¿Qué es Tiempo de Cerezas?

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cereza3Tiempo de Cerezas es el blog de Doris Martínez Ferrero, fundadora y gerente de la empresa Marisma Comunicación y formadora en Comunicación Escrita.

Después de casi tres décadas trabajando como periodista y más de un lustro como formadora en el apasionante mundo de la comunicación escrita, como gestora de contenidos y redactora de textos para webs, blogs y otras plataformas virtuales, entendí que todo este conocimiento, adquirido paso a paso y madurado en el árbol como la buena fruta, debía ponerse al servicio de todas las personas que quisieran conocerlo y que estén interesadas en mejorar, más si cabe, sus conocimientos en el mundo de la comunicación escrita.

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Cuaderno de bitácora (2025)

25 de mayo, 2025

Alfredo consiguió aparcamiento cerca de la casa de Gloria. Ya eran más de las tres de la tarde y hacía un calor asfixiante, una sensación que se incrementaba con la mascarilla. Gloria nunca se acostumbraría a ella, por muy sofisticada que fuera.

Al llegar a la casa, franqueó la entrada a Alfredo, quien miró de hito en hito aquel apartamento que tan bien conocía.

  • Sigue como siempre, más o menos.
  • ¿Y qué esperabas? Ya sabes mi reticencia a cambiar muebles sin necesidad. Bueno, el frigorífico es nuevo –indicó, por decir algo.

Matilda salió a recibirles, se acercó a Alfredo y le pasó el lomo por la pierna.

  • Parece que aún se acuerda de mí –dijo muy ufano.
  • O que hace mucho tiempo que no entra nada tan parecido a un macho en esta casa –bromeó Gloria.

Se dirigió a la cocina, llenó y encendió el calienta aguas, puso el té en la tetera y sacó dos tazas del armario. Todo este trivial proceso lo llevó a cabo con parsimonia. Tenía que sopesar las prioridades y coligió que ahora era momento tratar el tema que había traído a la isla a Alfredo, que no era precisamente ella.

Él estaba en la terraza, fumando.  Gloria llegó con el té. Se acomodaron en la mesa de la terraza y guardaron silencio.

  • Bien –fue Gloria la que se decidió a hablar.- Dime exactamente en qué crees que puedo ayudarte.
  • En mucho. Por un lado, por si tengo que moverme por la isla. Tú la conoces mucho mejor que yo. Por otra parte, yo no conozco aquí a nadie, sin embargo, tú conoces a mucha gente que podríamos necesitar –Alfredo hizo una pausa antes de continuar-. Me estoy imaginando lo peor. Juan es muy independiente, pero solemos hablar una vez a la semana, como mucho, cada dos semanas. Nunca había estado sin llamarme tanto tiempo. Además, si tuviera algún problema ¿por qué no me ha llamado? Y, lo que es peor, ¿por qué su móvil sigue apagado?

Alfredo se llevó la taza a la boca, pero el té aún estaba algo caliente. Gloria aprovechó la pausa para confirmar, mentalmente, que su móvil estaba en el bolso que había dejado en la habitación.

  • Hablando de móviles, ¿dónde tienes el tuyo?
  • Aquí –Alfredo indicó el bolsillo del pantalón.
  • Dámelo –Gloria extendió su mano y cogió el móvil de Alfredo que la miró con cara de interrogación.

Se fue a la habitación y dejó el móvil al lado del suyo. Si dos móviles estaban juntos, el geolocalizador los contabilizaba como uno solo. Había que mantener dos metros de distancia entre las personas para que las señales no se solaparan. Y, casualmente, la distancia de seguridad que recomendaba el Estado para protegerse contra el virus era dos metros.

  • Es mejor que, de momento, ellos no nos oigan –dijo Gloria cuando volvió a la terraza.

