sabe muy bien el motivo de su encamamiento, supongo que tampoco le preocupaba, pero también fue a verlo en varias ocasiones (“ya sabes -me dijo Toño- vivía en la casa de la curva al entrar en el pueblo”, y yo me acuerdo de esa casa, aunque no sé por qué).

Mi primo Tomás Ferrero, de la otra rama de la familia  -ya lo conocéis como el “panadero” del grupo- y otro sancristobalense (¿cuál es el gentilicio de San Cristóbal de la Polantera?, no creo que sea polantero), conoce la historia, y él oyó decir que Antolín creía que tenía una enfermedad incurable y que se metió en la cama a esperar la muerte.

Yo he relatado la historia que mi madre me ha contado, dado que Antolín era tío carnal de mi padre. Y se siente, Tomás, me quedo con lo que cuenta mi maravillosa madre, aunque se líe con los recuerdos. Sea cierta o no la historia de Lucía, ¡¡¡madre solo hay una!!!, y primos muchos, y más en nuestra familia que tenemos para regalar, jejeje.

Por cierto, la viejita dice que si su hermana Consuelo (mi abuela) hubiera vivido (murió con 44 años), le hubiera dado a Antolín un par de bofetones bien dados y le hubiera sacado de la cama a patadas, ¡buena era ella para tonterías, que a pesar de vivir poco parió 10 hijos! Aunque, lamentablemente, eso nunca lo sabremos.

En cualquier caso, a lo mejor uno de sus descendientes, hijo/a o nieto/a, lee este blog y se comunica conmigo para contarme los detalles que nuestra familia desconoce, ese día a día de un hombre que decide renunciar a la vida, sin pensar en las consecuencias de tan atrabiliaria decisión.

Tal vez, la magia de internet me traiga nuevos datos, si no me tendré que quedar con lo que es una verdad absoluta: mi tío abuelo Antolín Fuertes vivió encamado 25 años sin estar enfermo, al menos al principio…

Mañana vuelvo sobre el confinamiento que ahora a todos nos ocupa (salvo que haya notición…)

Besos, amigos.

Nota: si te has perdido, ver la entrada del día dieciséis.

Cuaderno de bitácora del confinamiento (día dieciséis)

31 de marzo, 2020

Hay confinamientos voluntarios y confinamientos obligatorios. Sobre los últimos ya sabéis de qué van. Por eso, hoy voy a hablar de los confinamientos autoinfringidos, del solipsismo llevado al paroxismo (perdonad los “palabros”, pero es que hoy me siento inspirada…).

Uno de los confinamientos voluntarios del que más se habla estos días en los medios de comunicación es el del señor Xavier de Maistre, que allá por el siglo XVIII (1794), escribió Viaje alrededor de mi habitación, todo un éxito de ventas (?). Como consecuencia de un duelo, De Maistre tuvo que permanecer encerrado en su habitación 42 días, acompañado de su criado y su perro. ¡Ni p´a tanto!

Otro ejemplo literario: El varón rampante, relato del insigne Ítalo Calvino (que junto con El vizconde demediado y El caballero inexistente completa la trilogía). Es la historia del joven aristócrata Cosimo, quien a los 12 años decide subirse a los árboles y promete nunca más volver a pisar el suelo, después de una discusión familiar. Y lo cumple (os recomiendo su lectura, incluso en estos días).

Pero el caso de autoconfinamiento (y empecinamiento) más extremo que he conocido en mi vida forma parte de mi propia familia (¡cómo no!). Un tío abuelo mío, por parte de padre, se pasó la friolera de 25, repito más claro, 25 años postrado en la cama. Parece increíble, pero si conocierais a los habitantes de San Cristóbal de la Polantera (mi pueblo natal y el lugar de autos), sabríais que da para mucho.

Este tío abuelo era hermano de mi abuela paterna (Consuelo Fuertes) y se llamaba Antolín. Pues bien, Antolín (según cuenta mi madre, Lucía) se enfadó, pero a base de bien, porque una herencia que consideraba que le correspondía a su mujer Isabel (ni tan siquiera era suya), pasó a manos de una tercera persona y ellos se quedaron compuestos y sin ver un duro, a pesar de que ya tenían tierras y vivían bien de las rentas.

Antolín tenía entonces la tierna edad de 51 años y como consecuencia de la rabieta descomunal que se pilló, se metió en la cama porque pensaba que había sido víctima de una terrible injusticia y nunca más volvió a salir de su habitación, salvo con los pies por delante cuando murió a los 76 años.

Dicen que no quería ver a nadie que no fuera su mujer y, a penas, a sus hijos. Pero un día -cuenta la leyenda- mi hermano Agustín, siendo pequeño, acompañó a mi madre a visitar a la tía abuela, y cuando nadie lo veía se coló en la habitación y le brindó a don Antolín alguna gracieta  infantil. Este quedó tan encantado que le pidió a mi madre que lo llevara alguna vez para verlo (Agustín sigue con sus gracietas, aunque no sé si hacen tanta gracia -¡te quiero, hermanito!-).

El caso es que la vida pasó por delante de la puerta de la habitación de este buen hombre que se fue distanciando de su familia. Sus hijos crecieron, estudiaron, se casaron y tuvieron a su vez hijos, y Antolín en sus trece. Cuando, muchos años después, quiso levantarse, su cuerpo estaba absolutamente entumecido y lastrado por semejante  sedentarismo.

Como veis, la realidad supera siempre la ficción. Lo que estamos viviendo en estos días, ni el más catastrofista se lo hubiera imaginado, pues en las películas distópicas en las que un virus mata a toda la población, suele ser en Estados Unidos (a los pobres les toca siempre), pero esta vez nos ha tocado a todos y es real.

Bueno, no desfallezcáis y, sobre todo, no paréis de moveros.

Abrazos, amigos.