Ambos sabían que “ellos” se refería a la Agencia de Control y Seguimiento de la Pandemia que había creado el Estado hacía cuatro años y que, en teoría, pretendía hacer, a través de la telefonía móvil, un seguimiento de posibles focos de infección o de personas infectadas, con el fin de actuar con premura. Pero esa era solo una de las muchas funciones que dicha agencia, dotada de un alto presupuesto y de capacidad de intervención autónoma, tenía.

El fin último, como se había constatado en muchas ocasiones, era controlar a la población, sus movimientos, sus intereses personales y sus grupos de influencia. En condiciones normales, a Gloria le importaba un bledo que el Estado supiera dónde estaba, con quién y de qué hablaba. Pero en ese momento, le explicó a Alfredo, un poco de precaución no estaba de más. Tal vez tanto control la había vuelto paranoica. Pero aquellos eran buenos tiempos para la paranoia y malos para la lírica, pensó Gloria parafraseando una canción del ochentero grupo Golpes Bajos.

  • Continúa –le alentó Gloria.
  • Hay poco más que contar. Sé que le detuvieron durante el último confinamiento, por saltárselo. Lo retuvieron durante cuarentaiocho horas y luego le dijeron que le llegaría la multa. Fue la última vez que hablé con él.
  • ¿Te contó qué pasó en el Centro de Desactivación?
  • Le pregunté, pero no quiso hablar de ello. Me dijo que ya me lo contaría cuando nos viéramos. Pero me aseguró que estaba bien. Y el resto ya lo sabes.

Gloria se quedó pensando mientras daba pequeños sorbos a su té. Definitivamente, debía de haber una relación entre ambos hechos, pero no se podía imaginar cuál.

  • Bien, pues deberíamos hablar de nuevo con la madre y después ver si podemos localizar al amigo, ¿no te parece?

La pregunta se desvaneció en el aire caliente que entraba por la ventana.

Cuaderno de bitácora (domingo, 2025)

24 de mayo, 2025

Por fin estaban ya en el restaurante. Les había tocado un reservado al final del mismo. Las mesas estaban separadas por mamparas, lo que permitía mayor intimidad, muy lejos de aquellos espacios abiertos y abigarrados de antes. Habían quitado la barra en los restaurantes, lo que por un lado permitía disponer de más sitio para los comensales, y, por otra parte, evitaba que las personas estuvieran de pie, codo con codo. Aquella camaradería ya pertenecía a otros tiempos. Pidieron la comanda: una sama a medias y una ensalada, acompañado de un vino blanco del país.

  • Veo que sigues escribiendo y publicando –le dijo Alfredo.
  • Sí, si quiero ganar el Nobel de Literatura tengo que darme prisa –bromeó Gloria.
  • He leído tu último libro. Me gustó.
  • Me alegro. –Comprobó que él seguía su estela profesional.
  • Pero ya sabes que mi novela favorita sigue siendo No te mentiré.
  • Bueno, eso ya es pasado –observó Gloria con cierta melancolía.
  • Creo que ahora tu estilo está más depurado, aunque yo no entiendo mucho de eso, pero antes había más pasión en lo que escribías –se explicó Alfredo.

Sí, pensó Gloria, tal vez tuviera razón, pero ahora ya no tenía muchas pasiones de las que hablar. Echaba de menos aquellos embates de olas emocionales que chocaban contra la roca de sus sentimientos. Aquel embravecido mar emocional era, sin duda, arriesgado, pero hacía que se sintiera viva. En estos momentos sus sentimientos estaban encallados en una playa desierta, desde donde contemplaba una vida que poco tenía que ver con su pasado. Por eso su escritura se había vuelto más madura, en cierto modo, pero al mismo tiempo, menos profunda respecto a los sentimientos propios y ajenos. Se preguntaba a quién podían interesar sus digresiones personales, sus pensamientos más íntimos, propios de un tiempo en el que las relaciones humanas eran… más humanas, por redundante que pareciera.

  • Bueno, la vida ha cambiado y yo con ella –respondió de forma ambigua.
  • ¿No estás saliendo con nadie? –Alfredo vio una oportunidad, muy pillada por los pelos, para afrontar el tema que ahora le carcomía.
  • No –aquel monosílabo estaba cargado de intención.

Alfredo guardó silencio. Acababa de llegar la comida. Por fin se pudieron quitar las mascarillas.

  • ¿Y tú? –preguntó Gloria cuando el camarero se fue.
  • Bueno, ahora no. Estuve con alguien, pero no salió bien y lo dejamos hace meses.

Ese era el Alfredo que conocía. Un hombre necesitado siempre de tener una mujer a su lado. La buscaba con denuedo, pues la soledad le oprimía la garganta como la cuerda al suicida.

  • Supongo que tú también habrás salido con alguien en este tiempo –estaba empeñado en meter el dedo en las cuestiones emocionales.
  • Nada que merezca la pena mencionar.

“Literalmente”, pensó Gloria, pues los pocos escarceos que había tenido habían sido un poco nefastos, amén de que con los controles sanitarios que había para evitar el contagio de aquella pandemia que no había vacuna que acabara con ella, todo se complicaba seriamente. Ella había sido mujer de llegar y besar el santo –o el diablo, dependía- y ahora entablar una relación con alguien requería de un protocolo bastante tedioso. Había que hacer una elección muy certera, pues si no perdías un sinfín de tiempo para luego comprobar que el hombre de marras no te gustaba lo suficiente. Por eso Gloria se había vuelto paciente, a la fuerza ahorcan.

  • Por cierto, ¿cómo está Marta? –preguntó Gloria para desviar el tema, pues temía delatar sus intenciones con antelación.

Marta era la hija de Alfredo, tres años menor que Juan, que había estudiado una de aquellas carreras de nuevo cuño que tenía algo que ver con el medioambiente y cuya nomenclatura, harto complicada para las personas que venían del BUP, nunca recordaba.

  • Muy bien. Hace un par de años volvió a León conmigo. Ya no soportaba vivir en Madrid. Hizo una formación en forestales, ahora trabaja como guardabosques y está encantada.

Gloria no había conocido a Marta, pues la época que ellos estuvieron juntos, ella estudiaba en Madrid. Por supuesto, sí había conocido a Juan, aunque lo había visto solo en un par de ocasiones. La familia de Alfredo había sido para ella eso, “su familia”, y no se inmiscuía en la misma. Era parte del equipaje personal que él traía, pero nunca tuvo intención de asumir cargas ajenas, bastante tenía consigo misma.

Volvieron a guardar silencio mientras daban cuenta de la comida. Era todo un poco insólito, siempre habían sido locuaces en sus comunicaciones personales –más Gloria que Alfredo, pero también porque la vida de ella era más interesante y llena de recovecos que la de él- y ahora parecía que no tuvieran mucho que contarse. Pero ese silencio era tan falso como el simulacro sicalíptico que estaban manteniendo desde hacía horas.

  • Está haciendo mucho calor –dijo Alfredo.
  • Claro, aquí siempre. Esto no es León –apuntaló Gloria.
  • Después de comer podríamos tomar el café en tu casa, si te parece… –Alfredo sonrío y su rostro se iluminó como el niño que está a punto de recibir su regalo deseado.
  • Ya sabes que yo no tomo café, solo té –los ojos de Gloria centellearon.

La propuesta quedó certificada, había poco más que argüir.

Cuaderno de bitácora (sábado, 2025)

23 de mayo, 2025

Alfredo y Gloria habían llegado pronto al restaurante de San Andrés, pero esa era la costumbre en los tiempos actuales. Si no se tenía reserva hecha previamente, había que llegar, pedir turno y esperar a que te tocara. Como en la carnicería, cuando las personas iban a la carnicería. Nadie se arriesgaba a llegar con el tiempo justo para almorzar o cenar, pues lo más probable es que te quedaras sin comer, ya que los turnos de cocina en los restaurantes cerraban, todos, a las tres de la tarde para el almuerzo. Se había acabado aquel “libertinaje” de años atrás que permitía que cada restaurante o local de comidas cerrara la cocina cuando quisiera.

El Estado había sacado, tras el último confinamiento, un (otro) decreto que regulaba de forma taxativa los horarios del sector de la restauración, Y, de no cumplirse, la multa era muy elevada y solía ir aparejada con el cierre del local por un tiempo no mínimo de seis meses. Por tanto, nadie se arriesgaba, pues nadie quería perder su modo de vida y mucho menos engordar a su costa las arcas del Estado, que, después del Primer Confinamiento, acrecentaba el erario público a base de impuestos y de multas, toda vez que la mayor parte de la población aún vivía de las subvenciones aprobadas en el pasado.

A pesar de la escasez generalizada, les indicaron que tenían que esperar casi una hora. El restaurante seguía gozando de buena fama, aunque a precios desmesurados. Pero un día es un día, y aquel, en concreto, era para celebrar el reencuentro, aunque no fuera por la razón más afortunada.

Mientras esperaban, decidieron dar otro paseo por los alrededores.

  • Hacía tiempo que no veía el mar –dijo Alfredo, casi emocionado.
  • Y en tus vacaciones, ¿ya no vas a ningún sitio con mar? –Alfredo vivía en la pequeña ciudad de León, un lugar hermoso, pero a una distancia de cerca de dos horas de cualquier lugar con mar.
  • Dejé de ir. Son demasiadas las exigencias. Me aburre tanto trámite y tanto control. Hasta para venir aquí ha sido una odisea de justificantes y papeleo, pero no podía demorarlo más.

Gloria conocía perfectamente cuán difícil era ahora salir o entrar en las islas, pues cada vez que quería viajar a León –ambos eran originarios de la misma provincia, otra razón que les había servido de tema de conversación cuando se conocieron- tenía que pasar por los mismos engorrosos protocolos de viaje.

  • ¿Cuánto tiempo piensas quedarte? –preguntó Gloria.
  • No sé, hasta que logre saber qué le ha pasado a Juan.

Alfredo tenía una empresa de construcción que se dedicaba a grandes obras por todo el país, por lo que su situación económica era boyante y podía dejar el trabajo en manos de sus empleados con total confianza.

  • ¿Dónde te vas a quedar?
  • He reservado habitación en el nuevo hotel que hay en la plaza de España. La verdad es que está bastante bien. Antes de vernos ya hice el cheking y dejé mi equipaje.

Curiosamente, hasta ese momento, Gloria no había pensado en aquellos detalles de logística. La última vez que Alfredo estuvo en la isla se había quedado en su apartamento, pero, claro, habían pasado muchas cosas y mucho tiempo y las circunstancias habían cambiado.

Regresaron a la conversación de temas comunes e intrascendentes. Parecía que ninguno quisiera ser el primero en hincar el diente a aquella tensión sexual que se percibía en el ambiente. Aunque no lo hablaran, ambos sabían que las pulsiones emocionales que les habían llevado a mantener una relación en el pasado no se habían desvanecido del todo.

Aquello representaba un problema que había que afrontar pronto o tarde, pensó Gloria, pues veía difícil que pudiera estar cerca de Alfredo, ayudándole como quiera que fuera a buscar a su hijo, sin tener ganas de llevárselo al tálamo. Llevaba mucho tiempo sin tener un buen homenaje, y no podía quitarse de la cabeza la buena química que había habido entre ellos.

No obstante, tenía decidido no dar el primer paso. Había aprendido a esperar.

 

Cuaderno de bitácora (viernes, 2025)

22 de mayo, 2025

Gloria y Alfredo caminaron en dirección al paseo marítimo, donde se veían algunas personas transitando, unas de paseo, otras parecían dirigirse a sus trabajos u obligaciones personales.

Alfredo le contó que hacía casi un mes de la última vez que había hablado con Juan y desde entonces nada: su móvil estaba siempre apagado. Parecía estar bien. Juan había trabajado como informático en una multinacional que tenía su sede en las islas (por eso de las exenciones fiscales), pero se había quedado en el paro (primero le llamaron ERTE y luego “a la calle sin contemplación”) tras el primer confinamiento. Luego, había hecho algunos trabajos por su cuenta, para salir al paso, pero, por lo que le había contado, hacía unos meses que no tenía nada. En aquel tiempo había vuelto a vivir con la madre, de la que Alfredo llevaba más de diez años separado, y que era isleña.

  • ¿Y ya has hablado con la madre? –la pregunta era de cajón.
  • Sí, antes de venir, pero ya sabes cómo es… -dejó la frase sin terminar, estaba sobreentendida-. Me dijo que hacía más de dos meses que había decidido irse de la casa, porque, por lo visto, no se llevaba bien con su actual nueva pareja. No se entendían y discutían continuamente.
  • Y ¿ella no sabe dónde está ahora?
  • Me dijo que no, que Juan se había ido de la casa muy enfadado, que le había dicho que no quería saber nada de ella y que por eso no se había molestado en llamarle. Ya sabes cómo es…- repitió desolado.

Los dos quedaron en silencio. Habían llegado a la altura del muelle y decidieron dar la vuelta.

  • Quisiera pasar por el piso en el que estaba antes. Ya sabes, el que compartía con un amigo, a ver si él sigue allí y sabe algo. Me gustaría que me acompañaras.
  • De acuerdo, no tengo problema.

A Gloria le gustaban los misterios, y más aún desentrañarlos, pero deseaba que aquel misterio no tuviera consecuencias irreparables.

  • Pero primero, si te parece, te invito a comer. ¿Dónde quieres ir?

“A mi casa”, pensó Gloria, pues se habían despertado los viejos recuerdos de la relación, pero Alfredo estaba en medio de una crisis familiar harto preocupante y no le pareció oportuno hacer ni la más vaga insinuación.

  • Dónde tú quieras. Conoces la ciudad, elige tú -respondió.
  • ¿Te parece que vayamos al restaurante de pescado que hay en San Andrés? Donde íbamos con frecuencia.

¡Vaya por Dios!, Gloria estaba haciendose componendas para no traer el pasado al presente, y, de repente, él le salía con estas. Eso sí que era provocar: “Y después a mi casa”, volvió a pensar.

  • Vale –respondió-. Y me cuentas en qué crees que puedo ayudarte.
  • Sí, por supuesto. Pero primero me gustaría que habláramos un poco de ti y de cómo te ha ido en todo este tiempo.
  • Bueno, no hay mucho que contar.

En realidad, no era cierto, pero Gloria no quería desentrañar demasiado su vida, siempre había sido reservada con él en determinadas cuestiones y no era momento de levantar el veto.

  • Tengo que recoger un coche que he alquilado y nos vamos.

El lugar estaba cerca de donde se encontraban. Alfredo pagó el coche eléctrico que le habían asignado, con la batería cargada para unas cuantas horas de autonomía; pagó con el móvil y se subieron el vehículo, un Tesla de baja gamma, pero práctico para la ciudad.

Mientras iban en el coche, ambos guardaron silencio. Tras la separación habían quedado muchas cosas por decir, muchas explicaciones que dar por parte de ambos, pero Gloria no tenía muy claro que mereciera la pena hablar de ello.

En cualquier caso, decidió dejar que él pagara la cuenta del restaurante y que guiara la conversación durante la comida.

A ver hasta dónde les llevaba.

Cuaderno de bitácora (jueves, 2025)

21 de mayo, 2025

Gloria se dirigió con desgana al armario. Tendría que pensar qué ponerse: algo adecuado para la ocasión, ni demasiado excesivo, como si fuera a una recepción diplomática; ni demasiado informal, como si pareciera que iba a tirar la basura. ¡Ufff!, cómo le aburría aquel pequeño, aunque para ella ingente, protocolo. Observó sin mucho interés su archiconocido ropero. No, no era precisamente la más consumista de ropa del mundo, pero a esas alturas ya no lo eran muchas personas. La pandemia había dejado una  desoladora crisis económica y social de la que la población aún no se había recuperado, y, lo que era peor, había abierto una brecha política del tamaño de la falla de California que no favorecía la tan necesaria reparación del país.

A pesar de todo, ella era de las afortunadas. Se había convertido, casi por casualidad, en una escritora con un cierto éxito, no es que deslumbrara en las portadas de los periódicos digitales como un faro en mitad de la noche, pero sus libros se vendían bien y le daban para vivir. Amén de que seguía trabajando con algunos de los viejos y fieles clientes, personas que estuvieron a su lado en plena crisis sanitaria y cuya razón laboral estaba más sustentada en la amistad que en el intercambio profesional.

Descartó sus queridos vaqueros, muy ajustados todos, pues no era cuestión de insinuar más de la cuenta. Finalmente, eligió un vestido de colores azul (recordaba que era su color favorito) y blanco, que le llegaba por encima de la rodilla. Hacía juego con la montura de sus nuevas gafas azul lapislázuli (que justo había ido a recoger el día anterior a la óptica y con las que estaba aún familiarizándose). Se puso unas sandalias marrones, a juego con el bolso. Para no querer ser una “señorita” se esforzaba mucho por parecerlo.

Se pintó los ojos, y dejó, una vez más, los labios sin marcar, pues esa parte de la cara iba cubierta por la mascarilla, que para la ocasión escogió una de tonos azules. Las mascarillas se habían convertido en un complemento más del ajuar de las mujeres y las había de todos los colores, para todos los gustos y de diversos precios.

Eran las diez de la mañana cuando bajó a la calle. Miró arriba y abajo hasta que lo vio fumando en una esquina del edificio de enfrente.

  • Hola, Alfredo –comprobó que se alegraba de verlo.

Estaba más delgado, o al menos se lo pareció a ella cuando le miró a la cara huérfana de mascarilla mientras daba cuenta del cigarro.

  • Hola, ¿qué tal estás? –preguntó un poco cohibido- Se te ve muy bien –una frase hecha donde las haya.
  • ¿Damos un paseo? –sugirió Gloria, pues sentarse en una terraza se había convertido en un acto casi de desacato. Se seguía haciendo, pero eran pocos los locales que habían sobrevivido a la crisis pospandemia y difícil encontrar sitio.

El cielo estaba despejado, lo que auguraba una buena temperatura a medida que transcurriera la mañana.

  • ¿Qué haces aquí? –preguntó ella tras los preliminares.
  • Necesito que me ayudes en un tema un poco delicado.

Ella le miró interrogativamente, sin decir nada.

  • Se trata de mi hijo, Juan. Llevo semanas sin saber nada de él.

Gloria recordó que su hijo mayor vivía en la isla desde hacía años, motivo que había llevado a que ellos se conocieran en la época, creía recordar, de la primera desescalada. En cuanto pudo viajar, él había venido a verlo y se había quedado varias semanas.

Fue un día como aquel, en fechas similares, que habían coincido desayunando en una de las pocas terrazas que estaban abiertas en la plaza San Francisco. Sentados en sendas mesas, uno enfrente del otro y separados por dos metros, habían entablado conversación (seguramente empezara Gloria, pero ese nimio detalle ahora poco importaba). Entonces las medidas de protección y control eran más laxas, el Estado todavía daba palos de ciego con normas y decretos que cambiaban de una semana para otra.

Gloria volvió al presente y se dispuso a escuchar lo que Alfredo tenía que contarle.

Cuaderno de bitácora (miércoles, 2025)

20 de mayo, 2025

Esta mañana Gloria no ha salido a correr. En realidad podría hacerlo si quisiera, pues para eso se había federado en un equipo de atletismo hacía tiempo, pero quiere destinar ese tiempo a la lectura de sus nuevos libros, antes de ponerse a escribir.

Tras el Primer Confinamiento, se puso en marcha lo que dio en llamarse la Desescalada. Un término muy poco afortunado, desde un punto de vista puramente lingüístico, pues nadie había escalado nada, más bien todo contrario, habían encerrado a las personas en sus casas de un día para otro. Aunque aún más absurda, pensó Gloria, fue llamar al tiempo posdesescalada (ufff, le rayaba esta palabra solo con pensarla) “nueva normalidad”. Era tan enrevesada, además de falsa, la afirmación, que se acordó de que una periodista en la radio un día había soltado esta perla: “cuando volvamos a la nueva normalidad…”.

Aquel galimatías de eufemismos no hacía más que complicarlo todo en aquellos momentos de confusión e incertidumbre. Pero una de las ventajas (¿?) del confinamiento, como recordaba Gloria, era que había sacado a las personas de su inercia al sedentarismo.

Antes de la covid-19, se decía que la nueva pandemia del siglo XXI era la obesidad, consecuencia de las malas costumbres de una generación vaga hasta el extremo. Llegó el virus y nadie volvió a hablar de obesidad, a pesar de que se consideraba, en petit comité, una causa importante de riesgo en las personas contagiadas. Pero no puedes encerrar a las personas en sus casas, obligándolas a pasear por el pasillo, y luego reprocharles por ser sedentarias. Recordaba que los anuncios de alimentos en la televisión ponían leyendas del tipo “haz ejercicio”, “sube las escaleras andando” y frases similares. Durante el confinamiento, las habían quitado. Sonaba a burla cruel.

En cualquier caso, con la desescalada y la posibilidad de salir de nuevo a la calle, se había despertado una afición al deporte desmesurada, que si bien dejó en la cuneta a más de uno a poco de empezar, también originó que muchas personas descubrieron que el ejercicio al aire libre era una gran receta contra algunos males, especialmente los psicológicos. Y para regular ese nuevo tráfico de personas andando arriba y abajo en las zonas de tránsito habilitadas al efecto, el Estado decretó los días que podían salir unos u otros en función de la letra de su DNI. Solo las personas federedas podían hacer deporte cualquier día y a cualquier hora.

Una, entre otras muchas, de la causa de que los móviles de los  ciudadanos estuvieran siempre activos era esta. Poder controlar, a través de la aplicación que los aparatos llevaban por defecto y que no se podía desinstalar, quién estaba dónde y cuándo. Al por qué se respondía después en los Centros de Desactivación (otro eufemismo para no llamar a las cosas por su nombre), que se conocían popularmente como los rediles, pues allí conducían a “agitadores y maleantes”.

Una vez más, los recuerdos de Gloria volvían atrás, momentos en los que se enzarzaba consigo misma entre el pasado reciente y el presente, sabiendo que ambas realidades chocaban continuamente.

Gloria había dejado de divagar para centrarse en la lectura de su primer libro, el de María Gainza, cuando le sonó el wasap.

  • ¿Será posible -se preguntó en voz alta- que no haya una mañana que pueda estar tranquila?

Miró el mensaje y se quedó estupefacta: era la última persona que hubiera creído que le escribiera. Habían pasado, ¿cuánto?, dos, tres años desde las últimas noticias.

Dejó el libro a un lado y escribió: “De acuerdo, nos vemos en una hora debajo de mi casa”. ¿Qué querría a estas alturas? Bueno, en un rato la averiguaría.

Continuará…

Cuaderno de bitácora (martes, 2025)

19 de mayo, 2025

Gloria descolgó el teléfono al tercer timbrazo.

  • Hola, soy yo –reconoció la voz.
  • ¿Qué tal? ¿Cómo me llamas tan temprano?
  • Quería decirte que lo tuyo ya ha llegado.

Gloria dio un respingo de alegría. Llevaba más de tres semanas esperándolo, y por fin tenía una buena noticia.

  • ¿Puedes pasar a recogerlo? –preguntó Izaskun.
  • Ahora iba a salir a correr… -respondió Gloria dejando en el aire la posibilidad de que si tenía que ser ya, cambiaba de planes.
  • Vale, no te preocupes. Ven entonces por la tarde, a partir de las ocho nos podemos ver donde siempre.
  • Estupendo, allí estaré –al cortar la llamada vio que le temblaba la mano.

Aquello era ridículo, si se pensaba bien, pero durante el Primer Confinamiento había aprendido a esquivar con maestría las restricciones y prohibiciones, la mayoría de las cuales las consideraba caprichosas y propias de mandatarios advenedizos.

Esa mañana cubrió sus doce kilómetros diarios por la avenida marítima a un ritmo muy superior a otros días. El subidón de adrenalina estaba cumpliendo su función. Aún tendría que esperar a la noche para recoger el paquete, pero la espera era una suerte de dolor y felicidad al mismo tiempo, como una grata experiencia sexual en la que sabes que, tras los juegos preliminares, lo mejor aún está por llegar.

Pero, como un perro pulgoso, despabiló esta imagen de su cabeza. No le convenía pensar en el sexo. En cualquier caso, esa noche sabía que iba a sentir una excitación muy parecida, y, en teoría, menos arriesgada.

El día en su casa-oficina transcurrió bien, aunque el tiempo, como en toda buena espera, parecía ralentizarse. Por la tarde se puso unos vaqueros y una camiseta, con su sempiterna cazadora de cuero negro, y enfiló las calles de su barrió en dirección al local de Izaskun.

Cuando llegó a su destino, llamó varias veces a la puerta. Tuvo que esperar unos minutos hasta que oyó que la puerta se abría subrepticiamente. Izaskun le franqueó la entrada, y, una vez más, se encontró dentro de uno de sus paraísos personales.

La vieja librería de Izaskun estaba desordenada y ajada. Recordó cuando aquel lugar había sido un espacio abierto, con estanterías llenas de libros, en el que se llevaban a cabo encuentros culturales cada semana. Le dio pena ver en qué se había convertido aquel hermoso lugar, pero la prohibición de imprimir libros, pues se consideraba un peligroso foco de contagio entre las personas, había transformado aquellos santuarios de lectura en espacios vacíos. Ahora todos los libros se descargaban de internet y se leían en los aburridos e-book.

Aunque todavía se podían conseguir en papel, si sabías dónde y a quién pedirlos. Pero ahora era una actividad de estraperlo, y había que tomar las precauciones precisas para que el gobierno no te descubriera y te multara, o algo peor.

Por supuesto, estaban ellas dos solas en el local, por lo que se quitó la mascarilla. Izaskun se dirigió al fondo del mismo de donde salió con un paquete que contenía cuatro libros: uno de Virginia Woolf, otro de Iris Murdoch, otro de María Gaínza y el cuarto de Sandor Màrai.

Gloria los cogió con suavidad, como si de un objeto delicado se tratara y le pagó a su amiga el precio desorbitado que ahora implicaba poder leer libros físicos. Pero merecía la pena.

No se entretuvo más de lo necesario. Al salir del local ya era de noche, por lo que no temió encontrarse ninguna patrulla policial por el camino.

Cuando llegó a casa, se lavó las manos y se dispuso a pasar una maravillosa noche de placer en compañía de sus viejos amigos, sabiendo que tenía “mercancía” asegurada para varios días de deleite.

Continuará…